domingo, 17 de junio de 2012

Elogio de las pasiones débiles


El filósofo cordobés comparte con nosotros esta crónica en donde entrelaza memorias de la librería cordobesa Paideia y su comunidad de amigos.

A Bernardo Nagelkop lo conocí allá por los años 40 y pico. Trabajaba en la librería Assandri, cuando estaba en la avenida Olmos. Después vinieron los Avatares. A mi regreso a Córdoba tenía un kiosco en el pasaje Central, después se instaló en un local del mismo pasaje y nació la librería “Paideia”. Tenía un empleado que se llamaba José Aricó, alias “Pancho”, que fue y sigue siendo incluso ya muerto uno de mis mejores amigos. Es casi una vulgaridad decirlo pero “los opuestos se atraen”, Bernardo, la pasión triste, y Pancho, la pasión alegre, fueron siempre amigos (uso la palabra “amigo” en el sentido de antes, cuando uno tenía muy pocos amigos y la amistad era algo que nos sobrepasaba como un suave destino y no como se entiende hoy, en que uno ve a alguien y ya es amigo). Después Paideia se trasladó a la calle Dean Funes y podríamos decir que allí comenzó su historia.

La Librería fue un lugar por donde pasábamos todos, mejor dicho donde nos cobijábamos. Salíamos del trajín cotidiano, el trabajo, la política, y nos sumergíamos entre los libros. Porque Paideia era una “librería”, en el viejo sentido de la palabra. Se parecía más a una Biblioteca que a un negocio. Tenía el salón de ventas, la trastienda, el desván, el baño-cocina, las paredes y los pasillos, todo estaba lleno de libros hasta el techo. Por allí circulábamos.

¿Quiénes? Mejor sería preguntar ¿quiénes no? Pancho en primer lugar, incluso cuando se fue a vivir a Buenos Aires lo primero que hacía cuando nos visitaba era ir a Paideia a buscar libros, a veces decíamos a “rescatarlos” (“rescatarlos” −manera pudorosa de decir robarlos− por varias razones: la primera, porque los libros son escritos para los lectores y no para venderlos; la segunda, porque debíamos impedir que otro cualquiera se llevara ese libro; la tercera, porque no teníamos plata y necesitábamos leerlo; etc. Íntimamente creo que Bernardo hacía la vista gorda con algunos de sus amigos…).

Librería: venta y acumulación de libros. Paideia era como una caja de Pandora. Siempre, hasta el último día, reservaba sorpresas: un Mallarmé, un Pessoa, un Hegel o un Rilke, ¡cualquier libro podía surgir de sus anaqueles! Incluso los que durante décadas transitamos por los pasillos de ese lugar que tenía tanto de templo, encontrábamos novedades sorpresivas. Y qué decir del altillo, al que muy pocos teníamos acceso, atiborrado de viejas ediciones llenas de polvo, de “clavos” que se iban acumulando lentamente y que con el tiempo constituían una maraña o un secreto, desconocido y tal vez incognoscible, tesoro bíblico: un Martínez Howard, un Ramponi, un Arlt, un González Tuñón…

Y sí, por allí circularon, entre tantos otros, Revol, el Hugo Laufranco, el viejo Massola, Marimón, el “Toto” Schmucler, el petizo Geordano, el Kichi, Seguí, el negro Funes, el negro Tula, Marcelo Díaz… Todos tomábamos el café a la turca que preparaba la eterna Nelly (la “cajera”), charlábamos con Marcelo Gauchat, que trabajaba allí y que hoy pinta en Berlín, y discutíamos, y de alguna manera nos amábamos en ese impulso solidario, compasivo, indefinible, que son las “relaciones amistosas”, como quien dice un pasito previo a la amistad, que es otra cosa… en lo mismo.

Pero Bernardo, vaya a saber por qué, fue entristeciéndose. Tal vez por un gusto recóndito, por lo general inconfesable, se entregó a la melancolía, en última instancia tal vez al deseo de querer morir lo más pronto posible (y no entiendo por qué uno no puede o no “debe” querer morir lo más pronto posible si se le da la “desolada gana”, como dice el poeta Miguel Hernández, de “morirse”). Pienso que se fue cansando de todo… menos, creo, es una creencia, de sus amigos. Una “pasión triste” lo fue ocupando (y tampoco veo por qué deben criticarse o combatirse las pasiones tristes…). Se notaba que en el fondo de sus ojos iba apagándose la luz, se retiraban las ganas de vivir y él, sentado y escuchando música, tenía un aire cada vez más ausente. Hasta sus sonrisas parecían tristes, como arrancadas de un fondo impenetrable, como si fueran una concesión…

Claro, se fueron muriendo sus amigos, primero el poeta Massola, luego Pancho Aricó, Laufranco, el “moro” Terzaga, Alberto Burnichon, que fue asesinado por la dictadura… Además el “centro” de la ciudad fue moviéndose hacia Vélez Sarsfield, y después, en uno de esos coletazos que dan las ciudades, hacia Nueva Córdoba… Y la Librería fue de a poco despoblándose. Las librerías también cambiaron, dejaron de ser pequeñas bibliotecas y se fueron volviendo asépticos mercados de libros. Ya casi nadie (la librería de Rubén y la del Moro son una excepción) sabe de libros, de viejas ediciones, de autores…

Y un buen día, mejor dicho mal día, Bernardo se murió, y al poco tiempo se murió Paideia, y un pedazo de la pequeña historia de las historias que componen la historia de Córdoba, también se murió.

Digamos que Bernardo fue un prototipo de “pasión débil”. Algo así como ese hombre al que se refiere Bobbio como siendo su ideal: el hombre manso. Esa mansedumbre que paradojalmente es la forma más honda de resistir esta modernidad técnica que está destruyendo el mundo y a nosotros con el mundo. Las “pasiones alegres” nos están llevando alegremente al fin. Muchos de esos “sabios” que “no piensan en la muerte”, según las palabras de Spinoza, están convirtiendo el mundo en un infierno. Hay que mirar, “sólo mirar” como decía Wittgenstein, para darse cuenta. Con excepción de los “sabios” que siguen ocupados en descubrir nuevas fórmulas para la destrucción, hasta los ciegos y los sordos nos damos cuenta.

Bernardo: muy pocas o ninguna confidencia, reserva, sólo esporádicas y leves sonrisas cómplices, los ojos a veces se levantaban de las penumbras y brillaban alegres, o casi alegres. A veces se volvía gruñón, protestaba para sus adentros, especialmente cuando un cliente desconocido hacía innumerables preguntas y luego se retiraba sin ni siquiera saludar. También le molestaba que uno se apoyara sobre alguna pila de libros en equilibrio inestable… No le gustaban muchas cosas, y nosotros a veces nos olvidábamos que un melancólico es un ser delicado, muy delicado…

Un buen día, y vaya a saber por qué, se le dio por editar libros, y editó −como debiera ser− unos pocos libros. Tal vez los editó para darnos el gusto a algunos amigos, tal vez pensando que ganaría algunos pesos… Quién sabe por qué, en ese punto incognoscible donde se decide hacer algo, alguien decide editar libros. Fue así como junto con Pancho (y él, claro) sacamos, entre otros, Sade, filósofo de la perversión, y a la “editorial” naciente le pusimos de nombre (para ajustarnos a la realidad puesto que nunca se nos ocurrió pagar derechos) “editorial garfio”. A los pocos días aparecieron los que tenían los derechos del libro y guillotinaron dos mil ejemplares, sin advertir que Bernardo se había quedado con mil que luego fuimos vendiendo por cuentagotas y que hoy son ejemplares de bibliómanos.

Así fue. Paideia cerró y a los libros se los llevó (a nuestros amados libros) una librería de viejos de Buenos Aires (siempre el “puerto” llevándose todo lo que puede). Y en el local de nuestras pasiones (débiles y fuertes) hoy se venden electrodomésticos…

En el subsuelo de este escrito hay una frase que se prestaría a una posible desconstrucción −diría Derrida− pero que yo, para no herir a los amigos, me limitaré sólo a interrogar. La frase dice: un hombre sabio en nada piensa menos que en la muerte… ¿Qué significa “hombre”, que significa “sabio”, qué significa “pensar” y qué significa “muerte”? Ah, ¿y quienes somos nosotros, cualquiera, hasta Spinoza, para establecer semejante mandamiento, semejante deber-ser? Por supuesto que si todos estamos de acuerdo en que un hombre sabio no piensa en la muerte, es obvio que un hombre sabio no piensa en la muerte… Pero da la casualidad que casi todos los hombres (y entre ellos tipos como Hegel, como Husserl, Heidegger, Bataille o Derrida, y yo mismo entre los cientos de millones que constituimos el “vulgo”) piensan que se van a morir y a veces se angustian o se ponen tristes o se alegran… porque hay de todo en esta viña sangrienta del Señor. Yo diría, en conclusión, que en nada piensan más los “sabios” de hoy que en la muerte, quiero decir en cómo matar a los otros, a los que se rebelan contra el modo de vida que les impone el “triunfo” del sistema capitalista…

1 comentario:

  1. Muy buena combinacion, mientras leo este texto laaargo escucho a Miles Davis.

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