jueves, 14 de julio de 2011

Nietzsche, el insomne y el ratón (Final)

Receloso de esa cosa hablante, Claudio le preguntó por su nombre.

-Me llamo Gilberto, pero prefiero que me llamen Zaratustra- respondió el ratón.
-Bien. Ahora dime, Zaratustra, debes tener claro que no es nada de ordinario que tú y yo estemos dialogando así con tanta facilidad, ¿no?
-Lo único que me queda claro es que tú y yo nos estamos entendiendo- respondió Zaratustra.
-Hum, algo que nunca pude lograr con mi ex mujer, en eso, tienes mucha razón. ¿Quieres un buen pedazo de queso? ¿Algo de vino?
El ratón aceptó y, de este modo, hombre y ratón dialogaron de lo humano y lo divino hasta pasadas las diez de la mañana. En esa dilatada conversación, el roedor, ya más emparafinado por los muchos dedales de vino que consumió, le contó que había aprendido a conocer a los grandes filósofos, y en especial a Nietzsche, en la Biblioteca Nacional. Y que aplicaba en cada segundo de su roedora vida esa sabiduría y esa profundidad de los grandes maestros. Para los otros roedores, él era un paria, una cosa absolutamente extraña. Claudio, le confesó, por su parte, que había descubierto tras esa larga charla que él era infinitamente más inteligente e interesante que su propio jefe, un connotado jurisconsulto. El ratoncillo, agradeció tal elogio, pero le dijo que no lo sorprendía para nada, ya que contemplando la TV, se había percatado que la gente elegía de presidentes de la república a unos verdaderos patanes.

Convinieron en continuar conversando a la noche siguiente, pero a Claudio le seducía mucho la idea de ganar millones explotando el talento de Zaratustra.

Al día siguiente, todo pudo quedar truncado tras la incursión de Satán, un gato enorme que ingresó furtivamente a la casa de Claudio, husmeando la presencia del ratón. Zaratustra dormitaba sobre un diván, cuando de pronto sintió el peso de una pata enorme sobre su barriga. Fue tal el terror que lo embargó, que sus orejitas se alzaron como un par de antenas. El gato comenzó a relamerse, mientras achinaba sus ojos.
Zaratustra, ensayó una frase: -¡Oh soledad! ¡Soledad, patria mía! que fue nada más que un chillido ratonil, traducido en palabras. El gato lo contempló con curiosidad. No esperaba aquello, sino, al ratoncillo temblando de miedo en un rincón de la pieza. Por lo que, desorientado, alzó su pata y permitió que Zaratustra huyera a su madriguera.

Zaratustra intuía que Claudio intentaba traicionarlo. Pero le seguía el juego. No por nada, de tanto leer a Nietzsche, el ratón había aprendido a conocer el alma humana. Por lo tanto, aguardaba en cualquier momento el zarpazo artero del que ahora se decía su amigo. Visto de esa forma, confiaba cien veces más en Satán, el gato, que en ese hombre.

Después de una prolongada disquisición filosófica, y tras muchos brindis de buen vino, Zaratustra perdió la conciencia y cuando despertó, estaba encerrado en una pequeña jaulita. Un hombre regordete lo contemplaba con viva admiración. Había escuchado hablar entre sueños al pequeño ratoncillo y eso había sido suficiente para pagarle una elevada suma de dinero a Claudio a cambio de esta maravilla.

-Ah, veo que mi personaje ha despertado- exclamó el Profesor Linchstrauss. ¿Me podría explicar su señoría si es habitual que beba alcohol?
-Las costumbres del hombre son tan perniciosas, que si los animales las imitaran, pronto se extinguiría toda especie- dijo el ratón con una vocecita clara, pese al trasnoche.
-Ooooh, ¿Nietzsche?
-No. Una simple reflexión mía- repuso Zaratustra, absolutamente desilusionado de Claudio, quien lo había traicionado tan arteramente.

El pobre ratoncillo fue sometido a diversos análisis para entender la mecánica que lo impulsaba a hablar y razonar como lo haría cualquier cristiano. Más tarde se determinó que se enviaría a Alemania para ser estudiado por los más connotados científicos de ese país. La vida del pobre Zaratustra se había transformado en una pesadilla. A no dudarlo, habría preferido no pronunciar ningún vocablo, con el beneficio cierto de ser considerado como un simple roedor, despreciado y anónimo.

Pero, Zaratustra tuvo su momento de gloria, cuando le colocaron una cámara de video y un micrófono cerca de su rostro. Conminado a pronunciar algunas palabras para una vasta red televisiva, descargó toda su furia contra ese hombre que había comerciado con él. –Claudio Romani es un perverso ser del cual no se puede confiar. Ustedes lo reconocerán por su calva y sus pies enormes.

Desde ese momento, Claudio fue un hazmerreír a nivel mundial, tanto así que al poco tiempo huyó a Nueva Zelandia para ocultarse en la montaña más agreste de ese país isleño. Esa fue la dulce venganza del ratoncillo.

Como Zaratustra demostró ser un excelente negociador y una de las mentes más brillantes del orbe, fue nombrado Profesor Emérito de Filosofía y se le asignó una lujosa vivienda en un barrio elegantísimo. Por supuesto, libre de gatos que pudieran borrar de una plumada a este ahora galardonado roedor.

Pero nada es completo, sin que exista esa cosa intangible, pero tan necesaria para rubricar cualquier relato, hablo del amor. Cierta tarde en que Zaratustra revisaba unos incunables sobre la obra póstuma de Nietzsche, escuchó una dulce vocecita detrás suyo. Era Eloísa, una ratita blanca que también tenía el don de la palabra y que al ver al ratoncillo en la televisión, había quedado prendada de él.
-Hola- dijo la ratita, -¿te puedo acompañar?
-Zaratustra se volteó y se enamoró de inmediato de esa bella desconocida.

Años después, la lujosa vivienda era habitada por papá Zaratustra, mamá Eloísa y diez hermosos ratoncitos que jugueteaban libremente por todos los espacios.

Algunos dirán que este es un final burgués, de película norteamericana. Otros, que es un cuento ridículo que no merece ni siquiera ser leído. Pero, sea como sea, debo señalar que el corazón de Zaratustra no fue nunca más feliz que cuando latió por Elisa, su bella compañera…


1 comentario:

  1. Me gusto mucho esta insolita historia de amor...
    Usted siempre hace que lo cotidiano se convierta en increible...jjaja
    Gracias por el cuento!!!

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