Terminada la cena, los huéspedes, ahítos y algo
achispados, empezaron a despedirse y a dar las gracias. Los anfitriones
volvieron a disculparse por no poder ofrecerles alojamiento en la casa.
-¡Estoy muy contento, muchísimo, señores! -decía el
general, y esta vez era sincero (probablemente porque al despedir a los
huéspedes la gente suele ser bastante más sincera y benévola que al darles la
bienvenida). ¡Estoy muy contento! ¡Quedan invitados para cuando estén de
regreso! ¡Sin cumplidos! Pero ¿por dónde van? ¿Quieren pasar por arriba? No,
vayan por el jardín, por abajo, el camino es más corto.
Los oficiales se dirigieron al jardín. Después de la
brillante luz y de la algazara, pareció muy oscuro y silencioso. Caminaron sin
decir palabra hasta la portezuela. Estaban algo bebidos, alegres y contentos,
pero las tinieblas y el silencio los movieron a reflexionar por unos momentos.
Probablemente, a cada uno de ellos, como a Riabóvich, se le ocurrió pensar en
lo mismo: ¿llegaría también para ellos alguna vez el día en que, como Rabbek,
tendrían una casa grande, una familia, un jardín y la posibilidad, aunque fuera
con poca sinceridad, de tratar bien a las personas, de dejarlas ahítas, achispadas
y contentas?
Salvada la portezuela, se pusieron a hablar todos a la
vez y a reír estrepitosamente sin causa alguna. Andaban ya por un sendero que
descendía hacia el río y corría luego junto al agua misma, rodeando los
arbustos de la orilla, los rehoyos y los sauces que colgaban sobre la
corriente. La orilla y el sendero apenas se distinguían y la orilla opuesta se
hallaba totalmente sumida en las tinieblas. Acá y allá las estrellas se
reflejaban en el agua oscura, tremolaban y se distendían, y sólo por esto se
podía adivinar que el río fluía con rapidez. El aire estaba en calma. En la
otra orilla gemían los chorlitos soñolientos, y en esta un ruiseñor, sin
prestar atención alguna al tropel de oficiales, desgranaba sus agudos trinos en
un arbusto. Los oficiales se detuvieron junto al arbusto, lo sacudieron, pero
el ruiseñor siguió cantando.
-¿Qué te parece? -Se oyeron unas exclamaciones de
aprobación-. Nosotros aquí a su lado y él sin hacer caso, ¡valiente granuja!
Al final el sendero ascendía y desembocaba cerca de la
verja de la iglesia. Allí los oficiales, cansados por la subida, se sentaron y
se pusieron a fumar. En la otra orilla apareció una débil lucecita roja y
ellos, sin nada que hacer, pasaron un buen rato discutiendo si se trataba de
una hoguera, de la luz de una ventana o de alguna otra cosa... También
Riabóvich contemplaba aquella luz y le parecía que ésta le sonreía y le hacía
guiños, como si estuviera en el secreto del beso.
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