martes, 10 de julio de 2012

El Perseguidor (fragmento)

Soy un crítico de jazz lo bastante sensible como para comprender mis limitaciones, y me doy cuenta de que lo que estoy pensando está por debajo del plano donde el pobre Johnny trata de avanzar con sus frases truncadas, sus suspiros, sus súbitas rabias y sus llantos.
A él le importa un bledo que yo lo crea genial, y nunca se ha envanecido de que su música esté mucho más allá de la que tocan sus compañeros. Pienso melancólicamente que él está al principio de su saxo mientras yo vivo obligado a conformarme con el final. Él es la boca y yo la oreja, por no decir que él es la boca y yo... Todo crítico, ay, es el triste final de algo que empezó como sabor, como delicia de morder y mascar. Y la boca se mueve otra vez, golosamente la gran lengua de Johnny recoge un chorrito de saliva de los labios. Las manos hacen un dibujo en el aire.

-Bruno, si un día lo pudieras escribir... No por mí, entiendes, a mí qué me importa. Pero debe ser hermoso, yo siento que debe ser hermoso. Te estaba diciendo que cuando empecé a tocar de chico me di cuenta de que el tiempo cambiaba. Esto se lo conté una vez a Jim y me dijo que todo el mundo se siente lo mismo, y que cuando uno se abstrae... Dijo así, cuando uno se abstrae. Pero no, yo no me abstraigo cuando toco. Solamente que cambio de lugar.
Es como en un ascensor, tú estás en el ascensor hablando con la gente, y no sientes nada raro, y entre tanto pasa el primer piso, el décimo, el veintiuno, y la ciudad se quedó ahí abajo, y tú estás terminando la frase que habías empezado al entrar, y entre las primeras palabras y las últimas hay cincuenta y dos pisos.
Yo me di cuenta cuando empecé a tocar que entraba en un ascensor, pero era un ascensor de tiempo, si te lo puedo decir asi. No creas que me olvidaba de la hipoteca o de la religión. Solamente que en esos momentos la hipoteca y la religión eran como el traje que uno no tiene puesto; yo sé que el traje está en el ropero, pero a mf no vas a decirme que en ese momento ese traje existe.
El traje existe cuando me lo pongo, y la hipoteca y la religión existían cuando terminaba de tocar y la vieja entraba con el pelo colgándole en mechones y se quejaba dé que yo le rompía las orejas con esa-música-del-diablo.

Dédée ha traído otra taza de nescafé, pero Johnny mira tristemente su vaso vacío.


Cortázar

domingo, 8 de julio de 2012

Las ideas - parte 2

La relación.

Tercero, la última especie de ideas complejas es la que llamamos relación, que consiste en la consideración y comparación de una idea con otra. Trataremos por su orden de estas tres especies de ideas.

Las ideas más abstrusas proceden de las dos fuentes: la sensación o la reflexión.

Si seguimos paso a paso el progreso de nuestra mente, y si observamos con atención cómo repite, suma y une las ideas simples que ha recibido de la sensación o de la reflexión, nos veremos conducidos más allá de donde en un principio, quizá, podríamos habernos imaginado. Y si observamos cuidadosamente los orígenes de las nociones que tenemos, encontraremos, así lo creo, que ni siquiera las ideas más abstrusas, por más alejadas que puedan parecer de la sensación o de cualquiera operación de nuestra propia mente no son, sin embargo, sino ideas que el entendimiento forma para sí mismo, repitiendo y uniendo ideas que ha recibido, ya de los objetos sensibles, ya de sus propias operaciones acerca de esas ideas.

De tal suerte que aun las ideas más amplias y más abstractas proceden de la sensación o de la reflexión, ya que no son sino lo que la mente, por el uso común de sus propias facultades ocupadas en las ideas recibidas de los objetos sensibles, o de las operaciones que acerca de ellas observa en sí misma, puede alcanzar y de hecho alcanza.

Esto es lo que intentaré mostrar respecto de las ideas que tenemos del espacio, del tiempo, y de la infinitud, y de algunas otras que parecen las más remotas de aquellos dos orígenes.

Las ideas - parte 1




Las ideas complejas son modos, substancias o relaciones.

Cualquiera que sea la manera como las ideas complejas se componen y descomponen, y aun cuando su número sea infinito, y no tenga término la variedad con que llenan y ocupan los pensamientos de los hombres, sin embargo me parece que pueden comprenderse todas dentro de estos tres capítulos:
1) Los modos.
2) Las substancias.
3) Las relaciones.Substancias singulares o colectivas.


Los modos.

Primero, llamo modos a esas ideas complejas que, cualquiera que sea su combinación, no contengan en sí el supuesto de que subsisten por sí mismas, sino que se las considera como dependencias o afecciones de las substancias. Tales son las ideas significadas por las palabras triángulo, gratitud, asesinato, etc. Y si empleo la palabra modo en un sentido un tanto diferente de su significación habitual, pido perdón; pero es que resulta inevitable en las disertaciones que se desvían de las nociones comúnmente recibidas, ya sea fabricar palabras nuevas, ya usar palabras viejas con una significación un tanto nueva, y este último expediente es quizá el más tolerable para el presente caso.

Modos simples y mixtos.

Hay dos clases de estos modos que merecen consideración separada. Primero, hay algunos que sólo son variaciones o combinaciones diferentes de una y la misma idea simple, sin mezcla de ninguna otra. Por ejemplo, una docena, una veintena, que no son sino las ideas de otras tantas unidades distintas que han sido sumadas, y a éstas llamo modos simples, en cuanto que quedan contenidas dentro de los límites de una idea simple. Pero, segundo, hay algunos otros compuestos de ideas simples de diversas especies, que han sido unidas para producir una sola idea compleja; por ejemplo, la belleza, que consiste en una cierta composición de color y forma que produce gozo en el espectador, y el robo, que siendo la oculta mudanza de la posesión de alguna cosa, sin que medie el consentimiento de su dueño, contiene, como es patente, una combinación de varias ideas de diversas clases; y a éstos llamo modos mixtos.


Segundo, las ideas de las substancias son aquellas combinaciones de ideas simples que se supone representan distintas cosas particulares que subsisten por sí mismas, en las cuales la supuesta o confusa idea de substancia, tal como es, aparece siempre como la primera y principal. Así, si a la substancia se une la idea simple de un cierto color blanquecino apagado, con ciertos grados de pesantez, de dureza, de ductilidad y de fusibilidad, tenemos la idea del plomo; y una combinación de las ideas de una cierta forma, con los poderes de moverse, pensar y razonar, unidas a la de substancia, produce la idea común de un hombre. Ahora bien, también de las substancias hay dos clases de ideas: la una, de substancias singulares, según existen separadas, como de un hombre o una oveja; la otra, de varias substancias reunidas, como un ejército de hombres, o un rebaño de ovejas; las cuales ideas colectivas de varias substancias así reunidas, son, cada una, tan una sola idea como lo es la de un hombre o de una unidad.



John Locke

Introducción al Empirismo

viernes, 6 de julio de 2012

John Locke



Pensador inglés (Wrington, Somerset, 1632 - Oaks, Essex, 1704). Este hombre polifacético estudió en la Universidad de Oxford, en donde se doctoró en 1658. Aunque su especialidad era la Medicina y mantuvo relaciones con reputados científicos de la época (como Isaac Newton), John Locke fue también diplomático, teólogo, economista, profesor de griego antiguo y de retórica, y alcanzó renombre por sus escritos filosóficos, en los que sentó las bases del pensamiento político liberal.

Locke se acercó a tales ideas como médico y secretario que fue del conde de Shaftesbury, líder del partido Whig, adversario del absolutismo monárquico en la Inglaterra de Carlos II y de Jacobo II. Convertido a la defensa del poder parlamentario, el propio Locke fue perseguido y tuvo que refugiarse en Holanda, de donde regresó tras el triunfo de la «Gloriosa Revolución» inglesa de 1688.

Locke fue uno de los grandes ideólogos de las elites protestantes inglesas que, agrupadas en torno a los whigs, llegaron a controlar el Estado en virtud de aquella revolución; y, en consecuencia, su pensamiento ha ejercido una influencia decisiva sobre la constitución política del Reino Unido hasta la actualidad. Defendió la tolerancia religiosa hacia todas las sectas protestantes e incluso a las religiones no cristianas; pero el carácter interesado y parcial de su liberalismo quedó de manifiesto al excluir del derecho a la tolerancia tanto a los ateos como a los católicos (siendo el enfrentamiento de estos últimos con los protestantes la clave de los conflictos religiosos que venían desangrando a las islas Británicas y a Europa entera).
En su obra más trascendente, Dos ensayos sobre el gobierno civil (1690), sentó los principios básicos del constitucionalismo liberal, al postular que todo hombre nace dotado de unos derechos naturales que el Estado tiene como misión proteger: fundamentalmente, la vida, la libertad y la propiedad. Partiendo del pensamiento de Hobbes, Locke apoyó la idea de que el Estado nace de un «contrato social» originario, rechazando la doctrina tradicional del origen divino del poder; pero, a diferencia de Hobbes, argumentó que dicho pacto no conducía a la monarquía absoluta, sino que era revocable y sólo podía conducir a un gobierno limitado.

La autoridad de los Estados resultaba de la voluntad de los ciudadanos, que quedarían desligados del deber de obediencia en cuanto sus gobernantes conculcaran esos derechos naturales inalienables. El pueblo no sólo tendría así el derecho de modificar el poder legislativo según su criterio (idea de donde proviene la práctica de las elecciones periódicas en los Estados liberales), sino también la de derrocar a los gobernantes deslegitimados por un ejercicio tiránico del poder (idea en la que se apoyaron Jefferson y los revolucionarios norteamericanos para rebelarse contra Gran Bretaña en 1776, así como los revolucionarios franceses para alzarse contra el absolutismo de Luis XVI en 1789).

domingo, 1 de julio de 2012

...el hombre que soy

No
pero cuando tenia hambre
todo retrocedía con mi cuerpo
y no me comí a mi mismo
pero todo esto se ha corrompido
una operación insólita se efectuaba
yo no estaba enfermo
yo reconquistaba la salud
siempre por un retorno hacia atrás del cuerpo
mi cuerpo me traicionó él no me conocía bien aún
comer es llevar adelante aquello que debe quedar atrás
¿Dormía yo?
No, no dormía
hay que ser casto para saber no comer
Abrir la boca, es ofrecerse a las miasmas
Entonces ¡nada de boca!
Nada de boca
nada de lengua
nada de dientes
nada e laringe
nada de esófago
nada de estómago
nada de vientre
nada de ano

Yo reconstruiré el hombre que soy

Artaud

martes, 19 de junio de 2012

Javier Malosetti - 'Money For Nothing'



Javier Malosetti, junto a su banda Electrohope, versiona un clásico de Dire Straits: 'Money For Nothing'

La Destrucción

A mi lado sin pausa el Demonio se agita;
Ami lado flota como el aire impalpable;
Lo bebo y siento cómo abrasa mis pulmones
ahogándome en un deseo culpable y eterno.

Toma, a veces, pues sabe de mi amor por el Arte,
la apariencia de la mujer más seductora,
y acudiendo a especiosos pretextos cobardes,
acostumbra mis labios a sus depravados hechizos.

Lejos de la mirada de Dios así me lleva,
Jadeante y deshecho por la fatiga, al centro
De las hondas y solitarias planicies del Hastío,

Y arroja ante mis ojos, de confusión repletos,
Vestiduras manchadas y entreabiertas heridas,
¡Y el sangriento artificio en donde habita la Destrucción!

Charles Baudelaire

domingo, 17 de junio de 2012

Elogio de las pasiones débiles


El filósofo cordobés comparte con nosotros esta crónica en donde entrelaza memorias de la librería cordobesa Paideia y su comunidad de amigos.

A Bernardo Nagelkop lo conocí allá por los años 40 y pico. Trabajaba en la librería Assandri, cuando estaba en la avenida Olmos. Después vinieron los Avatares. A mi regreso a Córdoba tenía un kiosco en el pasaje Central, después se instaló en un local del mismo pasaje y nació la librería “Paideia”. Tenía un empleado que se llamaba José Aricó, alias “Pancho”, que fue y sigue siendo incluso ya muerto uno de mis mejores amigos. Es casi una vulgaridad decirlo pero “los opuestos se atraen”, Bernardo, la pasión triste, y Pancho, la pasión alegre, fueron siempre amigos (uso la palabra “amigo” en el sentido de antes, cuando uno tenía muy pocos amigos y la amistad era algo que nos sobrepasaba como un suave destino y no como se entiende hoy, en que uno ve a alguien y ya es amigo). Después Paideia se trasladó a la calle Dean Funes y podríamos decir que allí comenzó su historia.

La Librería fue un lugar por donde pasábamos todos, mejor dicho donde nos cobijábamos. Salíamos del trajín cotidiano, el trabajo, la política, y nos sumergíamos entre los libros. Porque Paideia era una “librería”, en el viejo sentido de la palabra. Se parecía más a una Biblioteca que a un negocio. Tenía el salón de ventas, la trastienda, el desván, el baño-cocina, las paredes y los pasillos, todo estaba lleno de libros hasta el techo. Por allí circulábamos.

¿Quiénes? Mejor sería preguntar ¿quiénes no? Pancho en primer lugar, incluso cuando se fue a vivir a Buenos Aires lo primero que hacía cuando nos visitaba era ir a Paideia a buscar libros, a veces decíamos a “rescatarlos” (“rescatarlos” −manera pudorosa de decir robarlos− por varias razones: la primera, porque los libros son escritos para los lectores y no para venderlos; la segunda, porque debíamos impedir que otro cualquiera se llevara ese libro; la tercera, porque no teníamos plata y necesitábamos leerlo; etc. Íntimamente creo que Bernardo hacía la vista gorda con algunos de sus amigos…).

Librería: venta y acumulación de libros. Paideia era como una caja de Pandora. Siempre, hasta el último día, reservaba sorpresas: un Mallarmé, un Pessoa, un Hegel o un Rilke, ¡cualquier libro podía surgir de sus anaqueles! Incluso los que durante décadas transitamos por los pasillos de ese lugar que tenía tanto de templo, encontrábamos novedades sorpresivas. Y qué decir del altillo, al que muy pocos teníamos acceso, atiborrado de viejas ediciones llenas de polvo, de “clavos” que se iban acumulando lentamente y que con el tiempo constituían una maraña o un secreto, desconocido y tal vez incognoscible, tesoro bíblico: un Martínez Howard, un Ramponi, un Arlt, un González Tuñón…

Y sí, por allí circularon, entre tantos otros, Revol, el Hugo Laufranco, el viejo Massola, Marimón, el “Toto” Schmucler, el petizo Geordano, el Kichi, Seguí, el negro Funes, el negro Tula, Marcelo Díaz… Todos tomábamos el café a la turca que preparaba la eterna Nelly (la “cajera”), charlábamos con Marcelo Gauchat, que trabajaba allí y que hoy pinta en Berlín, y discutíamos, y de alguna manera nos amábamos en ese impulso solidario, compasivo, indefinible, que son las “relaciones amistosas”, como quien dice un pasito previo a la amistad, que es otra cosa… en lo mismo.

Pero Bernardo, vaya a saber por qué, fue entristeciéndose. Tal vez por un gusto recóndito, por lo general inconfesable, se entregó a la melancolía, en última instancia tal vez al deseo de querer morir lo más pronto posible (y no entiendo por qué uno no puede o no “debe” querer morir lo más pronto posible si se le da la “desolada gana”, como dice el poeta Miguel Hernández, de “morirse”). Pienso que se fue cansando de todo… menos, creo, es una creencia, de sus amigos. Una “pasión triste” lo fue ocupando (y tampoco veo por qué deben criticarse o combatirse las pasiones tristes…). Se notaba que en el fondo de sus ojos iba apagándose la luz, se retiraban las ganas de vivir y él, sentado y escuchando música, tenía un aire cada vez más ausente. Hasta sus sonrisas parecían tristes, como arrancadas de un fondo impenetrable, como si fueran una concesión…

Claro, se fueron muriendo sus amigos, primero el poeta Massola, luego Pancho Aricó, Laufranco, el “moro” Terzaga, Alberto Burnichon, que fue asesinado por la dictadura… Además el “centro” de la ciudad fue moviéndose hacia Vélez Sarsfield, y después, en uno de esos coletazos que dan las ciudades, hacia Nueva Córdoba… Y la Librería fue de a poco despoblándose. Las librerías también cambiaron, dejaron de ser pequeñas bibliotecas y se fueron volviendo asépticos mercados de libros. Ya casi nadie (la librería de Rubén y la del Moro son una excepción) sabe de libros, de viejas ediciones, de autores…

Y un buen día, mejor dicho mal día, Bernardo se murió, y al poco tiempo se murió Paideia, y un pedazo de la pequeña historia de las historias que componen la historia de Córdoba, también se murió.

Digamos que Bernardo fue un prototipo de “pasión débil”. Algo así como ese hombre al que se refiere Bobbio como siendo su ideal: el hombre manso. Esa mansedumbre que paradojalmente es la forma más honda de resistir esta modernidad técnica que está destruyendo el mundo y a nosotros con el mundo. Las “pasiones alegres” nos están llevando alegremente al fin. Muchos de esos “sabios” que “no piensan en la muerte”, según las palabras de Spinoza, están convirtiendo el mundo en un infierno. Hay que mirar, “sólo mirar” como decía Wittgenstein, para darse cuenta. Con excepción de los “sabios” que siguen ocupados en descubrir nuevas fórmulas para la destrucción, hasta los ciegos y los sordos nos damos cuenta.

Bernardo: muy pocas o ninguna confidencia, reserva, sólo esporádicas y leves sonrisas cómplices, los ojos a veces se levantaban de las penumbras y brillaban alegres, o casi alegres. A veces se volvía gruñón, protestaba para sus adentros, especialmente cuando un cliente desconocido hacía innumerables preguntas y luego se retiraba sin ni siquiera saludar. También le molestaba que uno se apoyara sobre alguna pila de libros en equilibrio inestable… No le gustaban muchas cosas, y nosotros a veces nos olvidábamos que un melancólico es un ser delicado, muy delicado…

Un buen día, y vaya a saber por qué, se le dio por editar libros, y editó −como debiera ser− unos pocos libros. Tal vez los editó para darnos el gusto a algunos amigos, tal vez pensando que ganaría algunos pesos… Quién sabe por qué, en ese punto incognoscible donde se decide hacer algo, alguien decide editar libros. Fue así como junto con Pancho (y él, claro) sacamos, entre otros, Sade, filósofo de la perversión, y a la “editorial” naciente le pusimos de nombre (para ajustarnos a la realidad puesto que nunca se nos ocurrió pagar derechos) “editorial garfio”. A los pocos días aparecieron los que tenían los derechos del libro y guillotinaron dos mil ejemplares, sin advertir que Bernardo se había quedado con mil que luego fuimos vendiendo por cuentagotas y que hoy son ejemplares de bibliómanos.

Así fue. Paideia cerró y a los libros se los llevó (a nuestros amados libros) una librería de viejos de Buenos Aires (siempre el “puerto” llevándose todo lo que puede). Y en el local de nuestras pasiones (débiles y fuertes) hoy se venden electrodomésticos…

En el subsuelo de este escrito hay una frase que se prestaría a una posible desconstrucción −diría Derrida− pero que yo, para no herir a los amigos, me limitaré sólo a interrogar. La frase dice: un hombre sabio en nada piensa menos que en la muerte… ¿Qué significa “hombre”, que significa “sabio”, qué significa “pensar” y qué significa “muerte”? Ah, ¿y quienes somos nosotros, cualquiera, hasta Spinoza, para establecer semejante mandamiento, semejante deber-ser? Por supuesto que si todos estamos de acuerdo en que un hombre sabio no piensa en la muerte, es obvio que un hombre sabio no piensa en la muerte… Pero da la casualidad que casi todos los hombres (y entre ellos tipos como Hegel, como Husserl, Heidegger, Bataille o Derrida, y yo mismo entre los cientos de millones que constituimos el “vulgo”) piensan que se van a morir y a veces se angustian o se ponen tristes o se alegran… porque hay de todo en esta viña sangrienta del Señor. Yo diría, en conclusión, que en nada piensan más los “sabios” de hoy que en la muerte, quiero decir en cómo matar a los otros, a los que se rebelan contra el modo de vida que les impone el “triunfo” del sistema capitalista…

jueves, 14 de junio de 2012

Si

Si puedes conservar la cabeza cuando a tu alrededor
todos la pierden y te echan la culpa;
si puedes confiar en tí mismo cuando los demás dudan de tí,
pero al mismo tiempo tienes en cuenta su duda;
si puedes esperar y no cansarte de la espera,
o siendo engañado por los que te rodean, no pagar con mentiras,
o siendo odiado no dar cabida al odio,
y no obstante no parecer demasiado bueno, ni hablar con demasiada sabiduria…

Si puedes soñar y no dejar que los sueños te dominen;
si puedes pensar y no hacer de los pensamientos tu objetivo;
si puedes encontrarte con el triunfo y el fracaso (desastre)
y tratar a estos dos impostores de la misma manera;
si puedes soportar el escuchar la verdad que has dicho:
tergiversada por bribones para hacer una trampa para los necios,
o contemplar destrozadas las cosas a las que habías dedicado tu vida
y agacharte y reconstruirlas con las herramientas desgastadas…

Si puedes hacer un hato con todos tus triunfos
y arriesgarlo todo de una vez a una sola carta,
y perder, y comenzar de nuevo por el principio
y no dejar de escapar nunca una palabra sobre tu pérdida;
y si puedes obligar a tu corazón, a tus nervios y a tus músculos
a servirte en tu camino mucho después de que hayan perdido su fuerza,
excepto La Voluntad que les dice “!Continuad!”.

Si puedes hablar con la multitud y perseverar en la virtud
o caminar entre Reyes y no cambiar tu manera de ser;
si ni los enemigos ni los buenos amigos pueden dañarte,
si todos los hombres cuentan contigo pero ninguno demasiado;
si puedes emplear el inexorable minuto
recorriendo una distancia que valga los sesenta segundos
tuya es la Tierra y todo lo que hay en ella,
y lo que es más, serás un hombre, hijo mío.

Rudyard Kipling

martes, 12 de junio de 2012

Mario Benedetti (Estados de ánimo, Chau número tres, Viceversa)

Sobre obsesión y amor (cuento surrealista).

Sofia.-solìa caminar todas las tardes por aquel bosque, al mirar de la gente yo no era una muchacha normal pero a mi me encantaba ver mas alla de la ventana de mi habitacion. hace 9 años llegue a vivir con mi padre a este pueblo por la unica razon de que mi madre fallecio, si no ella ni loca me hubiera permitido ir con el. ella solìa decir que el era un hombre loco y obsesivo.
narrador-un sabado por la mañana fueron al mercado por alimentos, mi padre entro a una tiende y decidì esperar a fuera,
sofia.- puedo esperar aquipadre.-esta bien, quedate aqui.
narrador.-un mozo me empezo a coquetearle a sofia y al percatarse de eso su padre la jaloneo a la casa y le dijo mil maldiciones.
padre.-vamonos a la casa! ya.sofia.- dejame porfavor padreee!
narrador.- sofia no entendia a su padre pero jamas volvio a acercarse a un hombre ya que despues de dias su padre me mando por un dinero a casa de su jefe y me quede platicando con manuel el hijo del jefe de su papà.
sofia.-hola!manuel.- hola, mucho gusto sofia.-(recuerda que se le hace tarde y se despide de manuel) recuerdo que tengo que irme hasta luego.

narrador.-a su padre no le gustaba que saliera pero en su casa a parte de sentirse asfixiada sentia un ambiente incomodo, jamas me lleve con el y cuando el trataba de ser cariñoso era demaciado pervertido para darle un "cariño a su hija".
padre.-( un dia, fue con mr. holmes un detective que podria encontrar una aguja en un pajar, era muy eficaz y mi papà queria saber lo que hacia las 24 horas asi que le dio un monton de dinero y lujos para le dijera lo que hacia. ) necesito saber que hace mi hija que dice con quien esta y con quien habla! te este dinero
mr holmes.- (este hombre es raro y su piel es rojiza)(voz gruesa) ja! claro que puedo.
narrador.-una noche, pero no una cualquiera esta tenia algo en especial. sofia salio al bosque y vio a un hombre parentaba ser dos años mas grande que ella y al darme cuenta que era un hombre decidio correr.
sofia.- (se aleja y de repente el señor aparece frente a ella)
ser extraño.- no temas que daño no te hare daño
sofia- no es eso lo que tengo sio no lo que yo te pueda causar.
narrador.-el no entendio a lo que se referia sofia
pete (hombre extraño)explicame bien!
sofia.- estoy maldita, no debes estar conmigo
pete.- no soy como tu crees soy un ser extraño si quiero convertirme en un animal lo hare si quiero comerte con solo desearlo lo haria,
narrador (sofia se tranquiliza y platican por horas y despues lo hicieron todas las noches tenian buena conexion)
narrador.- el padre de sofia la agarra y la golpea...
padre.- (ve intentar salir a sofia, y la agarro, la golpeo y despues me empezo a besar me llamo rosa como se llamaba mi madre,)
padre.-no puedes estar con nadiesofia.- tu no puedes obligarmepadre.-claro que si soy tu padre(le da una chachetada)sofia.-no puedes!(llora!)(el padre tira a sofia)
narrador.- peter al ver que no llegaba vino a buscarla y como mi padre abusaba de mi entonces loo mato con un gran mordedura. al paso de los dias no sabia nada de ellos e intente rehacer mi vida pero una tarde encontro una carta
sofia.-(va caminando) que es esto? (toma el papel y lee)sofia.-querida sofia: amada mia, siento mucho lo que tuve que hacer, siento el tener que alejarme. pero era eso, a tu vida. no solo soy un ser extraño que vive bajo el bosque tengo un trabajo y otra identidad soy el detective holmes y gracias a la obsesion del padre te conocì, supe lo que hacias y decias y por eso decidi acercarme a ti. tu padre estuvo enamorado de ti estaba enfermo, jamas estuviste embrujada aquel hombre manuel murio del corazon y no por tu causa. p.d. se que estaras mejor sin mi... nadie esta mas enfermo acomparacion del amor obsesivo que sentia tu padre hacia ti...


jueves, 7 de junio de 2012

La lluvia de fuego

Y tornaré el cielo de hierro y la tierra de cobre.
Levítico, XXVI - 19.

Recuerdo que era un día de sol hermoso, lleno del hormigueo popular, en las calles atronadas de vehículos. Un día asaz cálido y de tersura perfecta.

Desde mi terraza dominaba una vasta confusión de techos, vergeles salteados, un trozo de bahía punzado de mástiles, la recta gris de una avenida...

A eso de las once cayeron las primeras chispas. Una aquí, otra allá -partículas de cobre semejantes a las morcellas de un pábilo; partículas de cobre incandescente que daban en el suelo con un ruidecito de arena. El cielo seguía de igual limpidez; el rumor urbano no decrecía. Únicamente los pájaros de mi pajarera cesaron de cantar.

Casualmente lo había advertido, mirando hacia el horizonte en un momento de abstracción. Primero creí en una ilusión óptica formada por mi miopía. Tuve que esperar largo rato para ver caer otra chispa, pues la luz solar anegábalas bastante; pero el cobre ardía de tal modo, que se destacaban lo mismo. Una rapidísima vírgula de fuego, y el golpecito en la tierra. Así, a largos intervalos.

Debo confesar que al comprobarlo, experimenté un vago terror. Exploré el cielo en una ansiosa ojeada. Persistía la limpidez. ¿De dónde venía aquel extraño granizo? ¿Aquel cobre? ¿Era cobre?...

Acababa de caer una chispa en mi terraza, a pocos pasos. Extendí la mano; era, a no caber duda, un gránulo de cobre que tardó mucho en enfriarse. Por fortuna la brisa se levantaba, inclinando aquella lluvia singular hacia el lado opuesto de mi terraza. Las chispas eran harto ralas, además. Podía creerse por momentos que aquello había ya cesado. No cesaba. Uno que otro, eso sí, pero caían siempre los temibles gránulos.

En fin, aquello no había de impedirme almorzar, pues era el mediodía. Bajé al comedor atravesando el jardín, no sin cierto miedo de las chispas. Verdad es que el toldo, corrido para evitar el sol, me resguardaba...

¿Me resguardaba? Alcé los ojos; pero un toldo tiene tantos poros, que nada pude descubrir.

En el comedor me esperaba un almuerzo admirable; pues mi afortunado celibato sabía dos cosas sobre todo: leer y comer. Excepto la biblioteca, el comedor era mi orgullo. Ahíto de mujeres y un poco gotoso, en punto a vicios amables nada podía esperar ya sino de la gula. Comía solo, mientras un esclavo me leía narraciones geográficas. Nunca había podido comprender las comidas en compañía; y si las mujeres me hastiaban, como he dicho, ya comprenderéis que aborrecía a los hombres.

¡Diez años me separaban de mi última orgía! Desde entonces, entregado a mis jardines, a mis peces, a mis pájaros, faltábame tiempo para salir. Alguna vez, en las tardes muy calurosas, un paseo a la orilla del lago. Me gustaba verlo, escamado de luna al anochecer, pero esto era todo y pasaba meses sin frecuentarlo.

La vasta ciudad libertina era para mí un desierto donde se refugiaban mis placeres. Escasos amigos; breves visitas; largas horas de mesa; lecturas; mis peces; mis pájaros; una que otra noche tal cual orquesta de flautistas, y dos o tres ataques de gota por año...

Tenía el honor de ser consultado para los banquetes, y por ahí figuraban, no sin elogio, dos o tres salsas de mi invención. Esto me daba derecho -lo digo sin orgullo- a un busto municipal, con tanta razón como a la compatriota que acababa de inventar un nuevo beso.

Entre tanto, mi esclavo leía. Leía narraciones de mar y de nieve, que comentaban admirablemente, en la ya entrada siesta, el generoso frescor de las ánforas. La lluvia de fuego había cesado quizá, pues la servidumbre no daba muestras de notarla.

De pronto, el esclavo que atravesaba el jardín con un nuevo plato, no pudo reprimir un grito. Llegó, no obstante, a la mesa; pero acusando con su lividez un dolor horrible. Tenía en su desnuda espalda un agujerillo, en cuyo fondo sentíase chirriar aún la chispa voraz que lo había abierto. Ahogámosla en aceite, y fue enviado al lecho sin que pudiera contener sus ayes.

Bruscamente acabó mi apetito; y aunque seguí probando los platos para no desmoralizar a la servidumbre, aquélla se apresuró a comprenderme. El incidente me había desconcertado.

Promediaba la siesta cuando subí nuevamente a la terraza. El suelo estaba ya sembrado de gránulos de cobre; mas no parecía que la lluvia aumentara. Comenzaba a tranquilizarme, cuando una nueva inquietud me sobrecogió. El silencio era absoluto. El tráfico estaba paralizado a causa del fenómeno, sin duda. Ni un rumor en la ciudad. Sólo, de cuando en cuando, un vago murmullo de viento sobre los árboles. Era también alarmante la actitud de los pájaros. Habíanse apelotonado en un rincón, casi unos sobre otros. Me dieron compasión y decidí abrirles la puerta. No quisieron salir; antes se recogieron más acongojados aún. Entonces comenzó a intimidarme la idea de un cataclismo.

Sin ser grande mi erudición científica, sabía que nadie mencionó jamás esas lluvias de cobre incandescente. ¡Lluvias de cobre! En el aire no hay minas de cobre. Luego aquella limpidez del cielo no dejaba conjeturar la procedencia. Y lo alarmante del fenómeno era esto. Las chispas venían de todas partes y de ninguna. Era la inmensidad desmenuzándose invisiblemente en fuego. Caía del firmamento el terrible cobre -pero el firmamento permanecía impasible en su azul. Ganábame poco a poco una extraña congoja; pero, cosa rara: hasta entonces no había pensado en huir. Esta idea se mezcló con desagradables interrogaciones. ¡Huir! ¿Y mi mesa, mis libros, mis pájaros, mis peces que acababa precisamente de estrenar un vivero, mis jardines ya ennoblecidos de antigüedad, mis cincuenta años de placidez, en la dicha del presente, en el descuido del mañana?...

¿Huir?... Y pensé con horror en mis posesiones (que no conocía) del otro lado del desierto, con sus camelleros viviendo en tiendas de lana negra y tomando por todo alimento leche cuajada, trigo tostado, miel agria...

Quedaba una fuga por el lago, corta fuga después de todo, si en el lago como en el desierto, según era lógico, llovía cobre también; pues no viniendo aquello de ningún foco visible, debía ser general.

No obstante el vago terror que me alarmaba, decíame todo eso claramente, lo discutía conmigo mismo, un poco enervado a la verdad por el letargo digestivo de mi siesta consuetudinaria. Y después de todo, algo me decía que el fenómeno no iba a pasar de allí. Sin embargo, nada se perdía con hacer armar el carro.

En ese momento llenó el aire una vasta vibración de campanas. Y casi junto con ella, advertí una cosa: ya no llovía cobre. El repique era una acción de gracias, coreada casi acto continuo por el murmullo habitual de la ciudad. Ésta despertaba de su fugaz atonía, doblemente gárrula. En algunos barrios hasta quemaban petardos.

Acodado al parapeto de la terraza, miraba con un desconocido bienestar solidario la animación vespertina que era todo amor y lujo. El cielo seguía purísimo. Muchachos afanosos recogían en escudillas la granalla de cobre, que los caldereros habían empezado a comprar. Era todo cuanto quedaba de la grande amenaza celeste.

Más numerosa que nunca, la gente de placer coloría las calles; y aun recuerdo que sonreí vagamente a un equívoco mancebo, cuya túnica recogida hasta las caderas en un salto de bocacalle, dejó ver sus piernas glabras, jaqueladas de cintas. Las cortesanas, con el seno desnudo según la nueva moda, y apuntalado en deslumbrante coselete, paseaban su indolencia sudando perfumes. Un viejo lenón erguido en su carro manejaba como si fuese una vela una hoja de estaño, que con apropiadas pinturas anunciaba amores monstruosos de fieras: ayunta-mientos de lagartos con cisnes; un mono y una foca; una doncella cubierta por la delirante pedrería de un pavo real. Bello cartel, a fe mía; y garantida la autenticidad de las piezas. Animales amaestrados por no sé qué hechicería bárbara, y desequilibrados con opio y con asafétida.

Seguido por tres jóvenes enmascarados pasó un negro amabilísimo, que dibujaba en los patios, con polvos de colores derramados al ritmo de una danza, escenas secretas. También depilaba al oropimente y sabía dorar las uñas.

Un personaje fofo, cuya condición de eunuco se adivinaba en su morbidez, pregonaba al son de crótalos de bronces, cobertores de un tejido singular que producía el insomnio y el deseo. Cobertores cuya abolición habían pedido los ciudadanos honrados. Pues mi ciudad sabía gozar, sabía vivir. Al anochecer recibí dos visitas que cenaron conmigo. Un condiscípulo jovial, matemático cuya vida desarreglada era el escándalo de la ciencia, y un agricultor enriquecido. La gente sentía necesidad de visitarse después de aquellas chispas de cobre. De visitarse y de beber, pues ambos se retiraron completamente borrachos. Yo hice una rápida salida. La ciudad, caprichosamente iluminada, había aprovechado la coyuntura para decretarse una noche de fiesta. En algunas cornisas, alumbraban perfumando, lámparas de incienso. Desde sus balcones, las jóvenes burguesas, excesivamente ataviadas, se divertían en proyectar de un soplo a las narices de los transeúntes distraídos, tripas pintarrajeadas y crepitantes de cascabeles. En cada esquina se bailaba. De balcón a balcón cambiábanse flores y gatitos de dulce. El césped de los parques palpitaba de parejas.

Regresé temprano y rendido. Nunca me acogí al lecho con más grata pesadez de sueño.

Desperté bañado en sudor, los ojos turbios, la garganta reseca. Había afuera un rumor de lluvia. Buscando algo, me apoyé en la pared, y por mi cuerpo corrió como un latigazo el escalofrío del miedo. La pared estaba caliente y conmovida por una sorda vibración. Casi no necesité abrir la ventana para darme cuenta de lo que ocurría.

La lluvia de cobre había vuelto, pero esta vez nutrida y compacta. Un caliginoso vaho sofocaba la ciudad; un olor entre fosfatado y urinoso apestaba el aire Por fortuna, mi casa estaba rodeada de galerías y aquella lluvia no alcanzaba las puertas.

Abrí la que daba al jardín. Los árboles estaban negros, ya sin follaje; el piso, cubierto de hojas carbonizadas. El aire, rayado de vírgulas de fuego, era de una paralización mortal; y por entre aquéllas se divisaba el firmamento, siempre impasible, siempre celeste.

Llamé, llamé en vano. Penetré hasta los aposentos famularios. La servidumbre se había ido. Envueltas las piernas en un cobertor de viso, acorazándome espaldas y cabeza con una bañera de metal que me aplastaba horriblemente, pude llegar hasta las caballerizas. Los caballos habían desaparecido también. Y con una tranquilidad que hacía honor a mis nervios, me di cuenta de que estaba perdido.

Afortunadamente, el comedor se encontraba lleno de provisiones; su sótano, atestado de vinos. Bajé a él. Conservaba todavía su frescura; hasta su fondo no llegaba la vibración de la pesada lluvia, el eco de su grave crepitación. Bebí una botella, y luego extraje de la alacena secreta el pomo de vino envenenado. Todos los que teníamos bodega poseíamos uno, aunque no lo usáramos ni tuviéramos convidados cargosos. Era un licor claro e insípido, de efectos instantáneos.

Reanimado por el vino, examiné mi situación. Era asaz sencilla. No pudiendo huir, la muerte me esperaba; pero con el veneno aquél, la muerte me pertenecía. Y decidí ver eso todo lo posible, pues era, a no dudarlo, un espectáculo singular. ¡Una lluvia de cobre incandescente! ¡La ciudad en llamas! Valía la pena.

Subí a la terraza, pero no pude pasar de la puerta que daba acceso a ella. Veía desde allá lo bastante, sin embargo. Veía y escuchaba. La soledad era absoluta. La crepitación no se interrumpía sino por uno que otro ululato de perro, o explosión anormal. El ambiente estaba rojo; y a su través, troncos, chimeneas, casas, blanqueaban con una lividez tristísima. Los pocos árboles que conservaban follaje retorcíanse, negros, de un negro de estaño. La luz había decrecido un poco, no obstante de persistir la limpidez celeste. El horizonte estaba, esto sí, mucho más cerca, y como ahogado en ceniza. Sobre el lago flotaba un denso vapor, que algo corregía la extraordinaria sequedad del aire.

Percibíase claramente la combustible lluvia, en trazos de cobre que vibraban como el cordaje innumerable de un arpa, y de cuando en cuando mezclábanse con ella ligeras flámulas. Humaredas negras anunciaban incendios aquí y allá.

Mis pájaros comenzaban a morir de sed y hube de bajar hasta el aljibe para llevarles agua. El sótano comunicaba con aquel depósito, vasta cisterna que podía resistir mucho al fuego celeste; mas por los conductos que del techo y de los patios desembocaban allá, habíase deslizado algún cobre y el agua tenía un gusto particular, entre natrón y orina, con tendencia a salarse. Bastóme levantar las trampillas de mosaico que cerraban aquellas vías, para cortar a mi agua toda comunicación con el exterior.

Esa tarde y toda la noche fue horrendo el espectáculo de la ciudad. Quemada en sus domicilios, la gente huía despavorida, para arderse en las calles en la campiña desolada; y la población agonizó bárbaramente, con ayes y clamores de una amplitud, de un horror, de una variedad estupendos. Nada hay tan sublime como la voz humana. El derrumbe de los edificios, la combustión de tantas mercancías y efectos diversos, y más que todo, la quemazón de tantos cuerpos, acabaron por agregar al cataclismo el tormento de su hedor infernal. Al declinar el sol, el aire estaba casi negro de humo y de polvaredas. Las flámulas que danzaban por la mañana entre el cobre pluvial, eran ahora llamaradas siniestras. Empezó a soplar un viento ardentísimo, denso, como alquitrán caliente. Parecía que se estuviese en un inmenso horno sombrío. Cielo, tierra, aire, todo acababa. No había más que tinieblas y fuego. ¡Ah, el horror de aquellas tinieblas que todo el fuego, el enorme fuego de la ciudad ardida no alcanzaba a dominar; y aquella fetidez de pingajos, de azufre, de grasa cadavérica en el aire seco que hacía escupir sangre; y aquellos clamores que no sé cómo no acababan nunca, aquellos clamores que cubrían el rumor del incendio, más vasto que un huracán, aquellos clamores en que aullaban, gemían, bramaban todas las bestias con un inefable pavor de eternidad!...

Bajé a la cisterna, sin haber perdido hasta entonces mi presencia de ánimo, pero enteramente erizado con todo aquel horror; y al verme de pronto en esa obscuridad amiga, al amparo de la frescura, ante el silencio del agua subterránea, me acometió de pronto un miedo que no sentía -estoy seguro- desde cuarenta años atrás, el miedo infantil de una presencia enemiga y difusa; y me eché a llorar, a llorar como un loco, a llorar de miedo, allá en un rincón, sin rubor alguno.

No fue sino muy tarde, cuando al escuchar el derrumbe de un techo, se me ocurrió apuntalar la puerta del sótano. Hícelo así con su propia escalera y algunos barrotes de la estantería, devolviéndome aquella defensa alguna tranquilidad; no porque hubiera de salvarme, sino por la benéfica influencia de la acción. Cayendo a cada instante en modorras que entrecortaban funestas pesadillas, pasé las horas. Continuamente oía derrumbes allá cerca. Había encendido dos lámparas que traje conmigo, para darme valor, pues la cisterna era asaz lóbrega. Hasta llegué a comer, bien que sin apetito, los restos de un pastel. En cambio bebí mucha agua.

De repente mis lámparas empezaron a amortiguarse, y junto con eso el terror, el terror paralizante esta vez, me asaltó. Había gastado, sin prevenirlo, toda mi luz, pues no tenía sino aquellas lámparas. No advertí, al descender esa tarde, traerlas todas conmigo.

Las luces decrecieron y se apagaron. Entonces advertí que la cisterna empezaba a llenarse con el hedor del incendio. No quedaba otro remedio que salir; y luego, todo, todo era preferible a morir asfixiado como una alimaña en su cueva.

A duras penas conseguí alzar la tapa del sótano que los escombros del comedor cubrían...

...Por segunda vez había cesado la lluvia infernal. Pero la ciudad ya no existía. Techos, puertas, gran cantidad de muros, todas las torres yacían en ruinas. El silencio era colosal, un verdadero silencio de catástrofe. Cinco o seis grandes humaredas empinaban aún sus penachos; y bajo el cielo que no se había enturbiado ni un momento, un cielo cuya crudeza azul certificaba indiferencias eternas, la pobre ciudad, mi pobre ciudad, muerta, muerta para siempre, hedía como un verdadero cadáver.

La singularidad de la situación, lo enorme del fenómeno, y sin duda también el regocijo de haberme salvado, único entre todos, cohibían mi dolor reemplazándolo por una curiosidad sombría. El arco de mi zaguán había quedado en pie y asiéndome de las adarajas pude llegar hasta su ápice.

No quedaba un solo resto combustible y aquello se parecía mucho a un escorial volcánico. A trechos, en los parajes que la ceniza no cubría, brillaba con un bermejor de fuego, el metal llovido. Hacia el lado del desierto, resplandecía hasta perderse de vista un arenal de cobre. En las montañas, a la otra margen del lago, las aguas evaporadas de éste condensábanse en una tormenta. Eran ellas las que habían mantenido respirable el aire durante el cataclismo. El sol brillaba inmenso, y aquella soledad empezaba a agobiarme con una honda desolación cuando hacia el lado del puerto percibí un bulto que vagaba entre las ruinas. Era un hombre, y habíame percibido ciertamente, pues se dirigía a mí.

No hicimos ademán alguno de extrañeza cuando llegó, y trepando por el arco vino a sentarse conmigo. Tratábase de un piloto, salvado como yo en una bodega, pero apuñaleando a su propietario. Acababa de agotársele el agua y por ello salía.

Asegurado a este respecto, empecé a interrogarlo. Todos los barcos ardieron, los muelles, los depósitos; y el lago habíase vuelto amargo. Aunque advertí que hablábamos en voz baja, no me atreví -ignoro por qué- a levantar la mía.

Ofrecíle mi bodega, donde quedaban aún dos docenas de jamones, algunos quesos, todo el vino...

De repente notamos una polvareda hacia el lado del desierto. La polvareda de una carrera. Alguna partida que enviaban, quizá, en socorro, los compatriotas de Adama o de Seboim.

Pronto hubimos de sustituir esta esperanza por un espectáculo tan desolador como peligroso.

Era un tropel de leones, las fieras sobrevivientes del desierto, que acudían a la ciudad como a un oasis, furiosos de sed, enloquecidos de cataclismo.

La sed y no el hambre los enfurecía, pues pasaron junto a nosotros sin advertirnos. ¡Y en qué estado venían! Nada como ellos revelaba tan lúgubremente la catástrofe.

Pelados como gatos sarnosos, reducida a escasos chicharrones la crin, secos los ijares, en una desproporción de cómicos a medio vestir con la fiera cabezota, el rabo agudo y crispado como el de una rata que huye, las garras pustulosas, chorreando sangre -todo aquello decía a las claras sus tres días de horror bajo el azote celeste, al azar de las inseguras cavernas que no habían conseguido ampararlos.

Rondaban los surtidores secos con un desvarío humano en sus ojos, y bruscamente reemprendían su carrera en busca de otro depósito, agotado también, hasta que sentándose por último en torno del postrero, con el calcinado hocico en alto, la mirada vagorosa de desolación y de eternidad, quejándose al cielo, estoy seguro, pusiéronse a rugir.

Ah... nada, ni el cataclismo con sus horrores, ni el clamor de la ciudad moribunda era tan horroroso como ese llanto de fiera sobre las ruinas. Aquellos rugidos tenían una evidencia de palabra. Lloraban quién sabe qué dolores de inconsciencia y de desierto a alguna divinidad obscura. El alma sucinta de la bestia agregaba a sus terrores de muerte, el pavor de lo incomprensible. Si todo estaba lo mismo, el sol cotidiano, el cielo eterno, el desierto familiar, ¿por qué se ardían y por qué no había agua?... Y careciendo de toda idea de relación con los fenómenos, su horror era ciego, es decir, más espantoso. El transporte de su dolor elevábalos a cierta vaga noción de provenencia, ante aquel cielo de donde había estado cayendo la lluvia infernal; y sus rugidos preguntaban ciertamente algo a la cosa tremenda que causaba su padecer. Ah... esos rugidos, lo único de grandioso que conservaban aún aquellas fieras disminuidas: cual comentaban el horrendo secreto de la catástrofe; cómo interpretaban en su dolor irremediable la eterna soledad, el eterno silencio, la eterna sed...

Aquello no debía durar mucho. El metal candente empezó a llover de nuevo, más compacto, más pesado que nunca.
En nuestro súbito descenso, alcanzamos a ver que las fieras se desbandaban buscando abrigo bajo los escombros.
Llegamos a la bodega, no sin que nos alcanzaran algunas chispas; y comprendiendo que aquel nuevo chaparrón iba a consumar la ruina, me dispuse a concluir.
Mientras mi compañero abusaba de la bodega -por primera y última vez, a buen seguro-decidí aprovechar el agua de la cisterna en mi baño fúnebre; y después de buscar inútilmente un trozo de jabón, descendí a ella por la escalinata que servía para efectuar su limpieza.
Llevaba conmigo el pomo de veneno, que me causaba un gran bienestar apenas turbado por la curiosidad de la muerte.
El agua fresca y la obscuridad, me devolvieron a las voluptuosidades de mi existencia de rico que acababa de concluir. Hundido hasta el cuello, el regocijo de la limpieza y una dulce impresión de domesticidad, acabaron de serenarme.
Oía afuera el huracán de fuego. Comenzaban otra vez a caer escombros. De la bodega no llegaba un solo rumor. Percibí en eso un reflejo de llamas que entraban por la puerta del sótano, el característico tufo urinoso... Llevé el pomo a mis labios, y...

Leopoldo Lugones

martes, 5 de junio de 2012

Eugène Delacroix (1798-1863)


Eugène Delacroix (1798-1863) es el máximo exponente de la segunda generación de pintores románticos europeos. Continuador de la obra de Géricault, desde sus inicios buscó la fama en los salones oficiales, pero mediante un lenguaje que se oponía a las formas pulidas de los pintores neoclásicos. De ahí su antipatía por Ingres, al que tachaba de ultraconservador.

Autorretrato, 1837.

Sus primeros éxitos le llegan muy joven en la década de los veinte. En 1832 visita Marruecos y se enamora de la luz, del color y del exotismo del lugar, siendo a partir de entonces un tema recurrente hasta el final de sus días. Desde la década de los 40 su obra se hace un tanto repetitiva. El pintor se institucionaliza al trabajar en muchos encargos oficiales e incluso desprecia la revolución de 1848, cuando tanto había alabado la de 1830.

Características artísticas.

Contemplemos este detalle del óleo titulado La muerte de Sardanápalo (1827).

Por encima de cualquier otra característica destaca la emoción, la fuerza o la audacia (como queramos calificarla) que ponía en sus obras. Para él, como buen romántico, la pintura era la mejor manera de reafirmar su individualidad y su sentimiento apasionado.

Todas sus obras están tocadas de un intenso dramatismo. Sus personajes se muestran agitados y en pleno movimiento. A menudo, como esta vez, están viviendo una tragedia. De sus obras emana mucha sensualidad, rayando con el erotismo.
El color es vivo. Gusta de los rojos intensos que tras su visita a Marruecos aún cobrarán más importancia en su obra. La pincelada debe ser suelta, ayudando a crear la atmósfera y el movimiento ¡Qué lejos queda el espíritu neoclásico aferrado a la mesura, la línea y el dibujo!
El artista se implica en los hechos históricos que le toca vivir. En este caso no hay una referencia directa a esta característica, sin embargo, el cuadro que analizaremos posteriormente es la mejor muestra. El pintor, como otros jóvenes románticos de la época se decanta apasionadamente a favor de la independencia griega y de la revolución de 1830.

La matanza de Quios. 1824.

Influencias.

Su obra está influida por la pintura y la escultura de Miguel Ángel, sobre todo, en el modelo humano de sus desnudos y en las posturas retorcidas que adoptan. Es también evidente la influencia de pintores barrocos como Rubens y Rembrandt. Otros pintores que influyen en su obra son sus contemporáneos Gèricault, Constable y Turner.

Su técnica de pincelada breve y vibrante y su concepción del color inspiraron a los impresionistas.

Temática.

En esta presentación podemos hacer un repaso de su producción pictórica. Desde el punto de vista temático su obra es una de las que mejor encaja en el movimiento romántico ya que realiza cuadros de temas históricos, literarios, orientales (Marroquíes) y religiosos. También realizó retratos románticos. El género del paisaje, en cambio, no le atrae, siendo incluso sólo esbozados en sus cuadros narrativos de gran formato.

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LA MUERTE DE SARDANÁPALO

Cuenta la leyenda que Sardanápalo, rey de Asiria en el siglo VII, vivía una vida llena de lujo y libertinaje. Los Medas, una tribu indoeuropea, atacó la ciudad y la asediaron durante dos años. El rey se negó a rendirse y cuando ya no pudieron resistir más ordenó destruir la ciudad con todas sus riquezas. Sardanápalo decidió envenenarse y ordenó que fueran quemadas con él sus esposas, tesoros y criados. A su concubina Mirra le concedió el honor de mezclar sus cenizas con las suyas en una gran pira funeraria que ardió durante quince años.

Eugènedelacroix pintó este gran cuadro basandose en la historia de Sardanápolo, tragedia escrita por Lord Byron en 1821. En el cuadro Sardanápolo, tumbado en su cama, contempla pensativo como sus enemigos entran a través de un hueco en la muralla. A la izquierda vemos al criado que porta el veneno para su suicidio. Las figuras de la composición se retuercen eróticamente en una orgía de tragedia y desesperación.






Sardanápalo era un sátrapa que al ver cercada su ciudad hace matar a las favoritas de su harén y a sus caballos mientras él observa. Esta obra se encuentra basada en un drama de Lord Byron.
La figura del sátrapa está estática, en una actitud de ataraxia, frente al movimiento del resto. La composición es en M, romántica y de fuerte colorido, con dominio del rojo y el color de la sangre y la sensualidad. Destacan los escorzos de la esquina izquierda, y también el movimiento, muy dramático, lo que permite a Delacroix plasmar el sentimiento propio del romanticismo. Existe también un fuerte contraste entre el negro y el blanco, siendo y influencia de lo exótico y también de la pintura veneciana de Tiziano y Veronés. A la izquierda vemos un caballo inspirado en los de Rubens y un esclavo negro tomado de Tiziano.
En el boceto se ve el flujo de energía a través de una pincelada muy suelta, generándose así un movimiento en torbellino. 

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jueves, 31 de mayo de 2012

Recogimiento

Sé sabia, Pena mía, y permanece en calma.
Reclamabas la Noche; ya desciende, hela aquí:
Envuelve a la ciudad una atmósfera oscura
A unos la paz trayendo y a los más la zozobra.

Mientras que la gran masa de los viles mortales,
Del Placer bajo el látigo, ese verdugo impávido,
Cosecha sinsabores en la fiesta servil,
Ofréceme tu mano, Pena mía, ven aquí

Lejos de ellos. Mira balancearse los años transcurridos
Con vestidos ridículos, sobre las balaustradas
Del cielo; la nostalgia burlona ya emerge de las aguas;

Descansa bajo un arco el moribundo sol
Y, tal enorme sudario rezagado, hacia Oriente,
Oye, querida, oye cómo avanza la Noche.

Charles Baudelaire

Todavía no he olvidado...



Todavía no he olvidado, cercana a la ciudad,
Nuestra blanca mansión, pequeña más tranquila,
La Pomona de estuco y la antigua Afrodita
Velando su pudor tras una rala fronda,
Y el sol, en el crepúsculo, destellante y soberbio
Que, tras el vidrio donde se quebraban sus rayos,
Parecía, gran pupila en el cielo curioso,
Contemplar nuestras largas y solitarias cenas,
Derramando sus bellos reflejos alongados
En el estor de sarga y en el frugal mantel.


Charles Baudelaire

miércoles, 30 de mayo de 2012

El amor engañoso

Cuando te veo cruzar, oh mi amada indolente,
Paseando el hastío de tu mirar profundo,
Suspendiendo tu paso tan armonioso y lento
Mientras suena la música que se pierde en los techos.

Cuando veo, al reverbero del gas que va tiñéndola,
Tu frente aureolada de un mórbido atractivo
Donde las luces últimas del sol traen a la aurora,
Y, como los de un cuadro, tus fascinantes ojos,

Me digo: ¡qué bella es! , ¡qué lozanía extraña!
El taraceado recuerdo, pesada y regia torre,
La corona, y su corazón, prensado como fruta,
Y su cuerpo, están prestos para el más sabio amor.

¿Serás fruto que en otoño da sazonados sabores?
¿Vaso fúnebre que aguarda ser colmado por las lágrimas?
¿Perfume que hace soñar en perfumes lejanísimos,
Almohadón acariciante o canastilla de flores?

Sé que hay ojos arrasados por la cruel melancolía
Que no guardan escondido ningún precioso secreto,
Bellos estuches sin joyas, medallones sin reliquias
Más vacíos y más lejanos, ¡oh cielos!, que esos dos tuyos.

Pero ¿no basta que seas la más sutil apariencia,
Alegrando al corazón que huye de la verdad?
¿Qué más da tontería en ti o qué más da indiferencia?
Te saludo adorno o máscara. Sólo adoro tu belleza.

Charles Baudelaire

domingo, 27 de mayo de 2012

...para qué?

Ella está en el horizonte;
me acerco dos pasos
y ella se aleja dos pasos,
camino diez pasos
y el horizonte se corre diez pasos más allá.
Por mucho que yo camine,
nunca la alcanzaré.
¿Para qué sirve la Utopía?
Para ESO sirve.
Para caminar

Eduardo Galeano.

jueves, 17 de mayo de 2012

Dominar nuestro destino...

"Pensamiento propiamente tal no hay más que uno: el filosófico. Todas las demás formas de la intelección son secundarias, derivadas de aquélla, o consisten en limitaciones más o menos arbitrarias de la aventura filosófica. El que no parezca así tiene su origen en considerar el pensamiento no más que como el funcionamiento de una facultad o aparato que hay en el hombre, y que se llama inteligencia. (...) No; el pensamiento no es la función de un órgano, sino la faena exasperada de un ser que se siente perdido en el mundo y aspira a orientarse.
Si la vida no fuese en su raíz un encontrarse extraviado en un contorno cuyas vías desconoce y donde no sabe cómo ha caído ni cómo podrá salir, el pensamiento no existiría y la máquina intelectiva del hombre, o no habría llegado a desarrollarse, o yacería atrofiada en los desvanes del organismo. pero, por fortuna, vivir es descubrirme a mí mismo sumergido en un medio que me es extraño, que me niega constantemente, y donde avanzo rodeado de fisionomías enigmáticas, de esas que llamo "cosas", las cuales, unas veces me son favorables y otras adversas.
Esas "cosas" -que en sentido lato incluyen a los otros hombres- se adelantan a mí como avanzada casual de algo formidable y latente, que las lleva a ellas y a mí y a quien doy toda suerte de nombres redondos: mundo, orbe, universo. Yo necesito, pues, desenmascarar ese enigma circundante del que yo mismo formo parte: saber con quién trato y de quién depende mi vida; conocer, de una vez para siempre, los designios y conducta del mundo porque sólo así puedo descubrir cuál es mi auténtico quehacer en él.
Para ello -y no simplemente porque sí, porque soy dueño del aparato intelectual- hago funcionar mi mente. Es, pues, el pensamiento el único ensayo de dominio sobre la vida que puedo y necesito hacer.
Dominio, es decir, señorío. No hay otra suerte de esencial señorío que éste del pensamiento. Y es el caso que ni siquiera hace falta que el pensamiento logre su empresa para que ejerza aquel dominio. Ver claramente que el enigma de la vida es insoluble, que la sensación de perdimiento no tiene curación es ya dominar nuestro destino, es sentirse en la verdad."

José Ortega y Gasset, Del Prólogo "a una edición de sus obras", 1932. Obras Completas, vol. VI, p. 351.

lunes, 14 de mayo de 2012

Alma desnuda





Soy un alma desnuda en estos versos,
Alma desnuda que angustiada y sola
Va dejando sus pétalos dispersos.

Alma que puede ser una amapola,
Que puede ser un lirio, una violeta,
Un peñasco, una selva y una ola.

Alma que como el viento vaga inquieta
Y ruge cuando está sobre los mares,
Y duerme dulcemente en una grieta.

Alma que adora sobre sus altares,
Dioses que no se bajan a cegarla;
Alma que no conoce valladares.

Alma que fuera fácil dominarla
Con sólo un corazón que se partiera
Para en su sangre cálida regarla.

Alma que cuando está en la primavera
Dice al inviemo que demora: vuelve,
Caiga tu nieve sobre la pradera.

Alma que cuando nieva se disuelve
En tristezas, clamando por las rosas
Con que la primavera nos envuelve.

Alma que a ratos suelta mariposas
A campo abierto, sin fijar distancia,
Y les dice libad sobre las cosas.

Alma que ha de morir de una fragancia,
De un suspiro, de un verso en que se ruega,
Sin perder, a poderlo, su elegancia.

Alma que nada sabe y todo niega
Y negando lo bueno el bien propicia
Porque es negando como más se entrega,

Alma que suele haber como delicia
Palpar las almas, despreciar la huella,
Y sentir en la mano una caricia.

Alma que siempre disconforme de ella,
Como los vientos vaga, corre y gira;
Alma que sangra y sin cesar delira
Por ser el buque en marcha de la estrella.
Alfonsina Storni

sábado, 12 de mayo de 2012

El pensamiento y la acción

¡Ah! ¡Los hombres de acción! ¡Los activos!. Hay que ver cómo se cansan ellos y nos cansan a los demás por no hacer nada. ¡Y qué vanidad más boba la que nace de una turbulencia baldía! (...) ¿Qué ha quedado de todos los Activos, de Alejandro, de Luis XIV, etc., incluso de Napoleón, tan próximo a nosotros? El pensamiento es eterno, como el alma, y la acción es mortal, como el cuerpo.

Gustave Flaubert

viernes, 11 de mayo de 2012

Un parecido demasiado grande...


A veces, cuando descubro que no he escrito una sola frase después de haber borroneado páginas enteras, me desplomo en mi sillón y allí me quedo, mareado, hundido en un pantano de desesperación, odiándome y culpándome por este orgullo demente que me hace encapricharme por una quimera. Un cuarto de hora después todo ha cambiado; el corazón me da saltos de alegría.

Gustave Flaubert

jueves, 10 de mayo de 2012

EL RELOJ DE ARENA

Está bien que se mida con la dura
Sombra que una columna en el estío
Arroja o con el agua de aquel río
En que Heráclito vio nuestra locura

El tiempo, ya que al tiempo y al destino
Se parecen los dos: la imponderable
Sombra diurna y el curso irrevocable
Del agua que prosigue su camino.

Está bien, pero el tiempo en los desiertos
Otra substancia halló, suave y pesada,
Que parece haber sido imaginada
Para medir el tiempo de los muertos.

Surge así el alegórico instrumento
De los grabados de los diccionarios,
La pieza que los grises anticuarios
Relegarán al mundo ceniciento

Del alfil desparejo, de la espada
Inerme, del borroso telescopio,
Del sándalo mordido por el opio
Del polvo, del azar y de la nada.

¿Quién no se ha demorado ante el severo
Y tétrico instrumento que acompaña
En la diestra del dios a la guadaña
Y cuyas líneas repitió Durero?

Por el ápice abierto el cono inverso
Deja caer la cautelosa arena,
Oro gradual que se desprende y llena
El cóncavo cristal de su universo.

Hay un agrado en observar la arcana
Arena que resbala y que declina
Y, a punto de caer, se arremolina
Con una prisa que es del todo humana.

La arena de los ciclos es la misma
E infinita es la historia de la arena;
Así, bajo tus dichas o tu pena,
La invulnerable eternidad se abisma.

No se detiene nunca la caída
Yo me desangro, no el cristal. El rito
De decantar la arena es infinito
Y con la arena se nos va la vida.

En los minutos de la arena creo
Sentir el tiempo cósmico: la historia
Que encierra en sus espejos la memoria
O que ha disuelto el mágico Leteo.

El pilar de humo y el pilar de fuego,
Cartago y Roma y su apretada guerra,
Simón Mago, los siete pies de tierra
Que el rey sajón ofrece al rey noruego,

Todo lo arrastra y pierde este incansable
Hilo sutil de arena numerosa.
No he de salvarme yo, fortuita cosa
De tiempo, que es materia deleznable.

Jorge Luis Borges

miércoles, 9 de mayo de 2012

Porque si

"Pocas son las biografías que puedan mostrar una evolución pura, sostenida y constante del individuo. Nuestra vida, como el Todo que nos contiene, se compone impenetrablemente de libertad y de necesidad. Nuestra voluntad es el anuncio previo de lo que vamos a hacer en cualquier circunstancia. Sin embargo, también estas circunstancias nos agarran a su modo. El Qué está contenido en nosotros, el Cómo pocas veces depende de uno mismo, por el Porqué no nos está permitido preguntar y, por eso, se nos remite con razón al Porqué-sí."

Goethe, Poesía y Verdad, Libro XI

domingo, 6 de mayo de 2012

... por fin...

Inútil. Condenado a ser absuelto. Vuélvase a casa y lea Spinoza. La Maga no sabe quién es Spinoza. La Maga lee interminables novelas de rusos y alemanes y Pérez Galdós y las olvida enseguida. Nunca sospechará que me condena a leer a Spinoza. Juez inaudito, juez por sus manos, por su carrera en plena calle, juez por sólo mirarme y dejarme desnudo, juez por tonta e infeliz y desconcertada y roma y menos que nada.
Por todo eso que sé desde mi amargo saber, con mi podrido rasero de universitario y hombre esclarecido, por todo eso, juez.
Dejate caer, golondrina, con esas filosas tijeras que recortan el cielo de Saint-Germain-des-Prés, arrancá estos ojos que miran sin ver, estoy condenado sin apelación, pronto a ese cadalso azul al que me izan las manos de la mujer cuidando a su hijo, pronto la pena, pronto el orden mentido de estar solo y recobrar la suficiencia, la egociencia, la conciencia.
Y con tanta ciencia una inútil ansia de tener lástima de algo, de que llueva aquí dentro, de que por fin empiece a llover, a oler a tierra, a cosas vivas, sí, por fin a cosas vivas.

Cortázar

Edguy "Fallen Angels" (subtitulado al español)

sábado, 5 de mayo de 2012

BIOGRAFÍA DE DEMETRIO


1. Demetrio, hijo de Fanostrato, fue natural de Falera y discípulo de Teofrasto. Habiendo hablado al pueblo ateniense, lo gobernó por espacio de diez años, y fue honrado de él con 360 estatuas de bronce, de las cuales muchas eran ecuestres y puestas en carros y vigas (337), ejecutadas todas en menos de 300 días con la mayor diligencia. Empezó a gobernar la república, según dice Demetrio de Magnesia en sus Colombroños, cuando Harpalo, huyendo de Alejandro, se fue a Atenas. Ordenó en su gobierno muchas cosas utilísimas a la patria, le aumentó las rentas y la ilustró con edificios, por más que él no era de sangre ilustre, pues según Favorino en el libro I de sus Comentarios, era de la servidumbre de Conón (338). Vivía con su ciudadana y noble amiga Lamia, como dice él mismo en el libro I; y en el II asegura que Cleón se sirvió de él para el nefando. Dídimo escribe en sus Convites que fue hermoso de cejas, y que cierta meretriz lo llamaba Lampeto. Dicen que habiendo perdido la vista en Alejandría, se la restituyó Sérapis. Con este motivo compuso himnos a Apolo que todavía se cantan. Siendo como era celebradísimo entre los atenienses, no obstante lo derribó la envidia, que todo lo devora, pues perseguido por asechanzas de algunos, fue sentenciado a pena capital hallándose ausente. No pudieron cogerlo; pero vomitaron su veneno en el bronce, derribando sus estatuas, de las cuales unas las vendieron, otras las sumergieron y otras las quebrantaron para hacer de ellas orinales, como dicen algunos. Solamente quedó libre una en la Roca. Favorino dice en su Historia varia que esto lo ejecutaron los atenienses por orden del rey Demetrio. Según el mismo Favorino, aun acusaron de ilegítimo su principado. Hermipo dice que después de la muerte de Casandro, por temor de Antígono, se fue a Tolomeo Sotero, y que habiendo estado allí mucho tiempo, aconsejó a Tolomeo entre otras cosas diese el reino a los hijos que había tenido con Eurídice; mas que no habiendo él asentido a ello, y dada la diadema al que tenía de Berenice, éste, después de muerto Tolomeo, tuvo a bien guardarlo preso en la provincia mientras deliberaba lo que debía hacer. Vivió allí muy caído de ánimo hasta que, estando dormitando un día, lo mordió un áspid en la mano y murió. Fue enterrado en la prefectura busiriense, junto a Diópolis. Yo le he compuesto los versos siguientes:

Mató al sabio Demetrio
un áspid venenoso,
no ya vibrando luces,
sino negros infiernos por los ojos.

2. Heráclides, en su Epítome de las sucesiones de Soción, dice que Tolomeo quiso ceder el reino a Filadelfo, pero él lo disuadió, diciéndole: «Si a otro lo das, tú no lo tendrás». Cuando lo acusaron en Atenas, faltó poco para ser también condenado el poeta cómico Menandro, no más que por ser amigo suyo; así lo he leído, pero lo excusó Telesforo, primo de Demetrio. En la multitud de libros y número de versos excedió a casi todos los peripatéticos de su tiempo, siendo igualmente el más docto y perito de todos. Sus escritos son unos de historia, otros de política, otros de poesía, otros de retórica, otros disertaciones dichas al pueblo, y otros embajadas. También tiene colecciones de discursos esópicos y muchas otras obras. Son, pues: cinco libros De las leyes de los atenienses; dos De los ciudadanos atenienses; dos Del gobierno o conducción del pueblo; uno De las leyes; dos De Retórica; dos De la milicia; dos Acerca de la Ilíada; cuatro Acerca de la Odisea; uno titulado Tolomeo; otro libro Amatorio; otro llamado Fedondas; otro Medón; otro Cleón; otro Sócrates; otro Aristómaco; otro Artajerjes; otro Homérico; otro Arístides; otro Exhortatorio; otro Por la República; otro Sobre el Decenio; otro De los Jones; otro Sobre Embajadas; otro De la fe (339); otro De la gracia (340); otro De la fortuna; otro De la magnificencia; otro De las nupcias; otro De la opinión; otro De la paz; otro De las leyes; otro De los estudios; otro De la oportunidad; otro titulado Dionisio; otro Calcídico; otro De la incursión de los Atenienses; otro De Antífanes; otro Proemio histórico; otro De cartas; otro Asamblea jurada; otro De la vejez; otro titulado Derechos; otro Acerca de Esopo, y otro De críos.

3. Su estilo es filosófico e interpolado de nervio y vigor retórico. Habiendo oído que los ateniense habían derribado sus estatuas, dijo: «Pero no han derribado la virtud por la cual me las habían puesto». Decía que «las cejas no son parte de poca entidad, pues pueden oscurecer toda la vida del hombre». No sólo llamaba «ciegas a las riquezas, sino también a la fortuna que las dirige. Que cuanto puede el hierro en la guerra, tanto vale la lengua en el gobierno de la república». Habiendo visto una vez a un joven lujurioso, dijo: «Ve aquí un Mercurio cuadrado con manto, vientre, genitales y barba» (341). Decía que «a los hombres soberbios se les debía cortar algo de la altura y dejarlos el concepto que de sí tienen. Que los jóvenes deben reverenciar en su casa a los padres, en la calle a todos y en la soledad a sí mismos». Llamaba «amigos a los que en las prosperidades acuden siendo llamados, y en las calamidades sin serlo». Esto es lo que parece se le atribuye.

4. Veinte Demetrios hay memorables: el primero fue retórico cartaginés, más antiguo que Trasímaco; el segundo éste de que hablamos; el tercero un peripatético bizantino; el cuarto se llamó el Dibujante, por ser pintor, y fue bastante conocido y hábil; el quinto fue Aspendio, discípulo de Apolonio Solense; el sexto, Calaciano, que escribió veinte libros de Asia y Europa; el séptimo, bizantino, que escribió en trece libros el pasaje de los galos de Europa a Asia, y en otros ocho las cosas de Antíoco y Tolomeo, y el gobierno de Libia por éstos; el octavo fue sofista, habitante de Alejandría, y escribió De arte oratoria; el noveno fue gramático adramiteno, apellidado Ixión por haber hecho, según parece, alguna injuria a Juno; el décimo fue un gramático cireneo, por apodo Tinaja, varón digno de memoria; el undécimo fue natural de Escepsis, hombre rico y noble y gran filólogo. Éste promovió al ciudadano Metrodoro. El duodécimo fue gramático eritreo, hecho ciudadano de Temno; el décimotercero fue de Bitinia, hijo de Difilo Estoico y discípulo de Panecio Rodio; el décimocuarto fue retórico de Esmirna. Todos éstos fueron prosistas, los restantes poetas (342). El primero fue poeta de la comedia antigua; el segundo, poeta épico, de quien sólo queda lo que dijo contra los envidiosos, y es:

Menosprecian al hombre mientras vive,
y cuando ya no existe lo desean.
Por un vano sepulcro y simulacro
contienden las ciudades y los pueblos.

El tercero fue natural de Tarso, y escribió sátiras; el cuarto escribió yambos, y fue hombre mordaz; el quinto fue estatuario, de quien Polemón hace memoria; el sexto fue poeta misceláneo, y compuso cosas de historia y retórica (343).


(337) Véase la nota 168 de la vida de Estilpón.
(338) El texto griego, según la puntuación de las ediciones modernas, dice: Aunque él no era noble (εύγενής); pues era de la servidumbre o familia de Conón... bien que ciudadana y noble. Cualquiera conocerá que aquí hay contradicción manifiesta. Además, que sabemos por Eliano que Demetrio Falereo fu esclavo de Conón. ¿Cómo, pues, sería de familia ciudadana y noble? Ni esto puede entenderse de la familia, esto es, de la sangre, pues Eliano declara que era de la familia de servicio, esto es, esclavo, όιχότρι βα . Por estas razones me ha parecido forzoso seguir la puntuación de Henr. Estéfano y Tomás Aldobrandini, que las palabras ciudadana y noble las unen al período segundo, συνψχει Λαμία, etc. Vivía con la ciudadana y noble amiga Lamia, etc.
(339) Περί πίστως.
(340) Περί χάριτος.
(341) Alude a las estatuas de Mercurio llamadas Términos, que suelen ser de esta figura; esto es, una pirámide cuadrada inversa hasta los genitales, y de allí arriba un cuerpo humano.
(342) Menos uno, que fue estatuario.
(343) Hubo otros muchos Demetrios además de éstos, y Menagio recoge algunos que Laercio nombra en otros lugares y aquí los omite.


TALES A FERECIDES


«He sabido eres el primer jonio que estás para publicar en Grecia un escrito acerca de las cosas divinas. Acaso sea mejor consejo publicar estas cosas por escrito que no fiarlas a unos pocos que no hagan mucho caso del bien común.
Quisiera, si tienes gusto, me comunicaras lo que escribes y, aun si lo permites, pasaré a Sirón a verte porque no somos tan estólidos Solón Ateniense y yo que, habiendo navegado a Creta a fin de hacer nuestras observaciones y a Egipto para comunicarnos con los sacerdotes y astrónomos, lo dejemos de hacer ahora para ir a verte. Irá, pues, Solón conmigo, si gustas, ya que tú, enamorado de ese país, pocas veces pasas a Jonia o solicitas comunicación con los forasteros; antes bien, según pienso, escribir es tu única ocupación. Nosotros, que nada escribimos, viajamos por Grecia y Asia.»