martes, 2 de agosto de 2011

La cultura

Hace años, un ministro nazi, cuyo nombre no vamos a escribir, dijo que oía la palabra cultura y se echaba mano al cinto. En el cinto llevaba un revolver de matar, seguramente usado más de una vez. Usado para matar, claro.

La cultura no tiene buena prensa. Es verdad que ya no se mata a quien lleva un proyecto cultural bajo el brazo, ahora se le desprecia o, simplemente, se le ignora, que es más eficaz y más “limpio”.

La cultura le interesa a nuestra sociedad menos de un uno por ciento, que es lo que las administraciones públicas suelen destinar a esta partida cuando elaboran sus presupuestos. No valen las reivindicaciones grandilocuentes, las ampulosas declaraciones para quedar bien un día en un titular de un periódico: lo importante es medir el día a día, la aplicación de criterios a la hora de gobernar o de elegir a nuestros gobernantes, porque ¿alguien mira qué proyectos culturales presentan los distintos partidos para aumentar la calidad de vida de los ciudadanos?

Cultura no es un enunciado vacío de contenido. No es solo libros o pintura, no es música ni buena arquitectura, cultura es una forma de estar en el mundo, de mirar y de ver. Una persona culta sabe quien es, se respeta y respeta a los otros. Sin embargo la cultura no es un objetivo, quizá porque el objetivo sea que la sociedad esté poblada por personas ciegas. Por eso hay valores que no forman parte de la vida pública ¿cuánto pesa en el voto de cada uno el respeto por lo que somos? ¿Y nuestra memoria? ¿Y nuestro idioma y su valor para comunicar ideas y sentimientos? ¿Cuánto mide el conocimiento del otro, la indagación de sus particularidades para asumirlo como semejante? ¿Cuánto, a la hora de votar, o de pedir el voto, pesan las bibliotecas, que son hospitales del espíritu, los teatros, para decir, oír, interpretar y así sentirnos miembros de una comunidad? No parece que estas interrogantes sean tenidas en cuanta y sin embargo, son importantes.

La cultura nos da satisfacciones porque nos hace reconocernos los unos a los otros con nuestras diferencias y nuestros respectivos bagajes, nos eleva sobre del encefalograma plano que parece definir nuestro tiempo, tiempo que pudiendo ser de mucho y de muchos va siendo embrutecido y narcotizado hasta que quienes lo habiten no consigan expresar ideas, porque sólo tendremos eslóganes publicitarios para irnos gobernando.

Por estas y otras muchas reflexiones, que se escapan a la rapidez de un escrito urgente, la cultura es necesaria. Y la labor de las entidades que se aplican a ensanchar el mundo cultural, también.

La Librería Caligrama es un ejemplo de qué hacer cívico. Si vender libros es una noble tarea, convertirse en un foco de divulgación cultural es toda una épica. Quizá las librerías como Caligrama sean las universidades de nuestra época. No otorgan titulación alguna pero habilitan, con su actividad y sus propuestas, para vivir la vida. Que es lo importante.

José Saramago

1 comentario:

  1. Que bonito!!!, continua por ese camino que es bello y lleno de satisfacciones.

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