sábado, 30 de mayo de 2009

Mi primer gran Banda


Era hora que volviera a mis inicios, estoy recorriendo un camino por los años 80, empezamos en agosto/septiembre de 1986, me prestaron un disco recién salido, nuevito y nada volveria a ser igual. Primero fué un copia en casette, después fué el original en casette, luego el cd, y ahora todo lo que se edite, tooodo!, si me llaman al celular ellos empiezan a tocar.

Que es o no metal, que es glam, soft, y un montón de etiquietas mas, pero cuando en febrero de 1990 tocó en Velez, no faltaba nadie. Hora tras hora, día tras día, semanas, meses, años…. Todo empezó con este tema...


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jueves, 28 de mayo de 2009

Amor Eterno

Todos tenemos, tuvimos o tendremos la posibildad de dedicarsela a alguien, no nos podemos ir de este mundo sin sentirlo, todos los merecemos. Es para decir, la escribí pensando en vos....


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Amor Eterno

Podra nublarse el
sol eternamente;
podra secarse en un
instante el mar;
podra romperse el
eje de la tierra
como un cristal.

Todo sucedera!
Podra la muerte
cubrirme con su
funebre crepon,
pero jamas en mi
podra apagarse la
llama de tu amor.

Gustavo Adolfo Becquer

La Isla de los Sentimientos



Erase una vez una isla donde habitaban todos los sentimientos:
la Alegría, la Tristeza y muchos más, incluyendo el Amor.
Un día, se les fue avisando a los moradores, que la isla se iba a hundir.

Todos los sentimientos se apresuraron a salir de la isla, se metieron en sus barcos y se preparaban a partir, pero el Amor se quedó, porque se quería quedar un rato más con la isla que tanto amaba, antes de que se hundiese.
Cuando por fin, estaba ya casi ahogado, el Amor comenzó a pedir ayuda.
En eso venía la Riqueza y el amor dijo: ¡Riqueza, llévame contigo!
No puedo, hay mucho oro y plata en mi barco, no tengo espacio para ti, dijo la riqueza.
El Amor le pidió ayuda a la Vanidad, que también venía pasando: ¡Vanidad, por favor ayúdame!
No te puedo ayudar, Amor, tú estás todo mojado y vas a arruinar mi barco nuevo.
Entonces, el Amor le pidió ayuda a la Tristeza: Tristeza, me dejas ir contigo?
Ay Amor, estoy tan triste que prefiero ir sola.

También pasó la Alegría, pero ella estaba tan alegre que ni oyó al Amor llamar.
Desesperado, el Amor comenzó a llorar, ahí fue cuando una voz le llamó: Ven, Amor, yo te llevo. Era un viejito, y el Amor estaba tan feliz que se le olvidó preguntarle su nombre.
Al llegar a tierra firme, le preguntó a la Sabiduría: Sabiduría, ¿quién es el viejito que me trajo aquí?
La Sabiduría respondió: Es el Tiempo.
¿El Tiempo? Pero, ¿por qué sólo el Tiempo me quiso traer?
La Sabiduría respondió: Porque sólo el Tiempo es capaz de ayudar y entender al Amor.

http://cupidomusik.galeon.com

miércoles, 27 de mayo de 2009

EL DIABLO Y Mr. JOHNSON


Creo que fue Miles Davis quien en una ocasión dijo que todos los músicos de jazz deberían un día ponerse de rodillas y dar gracias a Duke Ellington. De igual manera, todos los aficionados al blues una noche de principios de verano estamos obligados a acudir a un cruce de caminos polvorientos, levantar nuestro vaso y beber un trago largo, de esos que queman las tripas, a la memoria de Robert Johnson, donde quiera que se encuentre.

De Robert Johnson conocemos 29 canciones, dos fotografías y retazos confusos de una biografía que termina en muerte violenta a los 27 años. Con tan escaso material parece difícil construir un mito; pero pasados más de 65 años de su desaparición, sus 29 canciones se han convertido en clásicos versioneados hasta la saciedad, sesudos expertos continúan buscando una supuesta tercera fotografía y el volumen de libros y artículos publicados sobre su figura supera con creces lo que podría pensarse que 27 años pueden dar de sí. Sin contar con las reediciones de discos que aún ofrecen beneficios sustanciosos y las cifras —9000 $ por la primera edición de Love in vain, en Vocalion— que un viejo original a 78 revoluciones por minuto puede alcanzar en subasta.

Sus datos biográficos se confunden con la leyenda que él mismo fomentó y que en los años 60 creció hasta alcanzar la categoría de mito. Según los estudios más fiables, nace en Hazlehurst, Mississipi, el 8 de Mayo de 1911. Hijo ilegítimo de Julia Dodds y de Noah Johnson, en su infancia acompaña a su madre en un constante cambio de amantes y domicilios; a los 17 años se casa con Virginia Travis, pero el matrimonio va a resultar breve ya que, dos años después, ésta fallece a la edad de 16 años junto al niño que estaba esperando. Robert se une sentimentalmente a una mujer mucho mayor que él, la primera de una larga serie de amantes que fue incrementando hasta su muerte, causada por la última de ellas. A lo largo de su vida tuvo un extenso e inconcreto número de hijos, todos ellos ilegítimos. Uno de ellos, Claude Johnson, conductor de camión de más de 70 años, mantuvo una dura batalla legal por sus supuestos derechos. A finales de los '90, un juzgado de Mississipi le declaró único heredero.

Sus comienzos en el mundo del blues, primero con la armónica y después como mediocre guitarrista, tienen lugar con el padrinazgo de músicos de la talla de Charlie Patton, Son House o el desconocido Willie Brown, a los que acompañaba en sus giras por garitos y tugurios de la zona cercana a Robinsonville. El propio Son House contaría años más tarde: «Entonces no era más que un chiquillo. Soplaba muy bien la armónica pero quería ser guitarrista. Cuando salíamos de noche para ir a actuar a algún baile, él solía escabullirse de su casa y aparecía donde nosotros estábamos. Ni a su madre ni a su padrastro les gustaba que frecuentase aquellos bailes del sábado por la noche, pues allí había tipos realmente muy violentos».

Y aquí entramos en la leyenda. Tras la muerte de su mujer su carácter taciturno e inclinado a la bebida se acentúa y alterna sus trabajos como temporero del algodón con el dudoso negocio de la música para diversión de los trabajadores de las plantaciones. Según declara años más tarde Son House, tras una conversación con el músico de Alabama Ike Zinnerman, en la que éste asegura que aprendió a tocar el blues a medianoche y sobre una tumba, Robert Johnson desaparece de Robisonville sin que nadie pueda dar noticia de sus andanzas hasta que, pasado un año, vuelve a aparecer y a encontrarse con sus amigos. El inexperto guitarrista se había metamorfoseado en un interprete rotundo que hacía palidecer a todos los bluesmen de la zona, como si en algún lugar desconocido alguien le hubiese regalado esa voz aguda y alterada por falsetes increíbles y una forma intuitiva de tocar la guitarra que crearía escuela; las cuerdas bajas marcando un walking bass hipnótico y las otras adquiriendo vida propia. Con el slide arrancaba lamentos como nadie lo había hecho. Keith Richards, el guitarrista de los Rolling Stones recuerda la primera vez que escuchó un disco de Robert Johnson en casa de Brian Jones, «¿Quién es ese?»; «Robert Johnson» «Vale, pero… ¿Quién es el otro tipo que toca con él?». No podía creer que fuese una sola guitarra.

Para sus conocidos, la escuela donde tuvo lugar su aprendizaje no era ningún misterio; el camino era bien conocido en el Delta y muchos otros lo habían seguido antes. Tommy Johnson, otro músico de la misma zona y de la misma época lo cuenta con sus propias palabras «Para aprender a tocar todo lo que quieras y componer tus propias canciones, tienes que llevar tu guitarra a un cruce de caminos, al lugar donde dos caminos se cortan. Ve allí y asegúrate de estar en el sitio preciso antes de la medianoche; entonces, coge la guitarra y toca algo tuyo. Un hombre grande y negro irá hasta allí, cogerá tu guitarra y tocará para ti, hará sonar tu canción y te devolverá la guitarra. De esta forma aprendí todo lo que necesito para tocar».

Con la ayuda del de los cuernos o sin ella, Robert Johnson se convierte en un músico profesional en una época en la que, según B. B. King, «ser negro y tocar blues, era ser negro dos veces». Adquiere rápidamente prestigio en la zona del Delta y viaja a St. Louis, Chicago, Michigan y Nueva York. Johnny Shines fue uno de sus compañeros de viaje, tocaban en la calle, en una esquina o en la puerta de la barbería esperando la oferta de trabajo en una fiesta o un bar; después, otro camino polvoriento y otro pueblo donde no has estado nunca y donde nadie te conoce. Según Shines «…Robert siempre estaba limpio. Podíamos viajar durante todo el día en el furgón de carga de un tren o en algo peor; cuando te mirabas al espejo estabas sucio como un cerdo, pero él siempre estaba limpio. No sé como lo hacía. En esas épocas no necesitábamos tener un sitio donde ir». Robert siempre estaba dispuesto al viaje; sin un motivo aparente, recogía sus escasa pertenencias y desaparecía ante el asombro de sus compañeros. Otras veces eran turbios asuntos con mujeres ajenas los que le obligaban a partir «...las mujeres eran para él como las habitaciones de los hoteles; podía volver a la misma, pero siempre la dejaba en el sitio donde estaba».

Por esas épocas toma contacto con otros músicos, Robert Nighthawk y Sonny Boy Willianson en Helena, Henry Townsend, Pettie Wheatstraw y Roosevelt Sykes en St. Louis. Con el tiempo parece que todos los músicos de blues, activos o no a mediados de los '30, conocieron a Robert Johnson.

De todos sus compañeros Robert Loockwood Jr, fue el que recibió su legado de una forma más directa. Robert Loockwood era apenas unos años más joven que Johnson e hijo de Estela Coleman, una de sus innumerables amantes; siempre dijo que le gustaban todas las mujeres, pero que las maduras tenían dinero para pagar sus gastos. El chico tenía talento para la guitarra y su padrastro ocasional se esforzó en enseñarle durante cuatro o cinco años. Dos años después de la muerte de Johnson, Robert Loockwood tocaba la guitarra en un parque de Memphis para conseguir unas monedas; un hombre se le acercó y le preguntó «¿Tú eres Robert Jr.? Ven a mi casa, me gustaría enseñarte algo». Le enseñó una guitarra y le preguntó si la conocía... Era una Kalamazoo, fabricada por Gibson. «Parece la de Robert. Él afirmó y me dijo que era uno de sus hermanos. Tomé la guitarra, me senté y estuve tocando un rato. No he vuelto a verle desde entonces». Pero esto es el final de la historia.

En 1936, un agente de la American Records Corporation, Ernie Oertle, escuchó tocar a Robert y avisó de inmediato a Don Law, un cazatalentos de la compañía. Muchos años después relató su encuentro a Frank Driggs de la compañía Columbia. Don Law se consideraba a sí mismo responsable de Johnson en todos los sentidos. Le buscó una habitación en una casa en las afueras de la ciudad y le dijo que procurara acostarse temprano, pues la sesión debía empezar a las diez de la mañana del día siguiente. Law se reunió con su esposa y unos amigos para cenar en el hotel Gunter. Apenas había empezado a cenar cuando sonó el teléfono. Un agente de la policía local llamaba desde la cárcel donde Robert estaba recluido acusado de vago y maleante. Law acudió enseguida para encontrar a Johnson maltrecho y con la guitarra destrozada como consecuencia del trato habitual para los presuntos delincuentes negros en los estados sureños. Law consiguió la liberación de Robert bajo su custodia y responsabilidad; lo acompaño a la pensión, le dio 45 centavos para el desayuno del día siguiente y le insistió en que no se moviera de allí durante el resto de la noche.
No había hecho Don Law más que llegar al hotel cuando volvió a sonar el teléfono.

Esta vez era Johnson.
—¿Qué pasa ahora? —preguntó Law temiendo lo peor.
—Estoy solo —respondió Johnson.
—¿Estás solo? ¿Y qué quieres decir con eso de que estás solo?
—Estoy solo y hay una señora aquí.
Ella quiere medio dólar y me faltan cinco centavos…
A pesar de todas las dificultades Robert Johnson consiguió realizar cinco sesiones, todas ellas con Don Law y todas ellas para la A.R.C. Las tres primeras tuvieron lugar en una habitación del Hotel Gunter de San Antonio, Texas (23, 26 y 27 de noviembre de 1936) y las otras dos en la trastienda de un almacén en Dallas y en circunstancias muy similares el 19 y 20 de Junio de 1937. En las primeras sesiones se grabaron 16 temas. Cinco de ellos verían la luz en forma de 78 rpm y uno, Terraplane blues, lograría un cierto éxito en las listas de discos para negros en la época de la depresión. Hoy en día, la posesión de uno de esos escasos ejemplares supone una pequeña fortuna. A Robert le supuso un billete de vuelta a casa con unos dólares en el bolsillo, más de los que tuvo nunca. Durante una breve temporada disfrutó de su triunfo pavoneándose ante las chicas y los otros músicos con su disco en la mano. Después, cuando el dinero hubo desaparecido, tomó un tren a cualquier sitio y se esfumó de nuevo.

De sus últimas sesiones, seis meses y medio más tarde, nacerían otras 13 canciones. Esto, 29 temas y 11 tomas alternativas; más dos fotografías constituye todo su legado. A finales de 1938, Don Law y John Hammond intentaron contactar con él; el primero para realizar más grabaciones y el segundo con un contrato para las giras «From spirituals to swing». Robert Johnson llevaba más de cinco meses muerto. Hammond pensó recurrir a Blind Boy Fuller, pero estaba encarcelado; al final, Big Bill Broonzy le sustituiría en las giras. El diablo tampoco regala nada y, al final, cobra sus deudas.

De la muerte de Robert Johnson circularon distintas versiones; suicidio según unas; magia negra según otras… Son House, que toda su vida le recriminó su vida descarriada, escuchó que una mujer le había envenenado; Johnny Shines recuerda haber oído contar que estuvo durante días corriendo sobre sus manos y sus rodillas, como un perro, hasta que el diablo vino a llevárselo. La verdad no se supo hasta muchos años más tarde. En 1968 Gayle Dean Wardlow descubre una partida de defunción y, simultáneamente, se hacen publicas las declaraciones de dos supuestos testigos que, aunque difieren en los detalles, coinciden en lo principal y aportan los datos definitivos.

En una entrevista a Mack McCornick, Honeyboy Edwards, un músico protegido de Johnson y Big Bill que emigró a Chicago en el '39 y grabó algunos discos en los cincuenta, revela los nombres de dos testigos oculares de la muerte de Johnson. Mc Cornick tira de la cuerda y los visita en Indianápolis y Michigan a principios de los '70. Nadie pareció darle importancia en su momento a la muerte de un guitarrista; esas cosas eran lo suficientemente normales en esas época entre los vagabundos negros. En los archivos policiales de la zona no había referencias y el oficial encargado no podía entender el interés de Mc Cornick por un supuesto asesinato cometido hacía más de 30 años.

En aquellas épocas, ser músico de blues era un oficio peligroso, los otros músicos envidiaban tu éxito, las mujeres te odiaban si ponías los ojos en otras y los hombres te odiaban si ponías los ojos en sus mujeres. Robert estaba en el mejor de sus momentos. Con la música y con las mujeres. Los testimonios de ambos testigos coinciden en líneas generales; en Agosto de 1938 Robert Johnson estaba tocando en el local de baile de un pequeño pueblo llamado Three Forks, a unas 15 millas de Greenwood. El local era propiedad de un individuo llamado Ralph, con cuya mujer Robert mantenía relaciones. Una noche, este hombre le ofreció una bebida envenenada con estricnina. Poco más tarde Robert Johnson tuvo que dejar de tocar y fue conducido a la ciudad. Falleció tras varios días de agonía en casa de un conocido.

Declaraciones posteriores de Sonny Boy Willianson aportaron tintes más coloristas a la historia. Al parecer esa noche la armónica de Sonny compartía cartel con Robert. El conocía la historia de los amoríos de su compañero con la esposa del dueño del local y había captado el ambiente tenso y las miradas torcidas de algunas personas. Durante una pausa en la música alguien trajo una botella abierta con media pinta de whisky en su interior y se la ofreció a Jhonson marchándose después. Cuando este comenzó a beber Sonny intentó apartar de sus labios la botella «Nunca bebas de una botella abierta. No sabes lo que puede haber dentro». Robert le contestó de una forma tajante muy acorde con su carácter «No vuelvas a quitarme una botella de whisky de las manos».

El documento de su defunción carece de la firma de un médico. Su madre y su cuñado asistieron a su entierro en un ataúd de madera pagado por el estado. Aunque varios lugares de la zona se disputan el dudoso orgullo de alojar sus restos parece ser que fue enterrado en el pequeño cementerio de la Zion Church, cerca de Morgan City. En su tumba no figuró ningún nombre pero está situada a un tiro de piedra de la carretera comarcal nº 7 de Mississipi, para que, como él había cantado «…Mi viejo y maldito espíritu pueda subirse a un autobús Greyhound y marcharse».

La influencia de Johnson en el panorama musical que surge en los años 60 y continúa en nuestros días es inabarcable y sobradamente conocido. La admiración manifestada por muchos de los mejores intérpretes y compositores, no sólo dentro del blues; las mil veces versioneadas 29 canciones, las reediciones de aquellas cintas grabadas en la habitación de un hotel y en la trastienda de un almacén… Hasta el gobierno de los Estados Unidos ha hecho circular un sello de correos que reproduce una de las dos fotografías que conocemos de él. Su biografía sigue siendo confusa y presentando lagunas desconocidas, alguien dijo que investigar sobre ella es como seguirle los pasos a un fantasma. Nunca podremos saber lo que hubiese sido su música si hubiese estado presente en el resurgimiento del blues y hubiese llegado a alcanzar la edad y la capacidad creativa de Muddy Waters, John Lee Hooker o B.B. King. El diablo hizo bien su trabajo, le dio la fama y la inmortalidad, pero de una manera que él no pudo saborear y que ha dejado un rastro vago e impreciso de su persona.

Aún hoy en día, en los pueblos del profundo sur, puede verse algún joven negro que, una noche de verano, coge su guitarra y cerca de la medianoche, camina por un camino polvoriento buscando un cruce de caminos. Cuando esto ocurre, los más viejos miran con la sonrisa que se reserva a los predestinados, le dejan hacer y no dicen nada.
por Ramón del Solo
(Director de la Revista Bluespain)
http://www.margencero.com

Un pacto con el diablo en donde Dios pierde


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http://www.youtube.com/watch?v=D0QKbnCDW94

SINOPSIS: Eugene tiene un gran talento para la guitarra clásica, aunque su verdadero sueño es llegar a ser una estrella del Blues. Para conseguirlo se propone contactar con el legendario músico Willie Brown que, tras una vida marcada por el éxito, ahora pasa su vejez en un asilo de ancianos. (FILMAFFINITY)



TITULO ORIGINAL Crossroads
AÑO 1986
DURACIÓN 105 min.


martes, 26 de mayo de 2009

La doméstica



No era nuevo aquel recelo: ya de niño, en el confortable y acaramelado hogar familiar, había percibido Anselmo Valdés a las diversas fámulas, mucamas y asistentas que se sucedieron en el servicio doméstico como presencias extrañas, estrafalarias en ocasiones, surgidas de un mundo que le era ajeno y que oscuramente intuía que podría poner en peligro el suyo.
Ahora, cuando muchos años después, tras el difícil parto, no hubo otro remedio que requerir los servicios de una empleada de hogar que auxiliase a Susana, su convaleciente esposa, ocupándose del bebé durante sus primeras semanas, ese recelo, acaso aletargado, revivió.

Bajo una apariencia bondadosa, atribuible tal vez a su corpulencia, su ruidosa risa y sus mejillas excesivamente coloradas (vestigio genético quizá de la dedicación agropecuaria de sus ancestros), a Anselmo Valdés le pareció hallar en el rostro de la asistenta resquicios que denotaban cierta bajeza, cuando no franca crueldad: en su deteriorada dentadura, apuntalada aquí y allá con piezas metálicas y empastes varios, se mantenían incólumes los puntiagudos colmillos, justificando así tal vez su indisimulable voracidad. Esa potencial brutalidad se le hizo patente a Valdés la tarde en que contempló horrorizado con cuánta delectación la mujer, provista de un enorme cuchillo, degollaba en el suelo de la cocina a un asustado conejo, obsequio de su prima la del pueblo (toda criada tiene siempre una prima en el pueblo que regularmente la provee de conejos y dulce de membrillo, constató Valdés, a modo de ley sociológica). Ejecutado el degüello, creyó hallar una sonrisa sádica en la mujer mientras esta llenaba una palangana de plástico con la sangre espesa y muy roja, casi negra, que brotaba del animal muerto.

Desde el primer momento, Anselmo Valdés, aún siendo consciente de sus propios prejuicios, presagió en la mujer el propósito deliberado de arrinconarle, de alejarle del hijo recién nacido: apenas tomaba a Anselmito en brazos para mecerle o le alzaba al aire para arrancarle una sonrisa, ella se lo quitaba de las manos, reprochándole su ineptitud para esas labores, instándole a que se pusiera a leer el periódico o a mirar la televisión, a que asumiera, en definitiva, el papel de pater familias decimonónico, para quien la crianza de los niños, hasta bien entrada la pubertad, era algo exclusivo de las mujeres. Si no soportaba ese exclusivismo, menos aún soportaba el alborozo con que al llegar cada mañana buscaba en seguida a Anselmito y recorría la casa estrujándole contra sí y proclamando sus deseos de comérselo a besos. Para colmo, la criada era un caso claro de ubicuidad: si Valdés precisaba acudir al baño, la encontraba limpiándolo; si quería visitar a Susana en su dormitorio ella lo impedía so pretexto de que estaba amamantando al niño (acto alimenticio este que no incumbía a los hombres); si pretendía la exigua evasión de la prensa diaria en la salita, ella se presentaba allí ipso facto con su fregona en ristre dispuesta a limpiar el piso.

Transmitir sus quejas a Susana era clamar en el desierto: tendrá muchos defectos (todos los tenemos), pero quiere mucho al niño y le cuida perfectamente, y eso es lo que importa ahora, sostenía ella. Si Anselmo insistía era mucho peor, esgrimiendo ella entonces el argumento social: lo que ocurre es que eres un clasista, no soportas a la gente sencilla, sin estudios, ruda, si quieres (un poco bruta sí que es), pero con buen corazón.

También era cierta, y Anselmo Valdés lo reconocía, su propensión a desvelar en los objetos cotidianos lo escabroso y terrorífico. En un cuchillo de cocina, antes que el utensilio culinario en sí, veía Valdés el arma blanca de un crimen posible; la almohada era, más que el complemento adecuado para el reposo, el instrumento ideal (silencioso y sin huellas) para la asfixia del durmiente; una inofensiva radio en la repisa del lavabo, convenientemente dejada caer en una bañera llena de agua y sales de baño, era sobre todo una invitación a electrocutar al bañista.

Por eso no era de extrañar el pavor que sintió Valdés aquella vez en que al llegar a casa a mediodía vio a la mujer poniendo al fuego un descomunal perol. No era necesario mirar y calibrar al bebé, que dormía plácidamente en su moisés, ubicado junto a la mujer que troceaba rítmicamente, con sádica precisión, unas zanahorias, para calcular que dentro del perol cabría perfectamente Anselmito y aún quedaría suficiente espacio para la hipotética guarnición. Aprovechando que ella había entrado en la despensa, en busca tal vez de algún condimento que proporcionara más sabor al guiso, tomó al niño y precipitadamente lo trasladó al dormitorio.

Qué idiota eres Anselmo, le dijo Susana cuando él expuso sus temores, está haciendo cocido y quiero que congele lo que sobre. Estás enfermo, Anselmo, las manías te pueden, deberías ir a un psiquiatra.
Anselmo Valdés razonó que quizá no conviniese oponerse frontalmente a la mujer. En espera de tiempos mejores trató de olvidarla; procuraba no cruzarse con ella, no mirarla ni escucharla (lo cual resultaba harto difícil cuando ella proclamaba diariamente sus antropófagas ansias de comerse a Anselmito a besos). Las horas en que coincidían en la casa se encerraba en su despacho, entregándose a su renovada afición filatélica, o bien salía a la calle a buscar en los comercios especializados rarezas enológicas (un Chateau Lautrec del 79, un Martín Codax, gran reserva, del 82) con las que engrosar su bodega. Susana ya se estaba recuperando y pronto volvería al trabajo. Intentó entonces convencerla de que podían prescindir de la asistenta, se comprometió a colaborar: haría las camas, limpiaría los cristales, iría al hiper, se ocuparía de la ropa de Anselmito. Acordaron reducir paulatinamente sus horas de servicio, pero Susana no aceptó prescindir totalmente de ella. Intentó también, con relativo éxito, alterar su horario en la oficina para evitar que, cuando Susana se reincorporase a su trabajo vespertino, Anselmito permaneciera a solas con la criada, pero aún así quedaban en medio un par de horas, entre las tres y las cinco, en que eso no sería posible.

Mientras tanto el bebé ganaba peso y altura. Sus carnes se hicieron más tersas y bruñidas, más apetitosas para los besuqueos incontrolados de la doméstica; su cara adquirió más consistencia y pronto Anselmito comenzó a provocar exclamaciones admirativas en las consultas pediátricas.

El día en que Susana se reincorporaba a su trabajo Anselmo Valdés trató de mantener la serenidad, pero la figura siniestra y rolliza de la mujer, la silueta afilada de sus colmillos sobresaliendo en su caótica dentadura, le impedían concentrarse en sus tareas: a cada rato venían a su mente escabrosas historias oídas tiempo atrás de mucamas que dormían a los bebés haciéndoles inhalar gas butano o rellenando el chupete con brandy. A las tres menos cuarto simuló un repentino malestar y consiguió que el jefe le dejara salir antes de tiempo, pero una inesperada manifestación de airadas amas de casa contrarias al alza de precios retuvo su vehículo casi tres cuartos de hora en mitad de la calle. Apenas faltaban cinco minutos para las cuatro cuando entró en el ascensor. Ya arriba, conteniendo la respiración, introdujo la llave en la cerradura y abrió la puerta. Al principio no oyó nada, tal vez hubiera sacado el niño a pasear, el día era soleado. Pero a medida que avanzaba por el corredor identificó el murmullo sincopado de un ronquido: una a una recorrió las habitaciones desiertas. Finalmente abrió la puerta del despacho: esparcidos sobre la alfombra yacían los álbumes de sellos y una botella vacía de brut Veuve Cliquot; tendida en el sillón (en el confortable sillón de cuero donde tantas y tantas tardes se dejaba caer él con sus álbumes de sellos para no verla) roncaba sosegadamente la mujer, con la boca abierta. Su falda negra, subida por encima de las rodillas, dejaba ver unas piernas fofas y sudorosas, irregularmente afectadas por varices. Sostenía en una mano el Chateau Lautrec del 79, casi vacío; en la otra, lo que al principio identificó con un muslito de pollo. Pero una breve mirada al fondo del cuarto, frente a los doce tomos color púrpura de la colección Joyas de la Literatura Gótica, le confirmó cuán equivocado estaba: desperdigados alrededor de la papelera aparecieron el otro muslito y las paletillas (aún con adherencias de masa muscular), trozos de pellejo, un globo ocular, restos de pelo, y un sinfín de huesos de muy diverso tamaño; parece mentira, se dijo Anselmo Valdés con fatal resignación, un ser tan pequeño y qué gran complejidad anatómica la suya.


Rafael Orihuel Iranzo, España © 1998
rorihuel@fvmp.es

jueves, 21 de mayo de 2009

ORIGEN DE LOS RÍOS PILCOMAYO Y BERMEJO


Cuenta la leyenda que, una vez que terminó la Creación, Tupá (Dios) confió a Guarán la administración del Gran Chaco, que se extendía más allá de la selva. Y Guarán comenzó la gran tarea. Cuidó de la fauna y la flora, de la tierra, de los ríos y de los montes. Y también gobernó sabiamente a su pueblo, logrando una verdadera civilización: Guarán tuvo dos hijos: TuviChavé, el mayor, que era impetuoso, nervioso y decidido, y Michiveva, el menor, más reposado, tranquilo y pacífico.
Guarán, antes de morir, entregó a ellos el manejo de los asuntos del Gran Chaco. Fue entones cuando comenzaron las peleas entre los dos hermanos. Ambos tenían opiniones diferentes respecto de cómo administrar los aspectos de la región.
Un día se les apareció el genio del mal, Añá, quien les aconsejó que compitieran entre sí con destreza para resolver las cuestiones que los enfrentaban. TuviChavé y Michiveva, cegados por sus diferencias, decidieron hacerle caso. Subieron a los cerros que lindaban con el Gran Chaco, y, para disputar su hegemonía sobre la región, acordaron realizar diversas pruebas de destreza, de resistencia y habilidad, especialmente en el manejo de las flechas.
En una de esas pruebas, Michiveva lanzó una flecha contra un árbol que servía de blanco. Pero Añá hizo de las suyas: la desvió, y logró que la flecha penetrara exactamente en el corazón de Tuvichave.
Al instante, la sangre brotó a borbotones, con fuerza y comenzó a bajar por los cerros, llegó hasta el Chaco, se internó en su territorio y formó un río de color rojo: el "I-phytá" (Bermejo).
Al darse cuenta de lo que había hecho, de las consecuencias de ese inútil enfrentamiento, Michiveva comenzó a deshacerse en lágrimas.
Y lloró tanto, que sus lágrimas corrieron tras el río de Sangre de su hermano. Así se formó el Pilcomayo, siempre a la par del Bermejo.
Y el Gran Chaco quedó sin jefe.
Pero siguió prosperando bajo el cuidado de la naturaleza, enmarañado, impenetrable, surcado por el río de aguas rojas, nacido de la sangre del corazón de Tuvichavé.

miércoles, 20 de mayo de 2009

El sol rojo


Entre los indios mocoretaes había uno, joven, aguerrido y valiente llamado Igtá (hábil nadador) que amaba a la más buena y hermosa de las mujeres de su tribu, Picazú (paloma torcaz), y quería casarse con ella. Los padres de Picazú consintieron en que se realizase tal boda; pero siendo necesario para ello la aprobación de la Luna, llamaron al Tuyá (adivino) de la tribu para que la consultara. Era una noche plácida y serena. La luz blanca, clara, brillante y hermosa de la Luna iluminaba los campos y las tolderías de los indios. Y el Tuyá interpretó: -Esa luz que nos envía la Luna significa que ella aprueba satisfecha la boda de Igtá y Picazú. Entonces, el Jefe de la tribu ordenó a Igtá demostrase a todos que en verdad era digno y merecedor de tomar compañera. Para ello debía arrojarse a las aguas de la laguna y nadar durante largo rato. Después, ir en busca de un gran número de presas de caza. Igtá, que era excelente nadador y había cazado mucho desde su niñez, realizó las pruebas con el mayor éxito, pues nadó cuanto se lo pidió y trajo entre sus brazos abundante caza. Las ceremonias de la boda realizáronse una noche, después de tres lunas. Se encendió una gran hoguera, a cuyo alrededor todos los indios comían, bebían, bailaban y gritaban, festejando tan grande acontecimiento. Pero algo faltaba para que Igtá y Picazú fueran felices: tener la seguridad de que Tupá, su dios bueno, había aprobado también la boda. Y esperaron. ¡Cuál no sería su pena y desconsuelo, cuando llegada la noche siguiente comenzó a caer una copiosa lluvia! Eran las lágrimas de Tupá las que caían sobre la tribu para significar el descontento y desaprobación del dios por haberse realizado la unión de los jóvenes indios. Igtá y Picazú no podían, pues, continuar unidos perteneciendo a la tribu. Debían huir y arrojarse a las aguas de la laguna. Allí había una isla donde moraban todos los que se habían casado contrariando la voluntad de Tupá. Los dos debían ir a esa isla para no volver jamás. Al día siguiente cesó la lluvia. Y por la tarde, a la hora en que el sol iba a ocultarse en el ocaso, Igtá y Picazú se arrojaron al agua y comenzaron a nadar. Los indios de su tribu, reunidos a orillas de la laguna, viéndolos alejarse lentamente, los injuriaban y maldecían para aplacar el enojo de Tupá y evitar sus castigos, pues ésta era su creencia. Igtá, hábil nadador, consiguió nadar buen trecho, ayudando también a su infortunada compañera. Poco faltaba a Igtá y Picazú para llegar a la isla sanos y salvos, cuando una nueva desgracia cayó sobre ellos: Ñuatí (Espina), un guerrero malvado de la tribu, les arrojó una flecha. Todos los indios lo imitaron, y entonces fue una lluvia de flechas la que llegó hasta Picazú e Igtá, quienes, heridos quizás por ellas, desaparecieron de la superficie de las aguas. En ese preciso instante el sol, que se hundía en el horizonte, tomó un intenso color rojo; y su luz tiñó la laguna e iluminó de rojo los campos y el cielo. Esto llenó de asombro a los indios, los que, atemorizados, huyeron velozmente, alejándose de la laguna. Mientras tanto Igtá y Picazú, ayudados sin duda por Tupá porque eran buenos, lograban salvarse y llegar a la isla, donde podrían al fin vivir felices, pues se amaban mucho.
Leyenda Guaraní

Estas leyendas fueron adaptadas de la Biblioteca "Petaquita de Leyendas", de Azucena Carranza y Leonor M. Lorda Perellón, Ed. Peuser, Bs. As. 1952 y de "Antología Folklórica Argentina", del Consejo Nacional de Educación, Kraft, 1940.
VOCABULARIO
Tupá: Dios bueno de los guaraníes.
Tuyá: Anciano de la tribu. Consultaba los astros. Era curandero y sacerdote.
Igtá: Hábil nadador.
Picazú: Paloma torcaz.
Ñuatí: Espina.

Los sueños del sapo


Una tarde un sapo dijo:
- Esta noche voy a soñar que soy árbol.
Y dando saltos, llegó a la puerta de su cueva. Era feliz; iba a ser árbol esa noche.
Todavía andaba el sol girando en la vereda del molino. Estuvo largo rato mirando el cielo. Después bajó a la cueva, cerró los ojos y se quedó dormido.
Esa noche el sapo soñó que era árbol.
A la mañana siguiente contó su sueño. Mas de cien sapos lo escucharon:
- Anoche fui árbol - dijo -, un álamo. Estaba cerca de unos paraísos. Tenía nidos. Tenía raíces hondas y muchos brazos como alas, pero no podía volar. Era un tronco delgado y alto que subía. Creí que caminaba, pero era el otoño llevándome las hojas. Creí que lloraba, pero era la lluvia. Siempre estaba en el mismo sitio, subiendo, con las raíces sedientas y profundas. No me gustó ser árbol.
El sapo se fue, llegó a la huerta y se quedó descansando debajo de una hoja de acelga.
Esa tarde el sapo dijo:
- Esta noche voy a soñar que soy río.
Al día siguiente contó su sueño. Más de doscientos sapos formaron rueda para oírlo.
- Fui río anoche - dijo-. A ambos lados, lejos tenía las riberas. No podía escucharme. Iba llevando barcos. Los llevaba y los traía. Eran siempre los mismos pañuelos en el puerto. la misma prisa por partir, la misma prisa por llegar. Descubrí que los barcos llevan a los que se quedan. Descubrí también que el río es agua que está quieta, es la espuma que anda; y que el río siempre está callado, es un largo silencio que busca orillas, la tierra, para descansar. Su música cabe en las manos de un niño; sube y baja por las espirales de un caracol. Fue una lástima. No vi una sola sirena; siempre vi peces, nada más que peces. No me gustó ser río.
Y el sapo se fue, volvió a la huerta y descansó entre cuatro palitos que señalaban los límites del perejil.
Esa tarde el sapo dijo:
- Esta noche voy a soñar que soy caballo.
Y al día siguiente contó su sueño. Más de trescientos sapos lo escucharon. Algunos vinieron de muy lejos para oírlo.
- Fui caballo anoche - dijo-. Un hermoso caballo. Tenía riendas. Iba llevando un hombre que huía. Iba por un camino largo. Crucé un puente, un pantano; toda la pampa bajo el látigo. Oía latir el corazón del hombre que me castigaba. Bebí en un arroyo. Vi mis ojos de caballo en el agua. Me ataron a un poste. Después vi una estrella grande en el cielo; después el sol; después un pájaro se posó sobre mi lomo. No me gustó ser caballo.
Otra noche soñó que era viento. Y al día siguiente dijo:
- No me gustó ser viento.
Soñó que era luciérnaga, y dijo al día siguiente:
- No me gustó ser luciérnaga.
Después soñó que era nube, y dijo:
- No me gustó ser nube.
Una mañana los sapos lo vieron muy feliz a la orilla del agua.
-¿Por qué estás tan contento? - le preguntron.
Y el sapo respondió.
- Anoche tuve un sueño maravilloso. Soñé que era sapo.

Javier Villafañe

Departamento de Correos y telecomunicaciones

Una vez que un pariente de lo más lejano llegó a ministro, nos arreglamos para que nombrase a buena parte de la familia en la sucursal de Correos de la calle Serrano.

Duró poco, eso sí. De los tres días que estuvimos, dos los pasamos atendiendo al público con una celeridad extraordinaria que nos valió la sorprendida visita de un inspector del Correo Central y un suelto laudatorio en La Razón.

Al tercer día estábamos seguros de nuestra popularidad, pues la gente ya venía de otros barrios a despachar su correspondencia y a hacer giros a Purmamarca y a otros lugares igualmente absurdos. Entonces mi tío el mayor dio piedra libre, y la familia empezó a atender con arreglo a sus principios y predilecciones. En la ventanilla de franqueo, mi hermana la segunda obsequiaba un globo de colores a cada comprador de estampillas. La primera en recibir su globo fue una señora gorda que se quedó como clavada, con el globo en la mano y la estampilla de un peso ya humedecida que se le iba enroscando poco a poco en el dedo. Un joven melenudo se negó de plano a recibir su globo, y mi hermana lo amonestó severamente mientras en la cola de la ventanilla empezaban a suscitarse opiniones encontradas. Al lado, varios provincianos empeñados en girar insensatamente parte de sus salarios a los familiares lejanos, recibían con algún asombro vasitos de grapa y de cuando en cuando una empanada de carne, todo esto a cargo de mi padre que además les recitaba a gritos los mejores consejos del viejo Vizcacha. Entre tanto mis hermanos, a cargo de la ventanilla de encomiendas, las untaban con alquitrán y las metían en un balde lleno de plumas. Luego las presentaban al estupefacto expedidor y le hacían notar con cuánta alegría serían recibidos los paquetes así mejorados. «Sin piolín a la vista», decían. «Sin el lacre tan vulgar, y con el nombre del destinatario que parece que va metido debajo del ala de un cisne, fíjese». No todos se mostraban encantados, hay que ser sincero.

Cuando los mirones y la policía invadieron el local, mi madre cerró el acto de la manera más hermosa, haciendo volar sobre el público una multitud de flechitas de colores fabricadas con los formularios de los telegramas, giros y cartas certificadas. Cantamos el himno nacional y nos retiramos en buen orden; vi llorar a una nena que había quedado tercera en la cola de franqueo y sabía que ya era tarde para que le dieran un globo.

Julio Cortazar

martes, 19 de mayo de 2009

El ruiseñor y la rosa de Oscar Wilde



-Dijo que bailaría conmigo si le llevaba una rosa roja -se lamentaba el joven estudiante-, pero no hay una solo rosa roja en todo mi jardín.
Desde su nido de la encina, oyóle el ruiseñor. Miró por entre las hojas asombrado.
-¡No hay ni una rosa roja en todo mi jardín! -gritaba el estudiante.
Y sus bellos ojos se llenaron de llanto.
-¡Ah, de qué cosa más insignificante depende la felicidad! He leído cuanto han escrito los sabios; poseo todos los secretos de la filosofía y encuentro mi vida destrozada por carecer de una rosa roja.
-He aquí, por fin, el verdadero enamorado -dijo el ruiseñor-. Le he cantado todas las noches, aún sin conocerlo; todas las noches les cuento su historia a las estrellas, y ahora lo veo. Su cabellera es oscura como la flor del jacinto y sus labios rojos como la rosa que desea; pero la pasión lo ha puesto pálido como el marfil y el dolor ha sellado su frente.
-El príncipe da un baile mañana por la noche -murmuraba el joven estudiante-, y mi amada asistirá a la fiesta. Si le llevo una rosa roja, bailará conmigo hasta el amanecer. Si le llevo una rosa roja, la tendré en mis brazos, reclinará su cabeza sobre mi hombro y su mano estrechará la mía. Pero no hay rosas rojas en mi jardín. Por lo tanto, tendré que estar solo y no me hará ningún caso. No se fijará en mí para nada y se destrozará mi corazón.
-He aquí el verdadero enamorado -dijo el ruiseñor-. Sufre todo lo que yo canto: todo lo que es alegría para mí es pena para él. Realmente el amor es algo maravilloso: es más bello que las esmeraldas y más raro que los finos ópalos. Perlas y rubíes no pueden pagarlo porque no se halla expuesto en el mercado. No puede uno comprarlo al vendedor ni ponerlo en una balanza para adquirirlo a peso de oro.
-Los músicos estarán en su estrado -decía el joven estudiante-. Tocarán sus instrumentos de cuerda y mi adorada bailará a los sones del arpa y del violín. Bailará tan vaporosamente que su pie no tocará el suelo, y los cortesanos con sus alegres atavíos la rodearán solícitos; pero conmigo no bailará, porque no tengo rosas rojas que darle.
Y dejándose caer en el césped, se cubría la cara con las manos y lloraba.
-¿Por qué llora? -preguntó la lagartija verde, correteando cerca de él, con la cola levantada.
-Si, ¿por qué? -decía una mariposa que revoloteaba persiguiendo un rayo de sol.
-Eso digo yo, ¿por qué? -murmuró una margarita a su vecina, con una vocecilla tenue.
-Llora por una rosa roja.
-¿Por una rosa roja? ¡Qué tontería!
Y la lagartija, que era algo cínica, se echo a reír con todas sus ganas.
Pero el ruiseñor, que comprendía el secreto de la pena del estudiante, permaneció silencioso en la encina, reflexionando sobre el misterio del amor.
De pronto desplegó sus alas oscuras y emprendió el vuelo.
Pasó por el bosque como una sombra, y como una sombra atravesó el jardín.
En el centro del prado se levantaba un hermoso rosal, y al verle, voló hacia él y se posó sobre una ramita.
-Dame una rosa roja -le gritó -, y te cantaré mis canciones más dulces.
Pero el rosal meneó la cabeza.
-Mis rosas son blancas -contestó-, blancas como la espuma del mar, más blancas que la nieve de la montaña. Ve en busca del hermano mío que crece alrededor del viejo reloj de sol y quizá el te dé lo que quieres.
Entonces el ruiseñor voló al rosal que crecía entorno del viejo reloj de sol.
-Dame una rosa roja -le gritó -, y te cantaré mis canciones más dulces.
Pero el rosal meneó la cabeza.
-Mis rosas son amarillas -respondió-, tan amarillas como los cabellos de las sirenas que se sientan sobre un tronco de árbol, más amarillas que el narciso que florece en los prados antes de que llegue el segador con la hoz. Ve en busca de mi hermano, el que crece debajo de la ventana del estudiante, y quizá el te dé lo que quieres.
Entonces el ruiseñor voló al rosal que crecía debajo de la ventana del estudiante.
-Dame una rosa roja -le gritó-, y te cantaré mis canciones más dulces.
Pero el arbusto meneó la cabeza.
-Mis rosas son rojas -respondió-, tan rojas como las patas de las palomas, más rojas que los grandes abanicos de coral que el océano mece en sus abismos; pero el invierno ha helado mis venas, la escarcha ha marchitado mis botones, el huracán ha partido mis ramas, y no tendré más rosas este año.
-No necesito más que una rosa roja -gritó el ruiseñor-, una sola rosa roja. ¿No hay ningún medio para que yo la consiga?
-Hay un medio -respondió el rosal-, pero es tan terrible que no me atrevo a decírtelo.
-Dímelo -contestó el ruiseñor-. No soy miedoso.
-Si necesitas una rosa roja -dijo el rosal -, tienes que hacerla con notas de música al claro de luna y teñirla con sangre de tu propio corazón. Cantarás para mí con el pecho apoyado en mis espinas. Cantarás para mí durante toda la noche y las espinas te atravesarán el corazón: la sangre de tu vida correrá por mis venas y se convertirá en sangre mía.
-La muerte es un buen precio por una rosa roja -replicó el ruiseñor-, y todo el mundo ama la vida. Es grato posarse en el bosque verdeante y mirar al sol en su carro de oro y a la luna en su carro de perlas. Suave es el aroma de los nobles espinos. Dulces son las campanillas que se esconden en el valle y los brezos que cubren la colina. Sin embargo, el amor es mejor que la vida. ¿Y qué es el corazón de un pájaro comparado con el de un hombre?
Entonces desplegó sus alas obscuras y emprendió el vuelo. Pasó por el jardín como una sombra y como una sombra cruzó el bosque.
El joven estudiante permanecía tendido sobre el césped allí donde el ruiseñor lo dejó y las lágrimas no se habían secado aún en sus bellos ojos.
-Sé feliz -le gritó el ruiseñor-, sé feliz; tendrás tu rosa roja. La crearé con notas de música al claro de luna y la teñiré con la sangre de mi propio corazón. Lo único que te pido, en cambio, es que seas un verdadero enamorado, porque el amor es más sabio que la filosofía, aunque ésta sea sabia; más fuerte que el poder, por fuerte que éste lo sea. Sus alas son color de fuego y su cuerpo color de llama; sus labios son dulces como la miel y su hálito es como el incienso.
El estudiante levantó los ojos del césped y prestó atención; pero no pudo comprender lo que le decía el ruiseñor, pues sólo sabía las cosas que están escritas en los libros.
Pero la encina lo comprendió y se puso triste, porque amaba mucho al ruiseñor que había construido su nido en sus ramas.
-Cántame la última canción -murmuró-. ¡Me quedaré tan triste cuando te vayas!
Entonces el ruiseñor cantó para la encina, y su voz era como el agua que ríe en una fuente argentina.
Al terminar la canción, el estudiante se levantó, sacando al mismo tiempo su cuaderno de notas y su lápiz.
"El ruiseñor -se decía paseándose por la alameda-, el ruiseñor posee una belleza innegable, ¿pero siente? Me temo que no. Después de todo, es como muchos artistas: puro estilo, exento de sinceridad. No se sacrifica por los demás. No piensa más que en la música y en el arte; como todo el mundo sabe, es egoísta. Ciertamente, no puede negarse que su garganta tiene notas bellísimas. ¿Que lástima que todo eso no tenga sentido alguno, que no persiga ningún fin práctico!"
Y volviendo a su habitación, se acostó sobre su jergoncillo y se puso a pensar en su adorada.
Al poco rato se quedo dormido.
Y cuando la luna brillaba en los cielos, el ruiseñor voló al rosal y colocó su pecho contra las espinas.
Y toda la noche cantó con el pecho apoyado sobre las espinas, y la fría luna de cristal se detuvo y estuvo escuchando toda la noche.
Cantó durante toda la noche, y las espinas penetraron cada vez más en su pecho, y la sangre de su vida fluía de su pecho.
Al principio cantó el nacimiento del amor en el corazón de un joven y de una muchacha, y sobre la rama más alta del rosal floreció una rosa maravillosa, pétalo tras pétalo, canción tras canción.
Primero era pálida como la bruma que flota sobre el río, pálida como los pies de la mañana y argentada como las alas de la aurora.
La rosa que florecía sobre la rama más alta del rosal parecía la sombra de una rosa en un espejo de plata, la sombra de la rosa en un lago.
Pero el rosal gritó al ruiseñor que se apretase más contra las espinas.
-Apriétate más, ruiseñorcito -le decía-, o llegará el día antes de que la rosa esté terminada.
Entonces el ruiseñor se apretó más contra las espinas y su canto fluyó más sonoro, porque cantaba el nacimiento de la pasión en el alma de un hombre y de una virgen.
Y un delicado rubor apareció sobre los pétalos de la rosa, lo mismo que enrojece la cara de un enamorado que besa los labios de su prometida.
Pero las espinas no habían llegado aún al corazón del ruiseñor; por eso el corazón de la rosa seguía blanco: porque sólo la sangre de un ruiseñor puede colorear el corazón de una rosa.
Y el rosal gritó al ruiseñor que se apretase más contra las espinas.
-Apriétate más, ruiseñorcito -le decía-, o llegará el día antes de que la rosa esté terminada.
Entonces el ruiseñor se apretó aún más contra las espinas, y las espinas tocaron su corazón y él sintió en su interior un cruel tormento de dolor.
Cuanto más acerbo era su dolor, más impetuoso salía su canto, porque cantaba el amor sublimado por la muerte, el amor que no termina en la tumba.
Y la rosa maravillosa enrojeció como las rosas de Bengala. Purpúreo era el color de los pétalos y purpúreo como un rubí era su corazón.
Pero la voz del ruiseñor desfalleció. Sus breves alas empezaron a batir y una nube se extendió sobre sus ojos.
Su canto se fue debilitando cada vez más. Sintió que algo se le ahogaba en la garganta.
Entonces su canto tuvo un último destello. La blanca luna le oyó y olvidándose de la aurora se detuvo en el cielo.
La rosa roja le oyó; tembló toda ella de arrobamiento y abrió sus pétalos al aire frío del alba.
El eco le condujo hacia su caverna purpúrea de las colinas, despertando de sus sueños a los rebaños dormidos.
El canto flotó entre los cañaverales del río, que llevaron su mensaje al mar.
-Mira, mira -gritó el rosal-, ya está terminada la rosa.
Pero el ruiseñor no respondió; yacía muerto sobre las altas hierbas, con el corazón traspasado de espinas.
A medio día el estudiante abrió su ventana y miró hacia afuera.
-¡Qué extraña buena suerte! -exclamó-. ¡He aquí una rosa roja! No he visto rosa semejante en toda vida. Es tan bella que estoy seguro de que debe tener en latín un nombre muy enrevesado.
E inclinándose, la cogió.
Inmediatamente se puso el sombrero y corrió a casa del profesor, llevando en su mano la rosa.
La hija del profesor estaba sentada a la puerta. Devanaba seda azul sobre un carrete, con un perrito echado a sus pies.
-Dijiste que bailarías conmigo si te traía una rosa roja -le dijo el estudiante-. He aquí la rosa más roja del mundo. Esta noche la prenderás cerca de tu corazón, y cuando bailemos juntos, ella te dirá cuanto te quiero.
Pero la joven frunció las cejas.
-Temo que esta rosa no armonice bien con mi vestido -respondió-. Además, el sobrino del chambelán me ha enviado varias joyas de verdad, y ya se sabe que las joyas cuestan más que las flores.
-¡Oh, qué ingrata eres! -dijo el estudiante lleno de cólera.
Y tiró la rosa al arroyo.
Un pesado carro la aplastó.
-¡Ingrato! -dijo la joven-. Te diré que te portas como un grosero; y después de todo, ¿qué eres? Un simple estudiante. ¡Bah! No creo que puedas tener nunca hebillas de plata en los zapatos como las del sobrino del chambelán.
Y levantándose de su silla, se metió en su casa.
"¡Qué tontería es el amor! -se decía el estudiante a su regreso-. No es ni la mitad de útil que la lógica, porque no puede probar nada; habla siempre de cosas que no sucederán y hace creer a la gente cosas que no son ciertas. Realmente, no es nada práctico, y como en nuestra época todo estriba en ser práctico, voy a volver a la filosofía y al estudio de la metafísica."
Y dicho esto, el estudiante, una vez en su habitación, abrió un gran libro polvoriento y se puso a leer.

El gigante egoísta

Cada tarde, a la salida de la escuela, los niños se iban a jugar al jardín del Gigante. Era un jardín amplio y hermoso, con arbustos de flores y cubierto de césped verde y suave. Por aquí y por allá, entre la hierba, se abrían flores luminosas como estrellas, y había doce albaricoqueros que durante la Primavera se cubrían con delicadas flores color rosa y nácar, y al llegar el Otoño se cargaban de ricos frutos aterciopelados. Los pájaros se demoraban en el ramaje de los árboles, y cantaban con tanta dulzura, que los niños dejaban de jugar para escuchar sus trinos.
—¡Qué felices somos aquí! —se decían unos a otros.
Pero un día el Gigante regresó. Había ido de visita donde su amigo el Ogro de Cornish, y se había quedado con él durante los últimos siete años. Durante ese tiempo ya se habían dicho todo lo que se tenían que decir, pues su conversación era limitada, y el Gigante sintió el deseo de volver a su mansión. Al llegar, lo primero que vio fue a los niños jugando en el jardín.
—¿Qué hacen aquí? —surgió con su voz retumbante.
Los niños escaparon corriendo en desbandada.
—Este jardín es mío. Es mi jardín propio —dijo el Gigante—; todo el mundo debe entender eso y no dejaré que nadie se meta a jugar aquí.
Y de inmediato, alzó una pared muy alta, y en la puerta puso un cartel que decía:
“ENTRADA ESTRICTAMENTE PROHIBIDA BAJO LAS PENAS CONSIGUIENTES“.
Era un Gigante egoísta...
Los pobres niños se quedaron sin tener donde jugar. Hicieron la prueba de ir a jugar en la carretera, pero estaba llena de polvo, estaba plagada de pedruscos, y no les gustó. A menudo rondaban alrededor del muro que ocultaba el jardín del Gigante y recordaban nostálgicamente lo que había detrás.
—¡Qué dichosos éramos allí! —se decían unos a otros.
Cuando la Primavera volvió, toda la comarca se pobló de pájaros y flores. Sin embargo, en el jardín del Gigante Egoísta permanecía el Invierno todavía. Como no había niños, los pájaros no cantaban, y los árboles se olvidaron de florecer. Sólo una vez una lindísima flor se asomó entre la hierba, pero apenas vio el cartel, se sintió tan triste por los niños, que volvió a meterse bajo tierra y volvió a quedarse dormida.
Los únicos que ahí se sentían a gusto, eran la Nieve y la Escarcha.
—La Primavera se olvidó de este jardín —se dijeron—, así que nos quedaremos aquí todo el resto del año.
La Nieve cubrió la tierra con su gran manto blanco y la Escarcha cubrió de plata los árboles. Y en seguida invitaron a su triste amigo el Viento del Norte para que pasara con ellos el resto de la temporada. Y llegó el Viento del Norte. Venía envuelto en pieles y anduvo rugiendo por el jardín durante todo el día, desganchando las plantas y derribando las chimeneas.
—¡Qué lugar más agradable! —dijo—. Tenemos que decirle al Granizo que venga a estar con nosotros también.
Y vino el Granizo también. Todos los días se pasaba tres horas tamborileando en los tejados de la mansión, hasta que rompió la mayor parte de las tejas. Después se ponía a dar vueltas alrededor, corriendo lo más rápido que podía. Se vestía de gris y su aliento era como el hielo.
—No entiendo por qué la Primavera se demora tanto en llegar aquí— decía el Gigante Egoísta cuando se asomaba a la ventana y veía su jardín cubierto de gris y blanco, espero que pronto cambie el tiempo.
Pero la Primavera no llegó nunca, ni tampoco el Verano. El Otoño dio frutos dorados en todos los jardines, pero al jardín del Gigante no le dio ninguno.
—Es un gigante demasiado egoísta—decían los frutales.
De esta manera, el jardín del Gigante quedó para siempre sumido en el Invierno, y el Viento del Norte y el Granizo y la Escarcha y la Nieve bailoteaban lúgubremente entre los árboles.
Una mañana, el Gigante estaba en la cama todavía cuando oyó que una música muy hermosa llegaba desde afuera. Sonaba tan dulce en sus oídos, que pensó que tenía que ser el rey de los elfos que pasaba por allí. En realidad, era sólo un jilguerito que estaba cantando frente a su ventana, pero hacía tanto tiempo que el Gigante no escuchaba cantar ni un pájaro en su jardín, que le pareció escuchar la música más bella del mundo. Entonces el Granizo detuvo su danza, y el Viento del Norte dejó de rugir y un perfume delicioso penetró por entre las persianas abiertas.
—¡Qué bueno! Parece que al fin llegó la Primavera —dijo el Gigante y saltó de la cama para correr a la ventana.
¿Y qué es lo que vio?
Ante sus ojos había un espectáculo maravilloso. A través de una brecha del muro habían entrado los niños, y se habían trepado a los árboles. En cada árbol había un niño, y los árboles estaban tan felices de tenerlos nuevamente con ellos, que se habían cubierto de flores y balanceaban suavemente sus ramas sobre sus cabecitas infantiles. Los pájaros revoloteaban cantando alrededor de ellos, y los pequeños reían. Era realmente un espectáculo muy bello. Sólo en un rincón el Invierno reinaba. Era el rincón más apartado del jardín y en él se encontraba un niñito. Pero era tan pequeñín que no lograba alcanzar a las ramas del árbol, y el niño daba vueltas alrededor del viejo tronco llorando amargamente. El pobre árbol estaba todavía completamente cubierto de escarcha y nieve, y el Viento del Norte soplaba y rugía sobre él, sacudiéndole las ramas que parecían a punto de quebrarse. —¡Sube a mí, niñito! —decía el árbol, inclinando sus ramas todo lo que podía. Pero el niño era demasiado pequeño.
El Gigante sintió que el corazón se le derretía.
—¡Cuán egoísta he sido! —exclamó—. Ahora sé por qué la Primavera no quería venir hasta aquí. Subiré a ese pobre niñito al árbol y después voy a botar el muro. Desde hoy mi jardín será para siempre un lugar de juegos para los niños.
Estaba de veras arrepentido por lo que había hecho.
Bajó entonces la escalera, abrió cautelosamente la puerta de la casa, y entró en el jardín. Pero en cuanto lo vieron los niños se aterrorizaron, salieron a escape y el jardín quedó en Invierno otra vez. Sólo aquel pequeñín del rincón más alejado no escapó, porque tenía los ojos tan llenos de lágrimas que no vio venir al Gigante. Entonces el Gigante se le acercó por detrás, lo tomó gentilmente entre sus manos, y lo subió al árbol. Y el árbol floreció de repente, y los pájaros vinieron a cantar en sus ramas, y el niño abrazó el cuello del Gigante y lo besó. Y los otros niños, cuando vieron que el Gigante ya no era malo, volvieron corriendo alegremente. Con ellos la Primavera regresó al jardín.
—Desde ahora el jardín será para ustedes, hijos míos —dijo el Gigante, y tomando un hacha enorme, echó abajo el muro.
Al mediodía, cuando la gente se dirigía al mercado, todos pudieron ver al Gigante jugando con los niños en el jardín más hermoso que habían visto jamás.
Estuvieron allí jugando todo el día, y al llegar la noche los niños fueron a despedirse del Gigante.
—Pero, ¿dónde está el más pequeñito? —preguntó el Gigante—, ¿ese niño que subí al árbol del rincón?
El Gigante lo quería más que a los otros, porque el pequeño le había dado un beso.
—No lo sabemos —respondieron los niños—, se marchó solito.
—Díganle que vuelva mañana —dijo el Gigante.
Pero los niños contestaron que no sabían donde vivía y que nunca lo habían visto antes. Y el Gigante se quedó muy triste.
Todas las tardes al salir de la escuela los niños iban a jugar con el Gigante. Pero al más chiquito, a ese que el Gigante más quería, no lo volvieron a ver nunca más. El Gigante era muy bueno con todos los niños pero echaba de menos a su primer amiguito y muy a menudo se acordaba de él.
—¡Cómo me gustaría volverle a ver! —repetía.
Fueron pasando los años, y el Gigante se puso viejo y sus fuerzas se debilitaron. Ya no podía jugar; pero, sentado en un enorme sillón, miraba jugar a los niños y admiraba su jardín.
—Tengo muchas flores hermosas —se decía—, pero los niños son las flores más hermosas de todas.
Una mañana de Invierno, miró por la ventana mientras se vestía. Ya no odiaba el Invierno pues sabía que el Invierno era simplemente la Primavera dormida, y que las flores estaban descansando.
Sin embargo, de pronto se restregó los ojos, maravillado y miró, miró…
Era realmente maravilloso lo que estaba viendo. En el rincón más lejano del jardín, había un árbol cubierto por completo de flores blancas. Todas sus ramas eran doradas, y de ellas colgaban frutos de plata. Debajo del árbol estaba parado el pequeñito a quien tanto había echado de menos.
Lleno de alegría el Gigante bajó corriendo las escaleras y entró en el jardín. Pero cuando llegó junto al niño su rostro enrojeció de ira, y dijo:
—¿Quién se ha atrevido a hacerte daño?
Porque en la palma de las manos del niño había huellas de clavos, y también había huellas de clavos en sus pies.
—¿Pero, quién se atrevió a herirte? —gritó el Gigante—. Dímelo, para tomar la espada y matarlo.
—¡No! —respondió el niño—. Estas son las heridas del Amor.
—¿Quién eres tú, mi pequeño niñito? —preguntó el Gigante, y un extraño temor lo invadió, y cayó de rodillas ante el pequeño.
Entonces el niño sonrió al Gigante, y le dijo:
—Una vez tú me dejaste jugar en tu jardín; hoy jugarás conmigo en el jardín mío, que es el Paraíso.
Y cuando los niños llegaron esa tarde encontraron al Gigante muerto debajo del árbol. Parecía dormir, y estaba entero cubierto de flores blancas.
Irlanda, 1854 - Francia, 1900

domingo, 17 de mayo de 2009

Volveremos volveremos .....


Federer vuelve a confiar en sí mismo


El tenista suizo ha confesado tras su victoria en Madrid: "Este año no había ganado un torneo hasta ahora. Años atrás daba igual si ganaba o perdía porque era uno de los dos favoritos en París. Pero ahora había jugadores que me pisaban los talones. Las dos semanas de descanso antes y después de Roma me han ayudado. No me puedo dormir en los laureles pero es importante haber ganado a Rafa de cara a Roland Garros. Ahora voy allí más optimista y donde creo que puedo hacer algo. Hace algunas semanas pensaba que no".

http://es.eurosport.yahoo.com/


video

Una victoria importante que sirve para retomar la confianza perdida. Más aún teniendo en cuenta que se avecinan dos torneos de Grand Slam. Dos buenas oportunidades para confirmar si el que se vio hoy en la arcilla de Madrid fue el Federer de siempre

http://www.fanaticos.com

sábado, 16 de mayo de 2009

La Locura Juega a las Escondidas


Cuentan que una vez se reunieron todos los Sentimientos y Cualidades de los hombres en un lugar de la tierra. Cuando el Aburrimiento había bostezado por tercera vez, la Locura, como siempre tan loca, les propuso. "Vamos a jugar a las escondidas!" La Intriga levanto la ceja intrigada y la Curiosidad sin poder contenerse preguntó: ¿"A las escondidas"?, y ¿Como es eso? "Es un juego" - explicó la Locura--, en el que yo me tapo la cara y comienzo a contar desde uno hasta un millón mientras ustedes se esconden, y cuando yo haya terminado de contar, al primero de ustedes que encuentre ocupara mi lugar para continuar el juego. El Entusiasmo bailo secundado por la Euforia, la Alegría dio tantos saltos que terminó por convencer a la Duda, e incluso a la Apatía, a la que nunca le interesaba nada. Pero no todos quisieron participar: La Verdad prefirió no esconderse. ¿Para que? si al final la hallaban. La Soberbia opinó: que era un juego muy tonto (en el fondo lo que le molestaba era que la idea no hubiese sido de ella) y la Cobardía prefirió no arriesgarse. ----Uno, dos, tres, cuatro,... comenzó a contar la Locura. La primera en esconderse fue la Pereza, que como siempre se dejo caer tras la primera piedra en el camino. La Fe subió al cielo y la Envidia se escondió tras la sombra del Triunfo, que, con su propio esfuerzo había logrado subir a la copa del árbol más alto. La Generosidad casi no alcanzaba a esconderse, pues cada sitio que hallaba le parecía maravilloso para alguno de sus amigos: -- ¿Que si era un lago cristalino? ideal para la Belleza. -- ¿Que si la rendija de un árbol? perfecto para la Timidez. -- ¿Que si el vuelo da la mariposa? Lo mejor para la Voluptuosidad. -- ¿Que si una ráfaga de Viento? magnifico para la Libertad. ... Así terminó por ocultarse en un rayito de Sol. El Egoísmo en cambio encontró un sitio muy bueno desde el principio. Ventilado, Cómodo, pero solo para el. La Mentira se escondió en el fondo de los océanos (mentira, en realidad se escondió detrás del arco iris) y la Pasión y el Deseo en el centro de los volcanes. El Olvido no recuerdo donde se escondió, pero eso no es lo importante. Cuando la Locura estaba por el 999,999, el Amor aun no había encontrado sitio para esconderse, pues todo se encontraba ocupado hasta que divisó una rosa y, enternecido, decidió esconderse entre sus flores. --- Un millón, contó la Locura y comenzó a buscar. La primera en aparecer fue la Pereza solo a tres pasos de una piedra. Después se escucho a la Fe discutiendo con Dios sobre zoología. Sintió vibrar a la Pasión y el Deseo en los volcanes. En un descuido encontró a la Envidia y, claro pudo deducir donde estaba el Triunfo. Al Egoísmo no tuvo ni que buscarlo. El sólito salió disparado de su escondite que había resultado ser un nido de avispas. De tanto caminar, sintió sed y al acercarse al lago descubrió a la Belleza. Con la Duda resulto ser mas fácil todavía, pues la encontró sentada sobre una cerca sin decidir aun de que lado esconderse. Así fue encontrando a todos. Al Talento entre la hierba fresca, a la Angustia en una oscura cueva, a la Mentira detrás del arco iris... (mentira, estaba en el fondo del océano) y hasta al Olvido, a quien ya se le había olvidado que estaba jugando a las escondidas. Solo el Amor no aparecía por ningún sitio. La Locura busco detrás de cada árbol, bajo cada arroyuelo del planeta y en la cima de las montañas. Cuando estaba a punto de darse por vencida, divisó un rosal. Tomo una horquilla y comenzó a mover las ramas, cuando de pronto, se escucho un doloroso grito. Las espinas habían herido al Amor en los ojos. La Locura no sabia que hacer para disculparse. Lloro, Rogó, Imploró, Pidió perdón y hasta prometió ser su lazarillo. Desde entonces, desde que por primera vez se jugo a las escondidas en la Tierra... "El Amor es ciego y la Locura siempre lo acompaña!"

viernes, 15 de mayo de 2009

¿ADÓNDE VA LA PINTURA?


3º parte, Reportaje a Berni

El artista
V: ¿Qué es para vos ser artista?
B: Ser artista, en el verdadero sentido de la palabra, con todas las consecuencias que implica emprender esa riesgosa manera de vivir, ser artista es una de las mayores formas de ser libre.
V: ¿No te parece demasiado resignada y demasiado mínima esa especie de libertad de alcoba?
B: No; tal vez me parezca aberrante; pero no es una aberración del artista sino una aberración de la sociedad en que al artista le toca vivir. El artista no es culpable de la conducta represiva, censora o policíaca del sistema social. Y lo padece como cualquier otro ciudadano, ni más ni menos. Para el artista, esa mínima libertad de alcoba, como vos decís, no es refugio sino una conquista. Lo malo, lo terrible para un artista, no es tanto la censura, es la autocensura, es mucho más eficaz, que se le mete hasta en los huesos y termina con el artista y con el hombre.
V: ¿Qué le aconsejarías hoy a un artista joven? ¿Qué entrara o que no entrara en el juego?
B: Si es un temerario, le diría: "Tenés que tener en cuenta la perdurabilidad de tu quehacer artístico; si lo quemás inmediatamente, no te queda porvenir; entonces, como la vida es una estrategia, un estratagema también, como, según fue dicho ya por otros, 'el camino más corto entre dos puntos no es, a veces, la línea recta', no te hagás autosabotaje; luchá correctamente, empleá las mejores armas, las más eficaces, porque es difícil, muy difícil, pero no imposible llegar a ser".
En lo íntimo
V: ¿Estás satisfecho Antonio? ¿Sos feliz?
B: Estoy satisfecho en la medida que hice todo lo que pude y lo mejor que supe hacerlo; pero sé que me queda mucho por hacer todavía, que tengo cuerda para rato, como se dice vulgarmente. Y en ese sentido soy feliz. Ahora, claro, la felicidad absoluta no existe, ya se sabe. Pero me siento bien, porque me siento tan creativo como en los comienzos de mi carrera, porque siento que esa cuerda no se me ha aflojado todavía. Eso me pone muy feliz.
V: ¿Te quedan cosas por aprender?
B: Muchas, muchísimas cosas. Ahí sí, ¿ves? Ese es un motivo de preocupación para mí; siento que no me queda tiempo para aprender todo lo que quisiera.
V: (...) Si no amaras, ¿podrías pintar?
B: La pintura es una forma del amor. Una forma de transmitir el amor a través del arte. Es también amor por el arte, independientemente del amor personal que uno pueda o no tener. En mi caso, por ejemplo, tengo el amor que cotidianamente vivo con Sunula. Pero a través del arte manifiesto otro amor, del que también forma parte seguramente el amor por mi mujer. El amor a la justicia, el amor a la libertad, son otras formas del amor. Si no hay amor que transmitir, no hay pintura, no hay arte, no hay nada.

Homenaje
V: Ahora la pregunta final, Antonio: si tuvieras que hacer un gran homenaje, tal vez el mayor homenaje de tu vida, ¿a quién o a quiénes homenajearías con tu obra? ¿A quién le entregarías tu obra?
B: A una persona, no. Entregaría mi obra al pueblo; al pueblo trabajador, específicamente; primero al pueblo de mi país, después al de todo el mundo. La obra de arte no puede ser patrimonio de nadie, ni entregada a nadie en particular, porque el arte es universal. Esa es su esencia y así debe ser entendido.
¿Qué pasa en los Estados Unidos?
V: También anduvo, hasta hace pocos días, en los Estados Unidos. ¿Qué anda pasando por allí en materia de artes plásticas?
B: Estados Unidos, como país joven en relación con Europa, no tiene pasado histórico extenso. Esa es una característica que comparte, que lo asemeja con Latinoamérica. En lo que respecta a la cultura, esa falta de pasado despierta en ellos, en una gran parte de su población, apetencia por lograr todo lo que, en dicho campo, Europa tiene en abundancia. Es así que los museos de Nueva York, Filadelfia y Washington son muy concurridos por los norteamericanos. A lo mejor, proporcionalmente, son más visitados los museos norteamericanos que los museos europeos por los europeos. Es como si quisieran alcanzar la gran cultura europea en el menor tiempo posible. En Europa, el público muestra una especie de saturación por las cosas de la cultura, proporcionalmente hablando. Por ejemplo: el Museo Metropolitano, como el Museo Nacional de Washington, se han enriquecido de obras maestras de todos los tiempos y de la más alta calidad. En el Museo Metropolitano, en un amplio subsuelo, hay toda una demostración, para niños y adultos, de cómo ha sido la evolución de las artes figurativas a través de los tiempos; cómo se pintaba al fresco, o a la cera, con las herramientas y materiales a la vista.
Cómo se hacía y decoraba el mosaico en la Edad Media; cómo pintaban los egipcios y hasta hacen una demostración práctica de cómo es la textura en la pintura de los impresionistas. De manera tal que para un pueblo que recién entra masivamente al mundo del arte hay todo un sistema didáctico muy eficaz. Lo significativo es que nada de esto cae en saco roto y todo es absorbido gustosamente por el público. El europeo, en cambio, tiene otra relación con las cosas del arte.

La vocación y los zapatillazos
V: En el Rosario en el que usted nació debe haber sido difícil elegir la vida de artista pintor.
B: Siempre digo que la vocación no nace con uno (...). Ahora, aquí, en Almagro, yo tengo chicos que llegan hasta el taller trayendo mandados y viéndome dibujar me piden papeles y colores. Les viene la tentación y yo les doy todo para que la desarrollen. De esa manera empecé yo a dibujar. Le mostraba mis trabajos y él encontraba que yo tenía muchas condiciones para el dibujo. (...)
Los tres dibujos
V: ¿Qué dejó cada etapa plástica en el Berni de hoy?
B: En la primera etapa fue un naturalista influenciado por el postimpresionismo. Era lo que podía ver en Rosario. Por aquel entonces, los medios de comunicación no habían alcanzado el desarrollo y la eficiencia de la actualidad. A los veinte años me fui a Europa, becado. Llegué a España y empecé a detectar el quietismo ya conocido por mí, en gran parte por las exposiciones que había visto en Buenos Aires y Rosario, donde los pintores españoles llegaban a menudo.
A los tres meses me fui a París. Allí me encontré con todo lo que yo no conocía. Había expresiones de un mundo convulsionado del que los pintores eran la manifestación visible, casi rayana en la locura. Me enfrenté con los fauvistas, los cubistas y los abstractos, que yo ignoraba totalmente. De entrada, desde luego, no me fue fácil familiarizarme con todas esas estéticas porque llevaba en la mochila una serie de prejuicios. Pero me fui liberando con bastante rapidez de ellos y es así que comencé a hacer mis prácticas fauvistas y cubistas como forma de compenetrarme hondamente de todos eso fenómenos.
V: Con el tiempo llegará a París el surrealismo, ¿no?
B: Sí. Al poco tiempo de estar en París comenzó a surgir la pintura surrealista que me interesó vivamente.

El surrealismo
V: ¿Por qué?
B: Porque lo encontraba un lenguaje con trasfondo significativo que tanto el fauvismo como el cubismo habían soslayado. La preocupación fundamental de estas dos corrientes era alcanzar la mayor depuración en el campo de la pura plasticidad y, en ese campo, estaba todo dicho, y muy bien dicho, desde hacía años. El surrealismo ofreció otra salida en razón de ese movimiento de péndulo histórico que siempre se produce cuando algo ha llegado a su punto de saturación. La gente que viene, generalmente los jóvenes, tratan de encontrar su propio lenguaje que es, a la vez, el espíritu de cada época. La evolución del arte se sucede por el contacto de las vanguardias que, cada una a su turno, se enlazan en la búsqueda de una nueva verdad. El artista, en el fondo, es alguien que pugna siempre por una verdad determinada. La del surrealismo fue una etapa intelectual pura. Pasé en ella cinco años.
V: Un reducto de la créme de la créme de aquella época. ¿Qué pasó con esa muestra que aún muchos de los que la vieron comentan con algún espanto?
B: La exposición surrealista de 1932 se realizó por invitación de Amigos del Arte en la hoy Galería Van Riel. Allí empleaba yo el collage, lo que para Buenos Aires era escandaloso. Algunas imágenes -el caso del tornillo y el botón- por su crudeza, también promovieron críticas. Y no le cuento lo que pasó con un tenedor y un objeto de la más cruda realidad, como un bidet de baño. Todo aquello provocó la irritación de la crítica y del público independiente. Todos ellos se encontraron con una expresión que consideraban irreverente, para el criterio convencional, de lo que deberían ser las bellas artes. Hoy, en cambio, tanto la crítica como el público han superado ese terror y aceptan estas expresiones estéticas contemporáneas. No hay que olvidarse que hablamos de algo que sucedió hace cuarenta años, o más...
V: La última pregunta por esta vez. ¿Son compatibles el arte y el compromiso?
B: Todo arte es arte comprometido. Aún el arte abstracto es un arte comprometido, aunque su contenido filosófico no es manifiesto. Mi intención es encontrar una verdad que en el ambiente en que me encuentro responde al espíritu y, en este caso, creo que es de grandeza porque en los países como los nuestros -donde todo está en vías de construcción- no podemos quedarnos enfrascados en una tranquilidad absoluta del espíritu; cosa que es posible, de alguna manera en naciones donde ha alcanzado, momentáneamente, el desarrollo integral en lo económico, en lo político y en lo social.
V: ¿Usted vive del arte?
B: Sí, yo vivo del arte; en este momento, después de cincuenta años, soy de los pocos que viven del arte en este país.
V: ¿Quién fue Ramona?
B: Ramona es un personaje creado por mí, un arquetipo; no es una mujer en particular, yo le puse ese nombre. Como en el caso de Juanito Laguna, un personaje importante en América Latina... un cirujita, un chico pobre, no un pobre chico, que es muy distinto; esa era mi intención. Ramona es una mujer del interior que va a la ciudad a probar fortuna; pasa por todas las situaciones de una mujer sola que llega a la ciudad, con todas las formas de provocación que puede recibir, dentro de un mundo dramático; por momentos quiere aparecer como una gran mujer, una gran dama, pero no tiene recursos...

http://www.paseosimaginarios.com/berni/reportajeaberni.htm

¿ADÓNDE VA LA PINTURA?


la 2º parte .....
Reportaje a Berni

Definiciones
V: ¿Vos sos un artista provocativo y revolucionario?
B: Mirá, yo estoy haciendo una pintura inconformista y que cuestiona un mundo, una realidad. Ahora, que sea yo un artista revolucionario, no es un juicio que a mí me corresponda hacer. Yo estoy haciendo naturalmente, lo que hago, sin detenerme a pensar si soy o no revolucionario. Eso ya lo decidirán otros, la historia misma, en último caso.

V: ¿Al menos te considerás libre y verdadero, no?
B: Desde luego que sí; eso no me presenta dudas aunque uno nunca se vea con demasiada claridad a sí mismo. Ahora yo, frente a lo que me impresiona, frente a lo que tengo interés en transmitir, frente a los medios estéticos y formales, me siento libre, siento que domino esos medios y, al sentir que los domino y que estoy haciendo lo que se me da la gana, me siento libre, verdadero y cumplido. Y estoy cumplido porque estoy haciendo obra con todo lo que recibí, con todo lo que leí, con todo lo que viví, con todo lo que me formó, con todo el arte del pasado y del presente que me alimentó, con todo lo que soy, en suma, y con toda la lucidez de que soy capaz.

V: ¿Hay moral en tu obra?
B: Sí, una ética, una moral; porque cuando mi interés humanístico se pone de manifiesto, ya eso sólo es una posición moral, de hecho. Para mí, el concepto fraternidad, por ejemplo, es concepto moral; si no hubiera fraternidad, los hombres serían enemigos entre sí; entonces, cuando yo, en mi obra, expreso mi sentimiento fraternal, hago un arte moral.

El erotismo
V: ¿No has caído nunca en la tentación de hacer una pintura no irritativa sino profundamente grata a los sentidos, manifiestamente hedonista?
B: Agradables a los sentidos pueden ser mi pintura y mis dibujos eróticos, por ejemplo, y yo los hago con placer cuando siento la necesidad de hacerlos.

V: No encuentro tan erótica a lo que vos llamás pintura erótica; no veo una exaltación jubilosa, nada dionisíaco en ella; en cambio, a menudo, veo el sexo y la sexualidad juzgados y hasta sojuzgados; creo que es otra variante de tu condenación global de la sociedad burguesa y del erotismo como trampa o estupefaciente.
B: Puede ser, puede ser... En ocasiones es eso, sin duda, pero en otras yo sé que hago una exaltación del erotismo por el erotismo mismo. (...) Pero no los puedo mostrar (a los cuadros).

V: ¿Por qué? ¿No mostraste cosas parecidas en tu última muestra en París?
B: En Francia, en Europa, sí; allí tienen una concepción menos pacata e hipócrita y mucha mayor libertad. Aquí no, aquí los podría mostrar solamente en carpetas privadas. En público no podés; las leyes te lo prohíben y te meterían preso. Ninguna galería los expondría tampoco; no se animan a hacerlo. Puedo hacer con ellos una carpeta especial para que se los tenga en una trastienda y se los muestre en privado. No los puedo colgar así como así, porque sociedad habrá algún cretino que se sienta ofendido y te denuncie; a lo mejor se satisface enormemente viéndolos, pero los oculta y opta por la inmoralidad de ser tu verdugo en defensa de los "sagrados" valores morales. En realidad, la mayoría de esos tipos son depravados; en el orden sexual o en otros órdenes. El sexo es una cosa natural, simple, biológica, bella e inocente en sí misma; el acto sexual es siempre hermoso, pero los corrompidos no ven más que malicia y morbosidad en él. Yo no digo que no haya artistas también corruptos que vean el sexo y lo muestren morbosamente, claro que los hay; pero yo no soy de esos, por la simple razón de que amo a la vida y a la gente.

V: Y seguramente es mucho lo que guardás, porque es mucho lo que hacés; estás trabajando siempre...
B: Eso sí; trabajar, trabajo mucho; pero nunca he hecho cómputos o contabilizado mi obra. Los apuntes, los estudios, los dibujos mismos y hasta los monstruos que hago son muchas veces para mí como los ejercicios de digitación para el pianista. La constante diaria, mi digitación, es el dibujo. Todo sirve, porque cuando yo voy y me meto en la gran composición, gobierno todos los elementos, estoy ágil y entrenado y puedo hacer lo que tengo ganas. Uno mismo es más un instrumento que un instrumentista. Mirá, una vez fui a una casa de venta de materiales para artistas; entonces me presentan una espátula muy buena, de un precio muy alto; y me presentan otra semejante pero mucho más barata; yo pregunto: "¿Por qué tanta diferencia?" Y el vendedor me contesta: "Vea, la diferencia está en que con esta espátula de precio, usted va a hacer lo que usted quiere; y con esta otra, lo que quiera la espátula".

El trabajo de taller
V: ¿Trabajás todos los días?
B: Sí, se puede decir que trabajo todos los días; hasta los domingos y feriados, a veces; a veces trabajo tres o cuatro horas, a veces diez o doce; depende.

V: ¿Bocetás antes de realizar una obra o hacés un trabajo directo?
B: No boceto demasiado; hago apuntes parciales y estudios de detalle muchas veces, pero casi no boceto una obra total; todo lo más, hago una cosa muy esquemática y la voy resolviendo directamente en la tela. Porque el boceto que uno hace, por más ajustado que sea, cuando uno lo pasa a tamaños, diez, veinte, treinta, cuarenta veces mayor, pierde vigencia; las relaciones de formas y de imágenes no actúan como en el boceto previo.

La pintura pública
V: ¿No hay otras razones que te lleven hacia las grandes composiciones, las que mencionaste hace un momento? Observo el valor que les atribuís, te escucho referirte a ellas a cada rato, veo el lugar que ocupan en tu obra, y no encuentro del todo satisfactoria tu explicación anterior; me parece que hay, que debe haber otra razón superior...
B: Bueno, la gran composición es, para mí, la pintura pública por excelencia; es la primera con funciones masivas. Tomá el caso de Picasso antes del Guernica; todo lo que él había hecho hasta ese momento era pintura de caballete, como se dice vulgarmente, cuadros de mediano tamaño. ¿Qué lo llevó a plantearse una composición de casi diez metros? Fue nada más que la situación de España, la guerra civil que lo conmovía todo. Picasso ya no se contentaba con lo hecho; necesitaba ahora un megáfono para decir lo que tenía ganas. En esto hay que reconocer, como yo lo he sostenido públicamente, la influencia del muralismo mexicano sobre la pintura europea, al menos en algunos aspectos. Porque a Picasso no se le había ocurrido hasta entonces, ni a ningún otro pintor europeo contemporáneo, hacer pintura monumental. Que el estilo sea distinto, que Picasso no se parezca a ninguno de los mexicanos, no invalida lo dicho; el caso es que él, con el Guernica; quiso hacer una pintura política, pública y monumental. ¿Y por qué razón práctica, por calificarla de alguna manera? Porque la obra estaba destinada a un gigantesco pabellón de exposición para grandes masas de público. Y es una de las obras maestras de Picasso y un enorme afiche, un cartelón, para volver a lo que hablábamos antes.

Reconocimientos
V: Así como vos advertís esa influencia de la pintura mexicana sobre la europea, ¿qué influencias grandes, terminantes, reconocés en vos durante tu formación? No me refiero a movimientos como el surrealismo, por ejemplo, sino a los artistas, a gente cuya obra y cuya trayectoria fueron modelos para vos.
B: Bueno, pintores como Picasso, Braque, también De Chirico en algunos aspectos.
V: ¿Y a quiénes considerás tus hermanos, tus pares, Antonio?Amigos, camaradas, gente que ha estado en las mismas luchas que yo, intelectuales que me ayudaron en mi propio esclarecimiento y con quienes nos enriquecimos mutuamente por el intercambio de ideas, bien, sí, muchos; entre los del grupo de París, Aragon y Lefebvre, especialmente; fui, además, bastante amigo de un poeta como Jacobo Fijman, de escritores como Marechal y Elías Castelnuovo.

V: Todos los que has mencionado son gente del pensamiento o gente de letras. ¿Los pintores no son tus pares?
B: Claro, ¿cómo no? Spilimbergo, Castagnino, han sido buenos amigos; muchachos jóvenes también, como Grela y Gambartes en Rosario, gente con la que nos veíamos cotidianamente y compartíamos los mismos o parecidos intereses.


http://www.paseosimaginarios.com/berni/reportajeaberni.htm