miércoles, 30 de julio de 2014

Hilario Ascasubi (1807-1875)



Nació el 14 de enero de 1807 en medio del campo, no lejos de Fraile Muerto —hoy Bell Ville— en la actual provincia de Córdoba. Algunos aspectos de su biografía no están perfectamente aclarados, entre ellos el viaje que realizó en su adolescencia en la goleta La Rosa Argentina. Embarcó como grumete y llegó a la Guayana francesa y los Estados Unidos, aunque también se afirma que la nave fue apresada por un corsario y esto le obligó a peregrinar varios años por Francia, Inglaterra y Portugal. En 1823, Ascasubi regresó a Buenos Aires y luego se trasladó a Salta llevando consigo la ex imprenta de los Niños Expósitos. En aquella provincia se desempeñó como tipógrafo y periodista y fundó "La Revista de Salta" . En 1826 se alistó con el grado de teniente en el batallón de infantería que a las órdenes del coronel José María Paz marchó a luchar contra los efectivos brasileños. Más tarde, participó en la guerra civil en favor de los unitarios y en esa época convivió con los gauchos, aprendió su léxico y escuchó el canto de los payadores en los fogones.
En 1830, Ascasubi es detenido en Entre Ríos y por orden de Rosas, trasladado preso a Buenos Aires. Permaneció en la cárcel cerca de dos años, hasta que logró evadirse y pasó al Uruguay. En Montevideo —ciudad en que se radicó veinte años hasta la derrota de Rosas— se ocupó de diversos menesteres. Acrecentó su fortuna al frente de una panadería y también adquirió popularidad por medio de sus ingeniosos versos gauchescos. Fue periodista y como payador unitario comentó la guerra entre Oribe y Rivera con partes de batalla, cielitos, medias cañas y diálogos, que daba a conocer bajo diversos seudónimos.
Fue ayudante de Urquiza en la batalla de Caseros, pero más tarde abrazó la causa porteña de Mitre y se mostro enemigo del caudillo entrerriano. Intentó mejorar su situación económica con algunas inversiones en obras públicas —entre ellas, la construcción del antiguo Teatro Colón— pero fracasó en sus propósitos y quedó al borde de la ruina. En 1860 se trasladó a Francia comisionado por el gobierno de Mitre, con la misión de enganchar voluntarios europeos destinados al ejército de Buenos Aires. Vivió en París y en aquella ciudad publicó en el año 1872 sus obras completas. Regresó a Buenos Aires y falleció el 17 de noviembre de 1875.

Ascasubi adquirió su personalidad literaria en su largo destierro en el Uruguay, apoyando la causa de los unitarios. En 1839 fundó un periódico titulado "El gaucho en campaña" y en el cuarto número publicó el poema El truquiflor.Las composiciones que dio a conocer en periódicos, folletos y hojas sueltas fueron recopiladas posteriormente en el libro titulado: Paulino Lucero o Los gauchos del Río de la Plata cantando y combatiendo contra los tiranos de la República Argentina y Oriental del Uruguay (1839-1851). La obra fue editada en París, en 1872.
Cuando se iniciaron las hostilidades entre Buenos Aires y la Confederación, el poeta atacó a Urquiza por medio de un periódico en prosa y verso, titulado "Aniceto el Gallo, Gaceta jocotristona y gauchi-patriótica". Sus coplas de crítica política no fueron recibidas con el mismo entusiasmo que despertaron SUS anteriores obras.
Ascasubi se encontraba en París cuando terminó su mejor obra y la de mayor aliento, el largo poema denominadoSantos Vega o Los mellizos de La Flor. Luego de ocho meses de trabajo escribió 12.604 versos que fueron publicados en 64 capítulos y un epílogo en un tomo de sus obras completas. El poeta cuenta en lengua gauchesca la historia de dos hermanos, los mellizos de la estancia La Flor. Uno de ellos el bueno, y el otro un gaucho malevo y perverso. El relato lo pone en boca del legendario Santos Vega, aunque el poema —con excepción del título no tiene ninguna relación con la vida del payador homónimo, que a comienzos del siglo XIX había merodeado por la zona del río Salado.
La obra ofrece algunos cuadros plenos de colorido local y otros de auténtico dramatismo, aunque se critica la gran extensión de algunos episodios que no están relacionados con su importancia dentro del poema. Pero en conjunto —escribe Julio Caillet-Bois— hay una verdad esencial en el Santos Vega, que refleja una visión embellecida y conciliatoria de la vida en la campaña.


sábado, 26 de julio de 2014

¡Qué Pesadilla!


Las pesadillas se presentan en épocas de conflictos y señalan que se está pasando por un período de temor y conflictos


Las pesadillas son consideradas un trastorno del sueño caracterizado por una carga de ansiedad o miedo. Los que las sufren tienen recuerdos precisos de su contenido. Esta experiencia es muy intensa y contiene temas que implican una amenaza para la supervivencia, la seguridad o la autoestima.

Cuando tenemos una pesadilla, nos levantamos agradeciendo que sólo fuera un sueño, porque en el estado en que nos encontrábamos enfrentábamos situaciones de angustia. Puede ser referida a la muerte, como uno de los temas principales, o que nos persiguen para hacernos daño o matarnos, nos caemos y moriremos, tenemos accidentes, o que las personas que queremos están en peligro. Los temores que sentimos durante el día, conscientes o no, pueden provocar terror en la noche.

En los adultos, cuando son frecuentes, las pesadillas pueden indicar trastornos psicológicos, por lo general trastornos de personalidad. También pueden estar vinculados al consumo de drogas, sustancias psicotrópicas, antidepresivos y otros fármacos. Es interesante hacer notar la diferencia entre las pesadillas y los terrores nocturnos. Generalmente son los niños quienes presentan terrores nocturnos, gritan durante el sueño, y cuando los padres acuden a verlo, el niño se encuentra en la cama sentado diciendo cosas incomprensibles. Poco a poco se va tranquilizando y vuelve a quedarse dormido. Al día siguiente, no recuerda nada de lo sucedido.

En general, las pesadillas frecuentes se tienen en épocas en que se está lleno de conflictos o problemas. Delatan que la persona está pasando por un período de temor, confusión, miedo y conflictos. Se debe tomar conciencia y asumir el control de las riendas de la vida, para que de esta forma la ansiedad interna disminuya.

Si resulta que usted está bien en su vida diaria diurna y tiene pesadillas, puede que tengan un significado y le sugieren que debe estar alerta porque algunos autores piensan que estas pesadillas son presagios, sueños de advertencia.

Es necesario tener un pensamiento positivo antes de dormir. Es importante dejar las preocupaciones de lado y tomar un baño relajante cuando se esté estresado. El sueño presupone un estado de relajación. Un organismo exitado es incapaz de relajarse. Cuando una persona sufre un trauma, en los sueños se le repite muchas veces en forma de pesadillas recurrentes y cuando una pesadilla se repite, quiere decir que no se ha encontrado solución a los conflictos relacionados con el sueño en la vida real. Desde el punto de vista mental, esas pesadillas constituyen un alivio, aunque sea difícil poderlo ver así.


viernes, 25 de julio de 2014

La daga de Moreira - Parte 4

Del Campo había visto efectivamente una hermosa paisana acompañada de un hombre de campo que llegaron a la pulpería donde él había mudado el caballo. Sin embargo, pensó que aquella pregunta era sólo un pretexto para entrar en conversación, exigirle más tarde el dinero que llevaba y coserlo en seguida a puñaladas para que no pudiera contar la cosa. 
-Esta es la introducción y más tarde vendrá la sinfonía -se dijo-. ¿Cómo diablos haré yo para salir airoso de ésta, montando tan detestable matungo? -Sin embargo, dominando por completo todo recelo, repuso tranquilamente: 
-Efectivamente, paisano; al salir de la pulpería donde mudé caballo, llegaba un hombre acompañando a una mujer bastante hermosa, pero no sé si siguieron o quedaron allí. 
-Esos tienen una larga cuenta que ajustar conmigo -repuso el gaucho tomando un aspecto sombrío- y usted, amigo -añadió-, que parece pueblero, ¿adónde le va tirando tan mal montado en ese flacucho? 
Del Campo creyó inútil ocultar el objeto de su viaje; así es que mirando al gaucho con una mirada inteligente le contó el objeto de su viaje improvisado. 
-Voy -dijo- a casa de Juan Almada (hoy conocemos el nombre del gaucho que había olvidado); yo lo defendí y lo saqué libre cuando estuvo preso, y como él me ofreció su rancho, lo vengo a visitar. 
-Es verdad -dijo el gaucho, quedando un poco pensativo-; ño Juan el Chico (lo llamaban así para distinguirlo de Moreira, conocido por Juan el Grande) mató a uno, según decían, dándole dos puñaladas, y por eso lo mandaron a Buenos Aires para fusilarlo, según dijeron en el juzgado. 
-Pero yo tuve la suerte de defenderlo -continuó Del Campo-. Probé que era inocente y lo soltaron. Por eso él me convidó a que viniera a su rancho a pasear cuando anduviera desocupado. 
Al oír estas palabras, los ojos de aquel gaucho se dilataron por la más franca expresión de asombro, posó en el joven abogado su hermosa mirada y preguntó atónito. 
-Y usted, mozo, ¿defiende a los hombres que están en desgracia?, ¿usted se los quita a la justicia y trabaja para devolver la libertad a los que tienen una desgracia en la vida? 
-Esa es mi misión -dijo Del Campo-; soy abogado: yo me ocupo de defender a todo hombre que tenga necesidad de mis servicios. Cada uno tiene su oficio. 
-Pero mi compadre Juan -añadió el gaucho- es pobre y habrá tenido que vender todo para pagarle a usted. ¡Oh! -continuó lleno de amargura-, los gauchos no somos hijos de Dios; hay una maldición que nos acompaña. 
-Se equivoca, amigo -replicó Del Campo bondadosamente-. Aquel hombre me ha pagado con un apretón de manos, y aunque yo también soy pobre, con este franco agradecimiento me considero bien pago. 
Al oír esto, el gaucho se entregó al colmo del más inocente asombro. Miró a Del Campo mostrando una lágrima que brillaba en cada uno de sus párpados, y tendiéndole una mano le dijo con la voz conmovida por un raro enternecimiento, mientras con la otra se quitaba el sombrero: 
-Vaya con Dios, vaya con Dios y él lo bendiga, amigo; los hombres que se conduelen de las desgracias de los hombres, lo merecen todo en esta vida. ¡Dios le ayude en todo lo que usted emprenda! 
Del Campo quedó sorprendido ante aquel raro gaucho que así le hablaba y que había concluido por hacérsele fuertemente simpático. Su asombro fue mayor cuando le vio retirar la mano para enjugar una lágrima. 
-¡Vaya con Dios, lindo mozo! -concluyó aquel hombre-. Yo soy Juan Moreira, y si alguna vez necesita de mí, ocúpeme como si fuera un peón, que seré feliz en servirlo; ño Juan el chico-añadió- es compadre mío y dígale que Moreira le manda muchas memorias. -Y clavando las espuelas en los flancos del overo se alejó de allí a gran galope. 
Del Campo quedó un momento sorprendido al saber que aquel hombre de carácter tan noble y tan fácil de enternecer era Juan Moreira, el tremendo Moreira. 
En seguida taloneó también a su matungo, cuyo galope de ratón de mercado sujetó en el rancho de su antiguo cliente, a quien narró el encuentro que había tenido. 
Y con este nuevo capítulo creemos dejar terminada la narración que ha sido tan bondadosamente acogida.




http://www.elortiba.org


La daga de Moreira - Parte 3

El nombre de su defendido olvidado tanto tiempo se le vino al magín, ocurriéndosele que en ninguna parte sería mejor recibido que en aquel humilde rancho que con tanta franqueza le fue ofrecido. 

Sin más ni más lió sus petates de viaje, que no eran muy lujosos que digamos, y tomó el tren de Lobos con el corazón rebosando de alegría estudiantil, dispuesto a pasar un mes de expansiones. 

En Lobos alquiló un matungo de posta, y se largó camino de Navarro, navegando sobre el recado como uno de esos marineros ingleses que suelen bajar de a bordo y alquilar un sotretaen la caballeriza con que se topan, prometiéndose un día de alto refocilamiento, aunque a la noche suelan volver más molidos que si les hubieran dado mil azotes tendidos sobre el temible cañón de proa. 

En aquellos tiempos la fama de Moreira llenaba aquellos alrededores, y era muy gaucho el hombre que se atrevía a hacer solo aquella cruzada; pero Del Campo era joven y poco se preocupaba de agüerías y miedos.

Apenas había andado unas cuatro leguas, cuando se encontró con un paisano hermoso, paquetísimo y montado sobre un magnífico caballo overo bayo, aperado con un lujo pintoresco. 

En su cintura, sujeta a la espalda en el tirador, se veía una larga y hermosa daga; sobre los costados el paisano ostentaba un par de magníficos trabucos de un brillo deslumbrador, tal era su limpieza. 
-Adiós, demonios -pensó Del Campo para sus adentros-. Esta especie de parque humano no puede ser otro sino Moreira. Si de ésta escapo con vida, lo podré contar como milagro. 

Tales eran las cosas que de Moreira habían contado a Del Campo, que éste creía de buena fe que el gaucho era un bandido asesino que se complacía en matar por lujo, como se dice en el campo. 

Aquel apuesto gaucho encaminó su caballo hacia el del viajero, a quien dio un cortés "buen día, amigo" preguntándole si no había visto en su camino un paisano acompañando a una niña. 


La daga de Moreira - Parte 2

La daga de Moreira es digna de figurar en un museo al lado de la espada del Cid o cualquiera otra arma histórica que simbolice un brazo de extraordinaria pujanza y un corazón de un temple espartano. 

Y ya que nos ocupamos otra vez de Juan Moreira en la descripción de su daga, para agregarla a la segunda edición que de su biografía hacemos, vamos a consignar un episodio de su vida que pinta admirablemente las prendas raras de que estaba dotado y que conocimos después de haber concluido su historia, episodio que nos ha sido relatado por el mismo protagonista. 

El doctor don Leopoldo del Campo, a quien hemos tenido la ventaja de conocer desde estudiante, es un noble carácter unido a una inteligencia clara y robusta, cultivada con verdadero desvelo y dedicación. 
Leopoldo del Campo tiene verdadera pasión por la carrera que ha elegido, pasión que lo lleva a emprender las defensas más arduas, sin el menor interés, pues sus predilectas son aquellas de infelices procesados, que para pagar su trabajo no cuentan más que con su verdadero agradecimiento. 
Es uno de aquellos bellos espíritus, semejante al de Julián María Fernández, que hacen el bien por el solo placer de hacerlo. 

Uno de tantos infelices defendidos gratuitamente por el doctor Del Campo, era un paisano de Navarro cuyo nombre no recordamos en este momento, procesado por homicidio en la persona de otro paisano. 
Del Campo puso su inteligencia y labor al servicio de este paisano con tan feliz éxito, que pocos meses después lo sacaba libre de todo cargo, haciendo resplandecer su inocencia. 

El paisano era un pobre diablo, cuyos únicos bienes de fortuna consistían en un pobre rancho en Navarro y unas pocas ovejas y vacas. Pagó, pues, a su abogado con un sincero agradecimiento y ofreciéndose al gran defensor en lo que valía, por si alguna vez quería hacerle el servicio de ir a pasar una temporada a su rancho en compañía de su mujer y de sus hijitos, a quienes enseñaría su nombre para que lo veneraran sobre todas las cosas de la tierra. En seguida emprendió viaje a su pago con algún dinero que le proporcionó el mismo Del Campo para complemento de su acción noble y desinteresada. 

Llegó un año en que Del Campo tenía grandes tentaciones de ir a tomar un mes de campo, sin ocurrírsele un amigo propietario a quien ir a pedir hospitalidad. 


jueves, 24 de julio de 2014

La daga de Moreira - Parte 1


Concluida la historia de Moreira con que adornamos nuestros folletines, vino a nuestro poder la daga de aquel paisano legendario, que conservaba el señor Melitón Rodríguez como una verdadera pieza de museo. 
La daga de Moreira, con la que llevó a cabo tanta hazaña verdaderamente asombrosa, es un arma que en nada se parece a la de este nombre que usan la generalidad de nuestros paisanos.

Esta arma, cuya hoja es de un completo temple toledano, está entre la daga y el sable: mide ochenta y cuatro centímetros de largo, contando su empuñadura, y sesenta y tres centímetros su hoja sola. 

El ancho de la hoja tiene cerca de la empuñadura como cuatro centímetros y disminuye gradualmente a medida que se aproxima a la punta, hecha, como su filo destruido ya, con una lima. 
La empuñadura de plata maciza, con algunas incrustaciones de oro y llena de delicada obra de cincel, pesa 25 onzas; la forma de esta empuñadura es digna de estudio, pues a ella sin duda debe Moreira la rara suerte de no haber sido herido nunca de hacha. 

La S con que los paisanos adornan las empuñaduras de sus dagas, les sirve para proteger su mano derecha de los golpes de hacha que con tanta maestría barajan. 
Esta S hace converger todos los golpes de hacha en su parte saliente, pero en su parte entrante es fácil, muy fácil, que los hachazos resbalen, yendo a herir el pecho del que la esgrime. 

Moreira había corregido este defecto con increíble suspicacia, colocando en su daga una gran U, en vez de la S vulgar. De este modo había resuelto el problema de hacer converger a la curva de la U todos los golpes de hacha, sin riesgo de su cabeza, de su pecho y de su mano, aunque exponiendo a la fuerza de los mismos hachazos a la U, que se ve rota y soldada en varios puntos. 

El filo de esta arma curiosa bajo todo respecto está lleno de melladuras, una de las cuales penetra como una línea en el centro de la hoja, y que el capitán Varela supone ser un hachazo que él le tiró en la última lucha que sostuvo aquel hombre excepcional, y que paró con aquella parte del filo de la daga, golpe en que se quebró su propia espada. 

Conociendo el peso y las dimensiones de esta arma, se puede calcular la prodigiosa fuerza muscular de aquel hombre, que sin la menor fatiga combatía con ella tan largos intervalos de tiempo. 
Esta daga es la que usó Moreira, por lujo primero, y por necesidad después, siendo la misma que le regalara Adolfo Alsina, y a la que él no hizo otra modificación que la de la S cuando confió a ella sola la defensa de su vida. 


miércoles, 23 de julio de 2014

En un tiempo

Tuve en mi pago en un tiempo
hijos, hacienda y mujer;
pero empecé á padecer,
me echaron á la frontera.
¡Y qué iba á hallar al volver!

Tan solo hallé la tapera.
Sosegao vivia en mi rancho
como el pájaro en su nido;
allí mis hijos queridos
iban creciendo á mi lao...
Solo queda al desgraciao
lamentar el bien perdido.

Mi gala en las pulperias era,
cuando habia mas gente,
ponerme medio caliente,
pues cuando puntiao me encuentro,
me salen coplas de adentro
como agua de la virtiente.

Martin Fierro

Oscar Peterson - A night in Vienna (2004)





Tracklist:
01 Falling In Love With Love
02 Night Time
03 When Summer Comes
04 Cakewalk
05 Requiem
06 Sushi
07 Wheatland
08 The Backyard Blues
09 Satin Doll
10 Sweet Georgia Brown
11 Hymn To Freedom

lunes, 21 de julio de 2014

Martin Fierro

Viene el hombre ciego al mundo,
cuartiándolo  la esperanza,
y á poco andar ya lo alcanzan
las desgracias á empujones.
Jué pucha, que trae liciones
el tiempo con sus mudanzas!

Yo he conocido esta tierra
en que el paisano vivia
y su ranchito tenia
y sus hijos y mujer...
Era una delicia el ver
cómo pasaba sus dias.

martes, 15 de julio de 2014

Para leer en forma interrogativa


Has visto,
verdaderamente has visto
la nieve, los astros, los pasos afelpados de la brisa...
Has tocado,
de verdad has tocado
el plato, el pan, la cara de esa mujer que tanto amás...
Has vivido
como un golpe en la frente,
el instante, el jadeo, la caída, la fuga...
Has sabido
con cada poro de la piel, sabido
que tus ojos, tus manos, tu sexo, tu blando corazón,
había que tirarlos
había que llorarlos
había que inventarlos otra vez.



Julio Cortázar

domingo, 13 de julio de 2014

Un poco de Martín

Ninguno me hable de penas,
porque yo penado vivo,
y naides se muestre altivo
aunque en el estribo esté:
que suele quedarse á pié
el gaucho mas alvertido.

Junta esperencia en la vida
hasta pa dar y prestar
quien la tiene que pasar
entre sufrimiento y llanto;
porque nada enseña tanto
como el sufrir y el llorar.

Martin Fierro

viernes, 11 de julio de 2014

Fredrik Ödman - Parte 2


Biografía

• Sus primeras inclinaciones artísticas fueron el dibujo y la pintura, hasta que hace unos 10 años descubrió el mundo de la fotografía y el photoshop que lo ha absorbido por completo.

• Habla inglés, noruego, sueco y danés, pero su lenguaje principal es el pictórico, un lenguaje con el que, a través de sus creaciones, nos describe un mundo a veces oscuro, a veces divertido y a veces aterrador.

• Su trabajo está perfectamente ejecutado, rodeándolo de fantasía y simbología, cuyas dosis de provocación atraen sin duda al espectador.

• Pero no todo en su trabajo son imágenes siniestras y personajes surrealistas. Así, además de sus proyectos característicos ,encontramos otros donde podemos ver desde espectaculares paisajes y escenas de naturaleza (Nature) a fotografías urbanas (Oslo Project) o abstractas composiciones (Bent Stories) o, incluso, publicidad (Assignments).

• La luz y el color siguen siendo el eje sobre el que gira su trabajo y que acentúa el efecto visual de su obra.

• Las nuevas tecnologías, incluidos el 3D, también son una de las bases en las que se cimienta su trabajo, aunque estas no son suficientes a no ser que haya una buena base creativa de fondo, como es su caso.

http://www.cadadiaunfotografo.com

Fredrik Ödman - Parte 1

Fredrik Ödman es un fotógrafo sueco (nacido en Ängelholm) que tiene la capacidad de crear una realidad alternativa, difuminando los límites entre la fotografía y la pintura. Sus expresiones experimentales son sorprendentes, lo que del gusto de muchos de sus clientes, demostrando en sus montajes fotográficos una habilidad técnica extraordinaria. 


Me encantan las imágenes con una gran riqueza de detalles, las imágenes en las que el espectador sigue descubriendo nuevos detalles, que le llevan a profundizar más en la imagen.
Muchos artistas se sumergen en la técnica y eso no es bueno. Es posible realizar fotografías excelentes con una cámara barata, pero no se pueden hacer con el equipo más caro si no se ha desarrollado el talento y los conocimientos.  Asimismo, no importa cómo se creó una imagen, es el resultado final lo que es importante.

martes, 8 de julio de 2014

Objetos perdidos


Por veredas de sueño y habitaciones sordas
tus rendidos veranos me acechan con sus cantos.
Una cifra vigilante y sigilosa
va por los arrabales llamándome y llamándome,
pero qué falta, dime, en la tarjeta diminuta
donde están tu nombre, tu calle y tu desvelo,
si la cifra se mezcla con las letras del sueño,
si solamente estás donde ya no te busco.

Julio Cortázar


jueves, 3 de julio de 2014

Pan

El origen del dios de la naturaleza Pan no está muy claro, ya que en algunas versio­nes es hijo de Hermes y en otras lo es de Zeus, de Apolo e incluso de Cronos. Tampoco se conoce la identidad de su madre. Su nombre pudo ser Dríope, o quizá Calixto. Quien quiera que fuese, no hay duda de que después de su nacimiento quedó tan sorprendida por la apariencia del bebé, extremadamente hirsuto, con cuer­nos, patas y cola de cabra, que huyó inmediatamente. Afortunadamente las ninfas se apiadaron de él y le llevaron a Arcadia, una deliciosa región llena de bosques y montañas.
Pan era un dios sensual, que se pasaba el día persiguiendo a las ninfas y que tuvo una enorme descendencia con ellas. No sólo las ninfas fueron víctimas de sus caprichos, sino que también sedujo a Selene, la diosa de la Luna, disfrazándose de cordero. La ninfa Siringe, una fanática seguidora de la virginal Artemisa, no tenía intención de caer en sus garras y huyó a la ribera del río Ladón, donde las otras ninfas la protegieron transformándola en brotes de hiedra a petición propia. Después, Pan se hizo su flauta o siringe con los brotes de esa misma hiedra y aprendió a tocar con un aire quejumbroso hasta llegar a compe­tir con Apolo y su lira. Apolo ganó el con­curso, a pesar del apoyo de Midas, el des­graciado rey frigio, que prefería la manera de tocar de pan, por lo que el dios le castigó obligándole a llevar orejas de burro (ver Apolo y Midas).
Como dios de los bosques y de los campos, Pan vigilaba la fertilidad de los rebaños. Se trataba de un dios benevolente al que le gustaba vivir al aire libre. No obstante, cualquiera que le molestase descubriría su otra cara, pues podía enfurecer y hacer temblar de miedo a los demás: de ahí la palabra «pánico». También podía sembrar el terror entre los ejércitos. Según los atenienses, hizo huir a los soldados persas durante la batalla de Maratón, en el 490 a.C, en la que los griegos estaban en desventaja. Un altar dedicado a Pan en Atenas muestra el agradecimiento de Atenas por su ayuda.
Los dioses romanos Silvano y Fauno se identificaban con Pan, aunque el último se diferencia de él en varios aspectos

miércoles, 2 de julio de 2014

Nocturno



Tengo esta noche las manos negras, el corazón sudado
como después de luchar hasta el olvido con los ciempiés del humo.
Todo ha quedado allá, las botellas, el barco,
no sé si me querían, y si esperaban verme.
En el diario tirado sobre la cama dice encuentros diplomáticos,
una sangría exploratoria lo batió alegremente en cuatro sets.
Un bosque altísimo rodea esta casa en el centro de la ciudad,
yo sé, siento que un ciego está muriéndose en las cercanías.
Mi mujer sube y baja una pequeña escalera
como un capitán de navío que desconfía de las estrellas.
Hay una taza de leche, papeles, las once de la noche.
Afuera parece como si multitudes de caballos se acercaran
a la ventana que tengo a mi espalda.



Julio Cortázar

Técnicas de Rubens y Rembrandt

lunes, 30 de junio de 2014

Buitres

Érase un buitre que me picoteaba los pies. Ya había desgarrado los zapatos y las medias y ahora me picoteaba los pies. Siempre tiraba un picotazo, volaba en círculos inquietos alrededor y luego proseguía la obra.

Pasó un señor, nos miró un rato y me preguntó por qué toleraba yo al buitre.
-Estoy indefenso -le dije- vino y empezó a picotearme, yo lo quise espantar y hasta pensé torcerle el pescuezo, pero estos animales son muy fuertes y quería saltarme a la cara. Preferí sacrificar los pies: ahora están casi hechos pedazos.

-No se deje atormentar -dijo el señor-, un tiro y el buitre se acabó.

-¿Le parece? -pregunté- ¿quiere encargarse del asunto?

-Encantado -dijo el señor- ; no tengo más que ir a casa a buscar el fusil, ¿Puede usted esperar media hora más?

- No sé -le respondí, y por un instante me quedé rígido de dolor; después añadí -: por favor, pruebe de todos modos.

-Bueno- dijo el señor- , voy a apurarme.

El buitre había escuchado tranquilamente nuestro diálogo y había dejado errar la mirada entre el señor y yo. Ahora vi que había comprendido todo: voló un poco, retrocedió para lograr el ímpetu necesario y como un atleta que arroja la jabalina encajó el pico en mi boca, profundamente. Al caer de espaldas sentí como una liberación; que en mi sangre, que colmaba todas las profundidades y que inundaba todas las riberas, el buitre irreparablemente se ahogaba.

Franz Kafka


El perro del hortelano


Probablemente, lo que más le gustaba al buey era la comida. Si le gustaban más otras cosas, no las recordaba. Además, estaba demasiado atareado: araba durante todo el día, arrancaba los tocones de los árboles o arrastraba una enorme carreta para su amo. Al llegar la noche, se sentía cansado y le dolían los pies, pero, sobre todo, quería cenar.
Al terminar un fatigoso día, cuando ?sentía más hambre que nunca, tuvo que recorrer cinco largos kilómetros para volver a la casa. Después de beber agua fresca, se arrastró trabajosamente, con toda la rapidez posible, hasta su pesebre. No era glotón. Sólo quería comida suficiente para un buey.
Pero esa noche, apenas metió el hocico en el fragante heno de su pesebre, despertó a un terrible perro que dormía allí, que quiso morderlo. El buey retrocedió, parpadeó con sus pacientes ojos pardos y esperó. Cuando el perro dejó de ladrar y de gruñir y volvió a acostarse, el buey intentó nuevamente mordisquear un poco de heno, esta vez del rincón más alejado del pesebre. Con repentino gruñido, el perro se levantó de un salto y le mordió la blanda nariz.
Ahora bien, el buey siempre había tratado de mostrarse conciliador. Nunca se excitaba, y si aborrecía algo, eran las peleas. Pero el perro estaba tendido sobre su heno y él había mordisqueado lo suficiente para que se le acentuara el apetito. Era un animal de pocas palabras, pero, después de soportar otros diez minutos de salvajes ladridos del perro, decidió que debía decir algo al respecto, algo que los demás cuadrúpedos -y también los bípedos- pudieran recordar con provecho.
-Perro -declaró, con su tono más grave-. No te comprendo muy bien. Si quieres mi cena, estoy dispuesto a compartirla contigo. Pero a los perros no les gusta el heno y tú ni lo comes ni me dejas comerlo. Todo ser que impide que los demás tomen lo que él mismo no puede disfrutar, es un bribón y un ente molesto. Además, me estoy sintiendo fastidiado -agregó el buey, con tono más serio aún-. ¡De veras!
Después de haber pronunciado este discurso, retrocedió y bajó con aire amenazador la maciza cabeza. El perro miró sus ojos fulgurantes y salió del pesebre.
-En realidad, yo no me proponía hacerle daño -se dijo el buey, mientras mascaba su heno-. Pero no habría hecho mal en propinarle un par de coces. Todos los que no pueden ver cómo los demás disfrutan de la vida, debieran recibir una buena lección.


viernes, 27 de junio de 2014

Herbie Hancock



Nacido en Chicago el 12 de abril de 1940, Herbert Jeffrey Hancock puso por primera vez las manos sobre un teclado a los siete años. Esta predisposición lo favoreció en el desarrollo de sus estudios. Hancock ensayaba con discos de George Shearing y de Oscar Peterson, asimilando sus estilos. Realizó un curso de ingeniería en el Grimmel College (en el estado de lowa), y después de 1956, formó una big band de diecisiete miembros.

Enseguida empezó a firmar los primeros arreglos, bastante influidos por el estilo del pianista Bill Evans. Más tarde, tras especializarse en composición, regresó a Chicago y emprendió una intensa actividad concertística en los clubs. El primer golpe de suerte se produjo en el invierno de 1960, cuando el pianista de la orquesta de Donald Bird quedó bloqueado en la nieve durante un traslado; Hancock lo sustituyó y se convirtió, a la edad de veinte años, en miembro estable del grupo. Gracias a esta experiencia, Hancock pudo grabar su primer álbum, 'Takin' off' (Blue Note, 1962); la formación era un quinteto con Freddie Hubbard a la trompeta, Dexter Gordon (al que Hancock volvió a encontrar cuatro años después) en el saxo tenor, Hancock al piano, Butch Warren al bajo y Billy Higgins a la batería.


Después ingresó en el Miles Davis Group, en el que realizó un decisiva aportación); este célebre quinteto estaba compuesto, además, por el contrabajista Carter, el saxofonista Wayne Shorter y el batería Tony Williams. Durante algún tiempo compaginó su colaboración con Davis, con la grabación de un notable número de discos, ente los que se encuentra la banda sonora de la película 'Blow up', de Michelangelo Antonioni. Artista inteligente, astuto y con un gran sentido del mercado, Hancock empezó a explorar nuevos caminos con 'Mwandishi' (CBS, 1971). EI camino tomado fue el de un jazz funk altamente tecnificado, como se puede apreciar en los álbumes 'Headhunters', 'Thrust', 'Man Child' y 'Secrets' (todos grabados para CBS en aquellos años). 'Head hunters', en particular, quedó como piedra angular del jazz-funk, gracias también a un inesperado éxito comercial.

El disco permaneció a la cabeza de las listas jazz de Billboard durante muchas semanas, conquistando un público poco habituado a esta música. Los diferentes estilos abordados por Hancock se hallan reunidos en un histórico concierto realizado en el Madison Square Garden, en el que se alternan sus compañeros de aventura y que abarca desde el hard-bop hasta el funk puro. Este concierto quedó grabado en el doble álbum 'V.S.O.P'. Estas siglas dieron nombre a la formación acústica que repitió la hazaña del quinteto davisiano, con Fredie Hubbard haciendo las veces de Miles Davis. Con este grupo Hancock produjo un par de álbumes en directo. También grabó dos álbumes de piano solo (puros ejercicios de virtuosismo a dúo con Chick Corea. Ambos álbumes se titulan 'An evening with...': sólo cambia el orden de aparición, también en el título, de los dos protagonistas. A pesar de estas "divagaciones", siguió trabajando con el jazz-funk, como 'Monster' (CBS, 1980), en el que colabora Carlos Santana, 'Mister Hands' (CBS, 1980) y 'Magic Windows' (CBS, 1981), con la colaboración del guitarrista Adrian Belew y de una batería digital Linn LMI. En 1983 apareció 'Future shock' (CBS), álbum en el cual Hancock se une al funk computerizado, gracias a la colaboración con 'The Material', de Bill Laswell.


Al mismo tiempo, Hancock recorría Europa con un quinteto acústico que incluía a los hermanos Winton y Brandford Marsalis en la sección de viento. Finalmente, en 1986, se produjo la última metamorfosis. El director francés Bernard Tavernier ofreció a Hancock el encargo de la banda sonora de la película 'Round midnight': las sesiones reunieron al vocalista Bobby McFerrin, al guitarrista John McLaughlin, al trompetista Chet Baker, al batería Billy Higgins, al saxo tenor Dexter Gordon, más el resto de los componentes del ya citado quinteto V.S.O.P. Artista polifacético y casi camaleónico, Herbie Hancock vive las contradicciones de una época, oscilando entre el hard-bop y la música de baile de las discotecas.

Pagina Oficial:  http://www.herbiehancock.com
http://historiasderock.es.tl/Herbie-Hancock.htm

jueves, 26 de junio de 2014

El perro que perdió su hueso


El viejo perro sujetaba firmemente su grande y carnoso hueso entre las mandíbulas y empezó a cruzar el angosto puente que llevaba al otro lado del arroyo. No había llegado muy lejos cuando miró y vio lo que parecía ser otro perro en el agua, allá abajo. Y, cosa extraña, aquel perro también llevaba un enorme hueso.
No satisfecho con su excelente cena, el perro, que era voraz, decidió que podía, quizá, tener ambos huesos. Entonces, gruñó y lanzó un amenazador ladrido al perro del agua y, al hacerlo, dejó caer su propio hueso en el denso barro del fondo del arroyo. Cuando el hueso cayó, con un chapoteo, el segundo perro desapareció…, porque, desde luego, sólo era un reflejo.
Melancólicamente, el pobre animal vio cómo se esfumaban los rizos del agua y luego, con el rabo entre las patas, volvió a su casa hambriento. ¡Estúpido! Había soltado algo que era real, por tratar de conseguir lo que sólo era una sombra.



miércoles, 25 de junio de 2014

This is where we fight





Una locuraaaa!!!

La caña y el roble


El viento soplaba en grandes ráfagas. Las espigas de trigo se tendían bajo los golpes de la borrasca. Los esbeltos árboles de la selva se inclinaban humildemente, y los animales corrían en busca de refugio. El estruendo del viento cantaba entre las copas de los árboles, fustigaba la superficie del estanque de los lirios, trocándola en espuma, y daba vueltas a las anchas y lisas hojas de las plantas acuáticas.
Pero el viejo roble seguía erguido c inmutable en el linde del bosque y no se doblaba bajo la furia de la tormenta.
-¿Por que no te inclinas cuando el viento golpea tus ramas? preguntó la esbelta caña?. Yo sólo soy una frágil caña. Me balanceo con cada ráfaga.
Desdeñosamente, el roble replicó:
-¡Bah, eso no es nada! Las tormentas que he soportado y vencido son innumerables.
La tormenta lo oyó y sopló furiosamente. El luminoso zigzag de un relámpago rasgó la oscuridad del cielo, y la lluvia azotó con fuerza el ramaje del poderoso roble. Pero el árbol resistió impasible.
Por fin, pasó la tempestad, asomó el sol por encima de una nube, sonrió a la Tierra que estaba allá abajo y volvió a reinar la calma.
Entonces, salieron del claro los leñadores, blandiendo sus hachas v cantando alegremente. Iban a talar el gigantesco roble.
Éste se mantuvo erguido con firmeza, recibiendo valerosamente los golpes, cuando la filosa hoja del hacha lo hería. Luego, al balancearse su enorme tronco, profirió un terrible gemido y se desplomó con estruendo atronador. Los leñadores le cortaron las ramas, lo ataron y se lo llevaron del bosque, donde había estado en pie durante tantos años.
La esbelta caña, firme y erecta en su sitio, suspiró con lástima.
-¡Qué desgracia! -exclamó?. ¡Pobre roble! ¡Éramos tan buenos amigos!



lunes, 23 de junio de 2014

Un artista del trapecio - Parte 2




Una vez que viajaban, el artista en la redecilla como soñando, y el empresario recostado en el rincón de la ventana, leyendo un libro, el hombre del trapecio le apostrofó suavemente. Y le dijo, mordiéndose los labios, que en lo sucesivo necesitaba para su vivir, no un trapecio, como hasta entonces, sino dos, dos trapecios, uno frente a otro.

El empresario accedió en seguida. Pero el trapecista, como si quisiera mostrar que la aceptación del empresario no tenía más importancia que su oposición, añadió que nunca más, en ninguna ocasión, trabajaría únicamente sobre un trapecio. Parecía horrorizarse ante la idea de que pudiera acontecerle alguna vez. El empresario, deteniéndose y observando a su artista, declaró nuevamente su absoluta conformidad. Dos trapecios son mejor que uno solo. Además, los nuevos trapecios serían más variados y vistosos.

Pero el artista se echó a llorar de pronto. El empresario, profundamente conmovido, se levantó de un salto y le preguntó qué le ocurría, y como no recibiera ninguna respuesta, se subió al asiento, lo acarició y abrazó y estrechó su rostro contra el suyo, hasta sentir las lágrimas en su piel. Después de muchas preguntas y palabras cariñosas, el trapecista exclamó, sollozando:

-Sólo con una barra en las manos, ¡cómo podría yo vivir!

Entonces, ya fue muy fácil al empresario consolarlo. Le prometió que en la primera estación, en la primera parada y fonda, telegrafiaría para que instalasen el segundo trapecio, y se reprochó a sí mismo duramente la crueldad de haber dejado al artista trabajar tanto tiempo en un solo trapecio. En fin, le dio las gracias por haberle hecho observar al cabo aquella omisión imperdonable. De esta suerte, pudo el empresario tranquilizar al artista y volverse a su rincón.

En cambio, él no estaba tranquilo; con grave preocupación espiaba, a hurtadillas, por encima del libro, al trapecista. Si semejantes pensamientos habían empezado a atormentarlo, ¿podrían ya cesar por completo? ¿No seguirían aumentando día por día? ¿No amenazarían su existencia? Y el empresario, alarmado, creyó ver en aquel sueño, aparentemente tranquilo, en que habían terminado los lloros, comenzar a dibujarse la primera arruga en la lisa frente infantil del artista del trapecio.

Franz Kafka 



Herbie Hancock - Actual Proof

Un artista del trapecio - Parte 1




Un artista del trapecio -como se sabe, este arte que se practica en lo alto de las cúpulas de los grandes circos es uno de los más difíciles entre todos los asequibles al hombre- había organizado su vida de tal manera -primero por afán profesional de perfección, después por costumbre que se había hecho tiránica- que, mientras trabajaba en la misma empresa, permanecía día y noche en el trapecio. Todas sus necesidades -por otra parte muy pequeñas- eran satisfechas por criados que se relevaban a intervalos y vigilaban debajo. Todo lo que arriba se necesitaba lo subían y bajaban en cestillos construidos para el caso.

De esta manera de vivir no se deducían para el trapecista dificultades con el resto del mundo. Sólo resultaba un poco molesto durante los demás números del programa, porque como no se podía ocultar que se había quedado allá arriba, aunque permanecía quieto, siempre alguna mirada del público se desviaba hacia él. Pero los directores se lo perdonaban, porque era un artista extraordinario, insustituible. Además era sabido que no vivía así por capricho y que sólo de aquella manera podía estar siempre entrenado y conservar la extrema perfección de su arte.

Además, allá arriba se estaba muy bien. Cuando, en los días cálidos del verano, se abrían las ventanas laterales que corrían alrededor de la cúpula y el sol y el aire irrumpían en el ámbito crepuscular del circo, era hasta bello. Su trato humano estaba muy limitado, naturalmente. Alguna vez trepaba por la cuerda de ascensión algún colega de turné, se sentaba a su lado en el trapecio, apoyado uno en la cuerda de la derecha, otro en la de la izquierda, y charlaban largamente. O bien los obreros que reparaban la techumbre cambiaban con él algunas palabras por una de las claraboyas o el electricista que comprobaba las conducciones de luz, en la galería más alta, le gritaba alguna palabra respetuosa, si bien poco comprensible.
A no ser entonces, estaba siempre solitario. Alguna vez un empleado que erraba cansadamente a las horas de la siesta por el circo vacío, elevaba su mirada a la casi atrayente altura, donde el trapecista descansaba o se ejercitaba en su arte sin saber que era observado.

Así hubiera podido vivir tranquilo el artista del trapecio a no ser por los inevitables viajes de lugar en lugar, que lo molestaban en sumo grado. Cierto es que el empresario cuidaba de que este sufrimiento no se prolongara innecesariamente. El trapecista salía para la estación en un automóvil de carreras que corría, a la madrugada, por las calles desiertas, con la velocidad máxima; demasiado lenta, sin embargo, para su nostalgia del trapecio.
En el tren, estaba dispuesto un departamento para él solo, en donde encontraba, arriba, en la redecilla de los equipajes, una sustitución mezquina -pero en algún modo equivalente- de su manera de vivir.
En el sitio de destino ya estaba enarbolado el trapecio mucho antes de su llegada, cuando todavía no se habían cerrado las tablas ni colocado las puertas. Pero para el empresario era el instante más placentero aquel en que el trapecista apoyaba el pie en la cuerda de subida y en un santiamén se encaramaba de nuevo sobre su trapecio. A pesar de todas estas precauciones, los viajes perturbaban gravemente los nervios del trapecista, de modo que, por muy afortunados que fueran económicamente para el empresario, siempre le resultaban penosos.

miércoles, 18 de junio de 2014

Creía yo



No a todo alcanza Amor, pues que no puedo
romper el gajo con que Muerte toca.
Mas poco Muerte puede
si en corazón de Amor su miedo muere.
Mas poco Muerte puede, pues no puede
entrar su miedo en pecho donde Amor.
Que Muerte rige a Vida; Amor a Muerte.

Macedonio Fernández

viernes, 13 de junio de 2014

LA GUERRA AL MALÓN - Parte 3



Un minuto más tarde volvió el mozo trayendo un chorizo cocido y el pan pedido por el alférez. Mi amigo Requejo devoró el lastre en un santiamén, se echó la ginebra al cuerpo de un solo trago y, levantándose, estiró los brazos, soltó diversas patadas al aire y acomodándose el kepi sobre la ceja derecha -así lo disponían entonces los reglamentos-, me llevo al andén.

Un momento de paseo y al coche. Íbamos a salir para Mercedes, en donde se almorzaba.
Omito la descripción de ese viaje, monótono y sin interés alguno, hasta Chivilcoy.
Allá debían empezar mis tribulaciones. Se entraba en el desierto, y esa entrada tenía que ser solemne e imponente para un recluta como yo.
No me acuerdo bien, pero creo que llegamos a Chivilcoy -cabecera entonces del Ferrocarril del Oeste- a eso de las tres de la tarde. Desde allí a Junín, la cruzada se hacía en mensajeria, no de un tirón, sino pasando la noche en Chacabuco.

 Apenas bajados del tren, abordaron al alférez Requejo el comisario de policía y el mayoral de la galera.
Había malísimas noticias. Un grupo de indios considerable, mandados por el mismísimo Pincén, estaban "adentro" haciendo fechorías. Se había sentido el malón a inmediaciones de Rojas y de Pergamino y, según los datos que se tenían, no sería difícil que la indiada pretendiese salir a la altura de Junín. Como podríamos tropezar con ella, era bueno que fuésemos prevenidos. Por lo pronto, convenía salir en el acto, a fin de llegar a Chacabuco antes de la noche. Los caminos se hallaban intransitables a consecuencia de las lluvias y la mancarronada, como de costumbre, en deplorable estado.

La galera estaba lista para salir, y si el alférez Requejo no disponía lo contrario podríamos prenderle, desde luego. Cuando antes mejor.
 -Y a todo esto -pregunto el mayoral dirigiéndose al alférez-, ¿son muchos ustedes?
 -Suficiente para que usted no se muera de susto en el camino -contestó sonriendo mi oficial-, y demasiados para las fuerzas de sus matungos... Somos, yo, el sargento Acevedo, el cabo Rivas y este jovencito. Pero no tenemos gran equipaje: apenas las armas, una valija (se trataba de la mía) y dos pares de maletas.
 ¿Hay muchos pasajeros más?
 -Dos solamente -respondió el mayoral: el capataz de don Ataliva Roca y un galleguito que va de mozo para el hotel de Chacabuco.

-Entonces, en marcha -repuso el alférez. Y acompañados del comisario y del mayoral, seguidos de los milicos, que se habían hecho cargo de mi valija, salimos de la estación con rumbo al hotel, delante del cual estaba la galera lista para ponerse en camino. 

LA GUERRA AL MALÓN - Parte 2

II
  Inventaría si pretendiese describir ahora las impresiones que iban grabándose en mi espíritu mientras el  tren se alejaba de la ciudad, cruzando la calle del  Parque y luego la de Corrientes, para hacer su primer  alto en la estación del Once. Estaba perfecta y absolutamente atolondrado.
 Aquella partida tan brusca y tan inesperada, para un lugar tan remoto y con un destino tan misterioso, eran cosas que no cabían en la conciencia de un niño: no hay objetivo que recoja impresiones más allá del campo visual que permite la curvatura de la tierra.
 Cuando llegamos a Flores el oficial me dirigió la palabra:
 -¿Como dice que se llama usted?
 -Fulano de Tal.
 -¿Que edad tiene?
 -Catorce años.
 -¿Cumplidos?
 -No, señor; cumplo en julio.
 -¿Y quien diablos le ha metido a usted en la cabeza ser militar?...
 -¿A mí? Nadie.
 -¿Cómo nadie?... ¿Acaso el juez de menores?...
 -No, señor. Mi padre es quien desea que me haga oficial. El me ha puesto en el Ejército.
 -Bueno, amigo. Su padre es un salvaje, y no sabe lo que es canela. Cuando menos se ha figurado que mandarlo a usted a un regimiento que está en la frontera, primera línea, es como ponerlo pupilo en los jesuitas. Allá va a tener que hamacarse y sudar sangre. He visto llorar hombres... para cuanto más un chico... ¡ La gran flauta! Si yo fuera Rosas, lo hacía venir a su padre con nosotros, ya vería lo que son pastillas.
 Y cambiando de tono, esforzándose por dar a su rostro, curtido por la intemperie, y a su voz, un tanto enronquecida en el mando, un acento cariñoso, prosiguió:
 - La primera obligación del recluta que llega a una compañía es saber el nombre de sus cabos, sargentos y oficiales... Vaya aprendiendo, ¿eh?... Yo me llamo el alférez Lorenzo Requejo y mando la escolta del coronel Villegas, veinticinco hombres así (y apretaba los dientes y mostraba el puño). A usted me figuro que lo destinarán a la banda... aunque no... ¿De qué va usted?...
 -¿ De que voy? -contesté-. ¡Qué se yo de qué voy!
 Y sacando del bolsillo del saco el nombramiento de la Inspección de Armas, se lo mostré.
 El alférez Requejo tomó el pliego, lo desdobló cuidadosamente, miró largo rato lo escrito y, con los ojos medio llorosos, me lo devolvió diciendo:
 -Lea usted... he dejado los anteojos en el baúl.
 ¡Ah! -exclamó cuando hube leído-. Usted va de aspirante... Es otra cosa... Qué banda ni qué banda... lo darán de alta en una compañía... los aspirantes ascienden a oficiales, cuando no se mueren o piden la baja. ¿Sabe andar a caballo?
 -Un poco, señor.
 -Un poco no basta... Hace falta saber mucho... ser jinete... animársele a "cualesquier" mancarrón... aunque para el caso es lo mismo, porque si no se anima lo han de obligar. La carrera militar es así. Se hace lo que mandan y no lo que uno quiere. Para eso el superior tiene en la mano todos los resortes... los resortes y el poder... Y si no, vea. ¿Ahora es de día o de noche?
 -Es de día -repuse mirando con asombro al alférez Requejo.
 -Bueno, ¿y si yo dijera que es de noche?
 -Sostendría que está usted equivocado.
 El alférez me clavo la mirada, una mirada verdaderamente feroz, y prosiguió:
 -Lo pondría de plantón.
 -Repetiría que no es de noche.
 -Le acomodaría una paliza.
 -Pero no sería de noche.
 -Una estaqueadura.
 -No anochecería por eso.
 -¿Qué no? Le haría acomodar cuatro tiros y veríamos después quien quedaba con la palabra y la razón.
 La amenaza de los cuatro tiros me produjo una sensación de frío inexplicable. Tuve ganas de disparar, pero me faltaron las fuerzas y el coraje. En estas ocasiones se aplican todos los fenómenos de la hipnotización.
 El alférez se dio cuenta de que me había asustado demasiado y, soltando una carcajada sonora y vibrante, exclamó:
 -¡Óiganle al maula! Ha visto, amigo, que cuando el superior dice que el día es noche así no más tiene que ser. ¿Que me dice ahora? ¿Es de noche o no?
 -Si, señor -repuse humildemente; y desde ese momento adquirí las primeras nociones del arte militar; ese arte admirable que pretende llegar, en sus creaciones, a la sublimidad del genio, teniendo por base este lema: "¡Obediencia pasiva y absoluta!"
 En Merlo, el tren se detenía un cuarto de hora.
 Bajamos del coche, según el alférez Requejo, para desentumir las tabas, pero en realidad para meternos en la confitería.
 -Vamos amigo -dijo-, a matar el gusano. ¿Qué toma usted?
 Yo tenía un apetito de todos los diablos y le compré una empanada a una mulata que andaba ofreciendolas "calientes y sabrosas por un peso".
 El alférez llamó al mozo y le explicó lo que deseaba: una ginebra con bíter... para él. Para los milicos que estaban en el coche de segunda un vasito de caña con limonada, no muy lleno, porque podía hacerles daño.
 En seguida empuño la copa que acababan de servirle, la llevó a los labios y, volviendo a ponerla sobre la mesa sin tocarla, gritó:
 -¡Mozo! Tráigame un chorizo y un pan francés.
 Y mirándome, como si quisiera darme un buen consejo, prosiguió:
 -Estos ginebrones suelen ser ariscos cuando se les monta en pelo... mejor es echar primero un poco de lastre en el estómago.

jueves, 12 de junio de 2014

LA GUERRA AL MALÓN

 
I


  Cuando ingresé al Ejército, allá por mayo de 1877, el  tren que debía llevarme hasta Chivilcoy, cabecera entonces del Ferrocarril del Oeste, salía de la estación del  Parque y del mismo lugar en donde ahora se levanta,  soberbio e imponente, el teatro Colón.

Y no debe sorprender que el tren tuviese su punto de partida en el centro de la ciudad, si se considera que el desierto empezaba ahí nomás, a cuarenta leguas de la casa de gobierno.
Entonces los indios, señores soberanos de la pampa, se daban el lujo de traer sus invasiones hasta las puertas de Buenos Aires, no siendo extraño que el malón quemase las mejores poblaciones de Olavarría, Sauce Corto, la Blanca Grande, 25 de Mayo, Junín, Pergamino, etc.

Aquellas épocas -y no pertenecen a la edad de piedra, ni siquiera a la de bronce- han sido ya olvidadas,  y con ellas los pobres y heroicos milicos, cuyos restos blanquean, acaso confundidos con las osamentas del  ganado, a orillas de las lagunas o en el fondo de los  médanos.

Pero, dejemos a un lado las digresiones históricas  y vengamos al Parque.
 Mi padre, que había creído descubrir en mí todos los caracteres de un guerrero, me encajó de cadete, por no meterme de fraile, y, para que ganase en buena ley los galones, eligió para mi debut un regimiento que se hallaba en la frontera, primera línea. Una mañana fui llevado a la estación, entregado al alférez Requejo, que regresaba con un sargento y dos soldados a Trenque Lauquen, y... en marcha.


del  Comandante Manuel  Prado