viernes, 2 de junio de 2017

El gigante Verlioka - Parte 3


Y mientras Verlioka se divertía en la orilla, yo le gritaba sentada en el agua: ‘¡Ay!, ¡Ay!’ Entonces él, después de matar a aquel pobre hombre, corrió a mí, gritándome: ‘¡Yo te enseñaré a defender a los demás!’ Y me cogió por la cola. Pero yo nunca he sido cobarde y, haciendo un esfuerzo, me escapé, dejando mi cola entre sus manos espantosas. Claro está que la cola no es una cosa imprescindible; pero, de todos modos, siento haberla perdido y nunca se lo perdonaré a Verlioka. Desde entonces no soy tan tonta, y ya no grito ‘¡Ay!, ¡Ay!’, Si no que siempre apruebo: ‘¡Así!, ¡Así!, ¡Así!’; de lo que resulta que vivo más tranquila y la gente me respeta más. Todos dicen: ‘Esta Oca no tendrá cola, pero es muy lista.’
— Está bien — dijo el anciano—; entonces, ¿podrás enseñarme dónde vive Verlioka?
— ¡Así! ¡Así! — Contestó la Oca, saliendo del agua, y balanceándose sobre sus torpes patas se encaminó por la orilla, delante del anciano.

Así anduvieron hasta que se encontraron en el camino una Cuerdecita, que les dijo:
— Buenos días, abuelito.
— Buenos días, Cuerdecita.
— ¿Cómo estás? ¿Adónde vas?
— Estoy ni bien ni mal y voy a castigar a Verlioka, quien ha ahogado a mi vieja mujer y matado a mis dos nietas. ¡Tan hermosas y buenas como eran!
— Conocía a tus nietas y a tu mujer y quiero ayudarte. ¡Llévame contigo!
El anciano pensó: ‘¡Quién sabe! Quizá me sirva para atar a Verlioka.’ 
Y contestó:
— Pues bien, ven con nosotros si conoces el camino. La Cuerdecita se arrastró tras ellos como si fuese una culebra. 

Anduvieron los tres un buen rato y vieron un Pisón tendido en la carretera, el cual les dijo:
— Buenos días, abuelito.
— Buenos días, Pisón.
— ¿Cómo estás? ¿Adónde vas?
— Estoy ni bien ni mal y voy a castigar a Verlioka, que ha ahogado a mi vieja mujer y matado a mis dos nietas. ¡Si supieses qué hermosas y buenas eran!
— Llévame contigo y te ayudaré.
— Bueno, anda si conoces el camino — le dijo el anciano, pensando: ‘Realmente, el Pisón podrá ayudarnos mucho.’


jueves, 1 de junio de 2017

El gigante Verlioka - Parte 2


El anciano, cansado de esperarlas, perdió la paciencia y dijo a su mujer:
— ¿Por qué tardan tanto en volver las niñas? Se habrán entretenido charlando con los mozos; mientras tanto los gorriones devorarán mis guisantes. Ve y llámalas a casa.
La anciana bajó de su lecho, sobre la estufa, cogió un bastón, salió al patio y se encaminó al huerto, donde se encontró a sus nietas sin vida; al percibir a Verlioka comprendió que aquella desgracia era obra del gigante, y, llena de dolor y de ira, se abalanzó a él y se agarró a sus barbas, con lo que Verlioka la mató con mucha más facilidad.

En tanto, el anciano, lleno de impaciencia, se levantó de la mesa, rezó sus oraciones y se fue despacito al huerto para ver lo que les había sucedido a su mujer y a sus nietas. Una vez allí vio a sus queridas niñas tendidas en el suelo como si durmiesen tranquilamente; pero una de ellas tenía toda la frente ensangrentada y en el cuello de la otra se veía la señal de cinco dedos; en cuanto a la anciana, estaba tan destrozada que era imposible reconocerla.

El desgraciado viejo lloró con desconsuelo, gimiendo y lamentándose durante un largo rato; pero poco a poco se tranquilizó, volvió a su cabaña, cogió un cayado de hierro y, lleno de ira y de ideas de venganza, se dirigió en busca de Verlioka para matarlo.

Después de andar bastante tiempo llegó a un estanque donde estaba nadando una Oca sin cola, la cual al ver al anciano empezó a gritarle:
— ¡Así! ¡Así! Estaba segura de que vendrías; por eso te esperaba. 
— ¿Cómo te va, abuelo?
— Buenos días, Oca. ¿Por qué me esperabas?
— Porque sabía que no perdonarías ni aun al mismo Verlioka la muerte de tu mujer y de tus nietas.
— ¿Y tú conoces a ese monstruo?
— ¡Ya lo creo! ¿Cómo no he de conocerle? Me acuerdo muy bien del día en que se puso a pegar en este mismo sitio a un desgraciado. Yo entonces tenía la costumbre de decir ¡Ay!, ¡Ay!, 


El gigante Verlioka - Parte 1




En tiempos remotos vivían en una cabaña un anciano con su mujer y dos nietas huérfanas, y tan preciosas y dóciles, que sus abuelos estaban constantemente alabándolas.


Un día el anciano sembró en su huerto guisantes. Los guisantes crecieron y se cubrieron de flores; el anciano contemplaba su huerto con gran satisfacción, pensando para sus adentros: ‘Durante todo el invierno próximo podré comer pasteles con guisantes.’

Pero, para desgracia del anciano, los gorriones invadieron el huerto y empezaron a picotear los guisantes. Viendo en peligro su cosecha, mandó a su nieta menor que espantase los gorriones, y ésta, provista de una rama seca, se sentó en el huerto al lado de los guisantes y empezó a amenazar a los pájaros malhechores, gritándoles:
— ¡Fuera, fuera, gorriones! ¡No os comáis los guisantes de mi abuelito!

De pronto se oyó un espantoso ruido por el lado del bosque y apareció el gigante Verlioka. Era de un aspecto terrible: tenía un solo ojo, la nariz como un garfio, la barba como un haz de paja, el bigote de una vara de largo y la cabeza cubierta con púas de puerco espín; andaba apoyándose en un enorme cayado y sonreía con una sonrisa espantosa.

Cuando se encontraba con algún ser humano lo estrechaba entre sus robustos brazos hasta que le hacía crujir los huesos y lo mataba. No tenía piedad ni de viejos ni de jóvenes, y lo mismo acometía a los cobardes que a los valientes. Apenas Verlioka divisó a la nieta del anciano, la mató con su cayado.

El abuelo esperó un rato a la niña, y al ver que no volvía, envió a buscarla a su nieta mayor; pero Verlioka la mató también.

viernes, 21 de abril de 2017

LA MUFA



Vos ves la Cruz del Sur,
respirás el verano con su olor a duraznos,
y caminás de noche
mi pequeño fantasma silencioso
por ese Buenos Aires,
por ese siempre mismo Buenos Aires.
Quizá la más querida

Me diste la intemperie,
la leve sombra de tu mano
pasando por mi cara.
Me diste el frío, la distancia,
el amargo café de medianoche
entre mesas vacías.

Siempre empezó a llover
en la mitad de la película,
la flor que te llevé tenía
una araña esperando entre los pétalos.

Creo que lo sabías
y que favoreciste la desgracia.
Siempre olvidé el paraguas
antes de ir a buscarte,
el restaurante estaba lleno
y voceaban la guerra en las esquinas.

Fui una letra de tango
para tu indiferente melodía.

Julio Cortázar
http://www.los-poetas.com

martes, 18 de abril de 2017

Jacques y Victoria - Parte 4


Sabiduría del final

Las distancias y los parecidos los empujarán hacia una absorbente y agitada aventura amorosa de visitas relámpago, de viajes breves y larguísimas conversaciones. Si nos atenemos a las cartas, no se mantuvieron juntos en la cima más de tres meses. Parece que el teléfono tuvo un papel destacado; ese gadget evitado a toda costa por Freud y sus coetáneos había cambiado los modos de acercamiento de las siguientes generaciones; aunque Victoria era once años mayor que Jacques, ambos pertenecían al mismo mundo de Infancia en Berlín hacia 1900 de Walter Benjamin (“El ruido con el que el teléfono atacaba entre las dos y las cuatro, cuando un compañero de colegio deseaba hablar conmigo, era una señal de alarma que no sólo perturbaba la siesta de mis padres, sino la época de la Historia en medio de la cual quedaron dormidos”).

Victoria le confía a Angélica que el primer largo encuentro nocturno fue concertado por insistencia de Jacques, pegado al aparato telefónico de la guardia del hospital. Nueve días después, la iniciativa es de ella: lo llama porque necesita consultarlo por una carraspera. El va, como si fuera una emergencia, juegan al doctor y alardean de que todo el mundo está murmurando acerca de ellos: “Anoche vino a verme y nos reímos bastante de comunicarnos nuestras impresiones respecto a la curiosidad con que Isabel Danto y Jaime nos observan. Están ansiosos, dice Jacques, de ver quién será el devorado y, en ese momento, ya no comprenden más nada”, le escribe a su hermana.

Hacia febrero, los altercados comienzan a prevalecer sobre las risas, poniendo en vilo las escapadas de fin de semana. ¿Qué los hace enfrentarse? El mal carácter de él, dice ella. Y Jacques acabará admitiéndolo ante Roger Caillois.

En la Villa Ocampo, de San Isidro, se encuentran dos ejemplares de seminarios de Lacan, ambos firmados el 21 de marzo de 1975 en París. Uno es Encore y dice la dedicatoria: “Qué raro que nos reencontremos hoy, Victoria”; el otro es de Les écrits techniques de Freud y dice: “Victoria, amor mío, te dedico esto...”. Sé, de buena fuente, que luego de leerlas se dieron un abrazo tan sentido que se escuchó la rotura de un cristal; seguramente de los anteojos para la presbicia de él, que andaba por los setenta y cuatro, o de ella, que estaba por cumplir ochenta y cinco. ¡Algo se rompió!, exclamo Jacques.

No fue mi yo, replicó Victoria. Esta sabiduría del final, de reconocerse tan queridos como payasescos, faltó en el último encuentro de 1930.


Por Jorge Baños Orellana *
* Texto extractado de La novela de Lacan. De neuropsiquiatra a psicoanalista, de próxima aparición (Ed. El Cuenco de Plata).


Jacques y Victoria - Parte 1


Si alguna duda cabía de que el psicoanálisis se desarrolló gracias a las mujeres argentinas, la despeja este texto cuyo autor, a partir de investigaciones documentales, reconstruye la relación entre Victoria Ocampo y Jacques Lacan, durante unos pocos meses tormentosos de 1930 en París.

El 11 de enero de 1930, en carta a su hermana Angélica, Victoria Ocampo le contó: “Lacan es exactamente lo contrario de Drieu [la Rochelle], física y moralmente. Pelo negro o casi, entusiasmo, entusiasmo y entusiasmo, gran boca; ¡la boca más y más simpática que te puedas imaginar!”. El 20 de enero, volvió a escribirle: “Me quedé en cama ayer. Jacques Lacan me limpió la garganta con un desinfectante maravilloso. Ya no me incomoda pero tengo resfrío en la nariz”. Otra carta, el 7 de febrero: “Nos peleamos diariamente y a cada rato tomo la resolución de no verlo más. Pero como Jacques no tiene reemplazante que se le asemeje, lo sigo viendo. Pensábamos ir a Chartres este domingo, pero acabo de tener una discusión con él por teléfono y creo que no iremos”.

A lo largo del año anterior, 1929, Lacan ejercía sin contradicciones una doble tarea: era un neuropsiquiatra opuesto manifiestamente a la injerencia del freudismo en los temas de las psicosis, y era un psicólogo persuadido de que debía ofrecerse como yo ideal y que debía obturar cuanto antes las caídas del sentido. Algo tendrá que ocurrir, porque, en 1932, Jaques Lacan firmará una tesis doctoral donde se trasluce todo lo contrario: la propuesta de una interpretación psicoanalítica para la psicosis paranoica. Es verosímil que, en la marcha de las unas a las otras, el surrealismo le haya servido de puente: no se detenga ante la niebla, decía el Manifiesto surrealista. 

Incluso el espíritu explorador de Alfred Lacan pudo haber colaborado a que su hijo no retrocediera ante los aromas exóticos de nuevas vecindades. Sin embargo, algo más debía sumarse para que esa anuencia llegara a infiltrar la zona más resistente: la de la jactancia, la del engreimiento del yo de Jacques Lacan, más inclinado a tener razón que a soportar perderla, según lo aseguran testigos de su niñez y juventud.

Jacques y Victoria - Parte 3

 En cuanto vuelve a París, recibe el recado de Victoria de ubicar a Jacques Lacan; primero, se muestra reticente y simula torpeza, ella le replica que no sea mierda, que localice el nuevo domicilio de casado de Lacan preguntando a amigos en común. ¿Acaso no conociste a Bataille en casa de Lacan?, ¡pregúntale a él! Finalmente, Caillois envía a Buenos Aires la noticia: “Ayer cené en lo de Lacan. Me hizo muchas preguntas sobre ti. Deplorando el choque de caracteres entre ambos, que habría arruinado las perspectivas de un entendimiento agradable. Se lamentó de no haber sido flexible. A mí me pareció muy presuntuoso”. El mensaje llega a destino y sirve para confirmar otro cuerpo de pruebas, el de las cartas enviadas por Victoria a su hermana Angélica: “Lacan es muy extraordinariamente inteligente, pero de carácter intolerable”, diagnostica el 7 de febrero de 1930, luego de haber ellos intimado un par de meses.

Pero las cartas a Angélica Ocampo registran cómo Victoria le hizo tragar a Lacan su inflexibilidad. El diagnóstico de Victoria es de comienzos de 1930, mientras que la autocrítica de Lacan escuchada por Caillois es de fines de 1945; podría objetarse, entonces, que se trata de un juicio retrospectivo, debido a un cambio de posición adoptada por Lacan, vaya uno a saber en qué momento de esos quince largos años, y que no fue, necesariamente, consecuencia directa e inmediata de la relación con V. O., sino probablemente debido a otros acontecimientos sucedidos en el ínterin, como el de su análisis personal con Rudolph Loewenstein. Pero la vertiginosa flexibilidad de pensamiento, la auténtica metamorfosis que exhibió Lacan entre 1930 y 1931 parece indicar lo contrario.

Eso no impide, desde luego, que en Lacan haya sobrevivido, por siempre, un grado de presuntuosidad manifiesta, tal como Caillois informa imparcialmente (?) a V. O. Lo que importa es que, antes de conocer a Victoria, en Lacan dominaba una rigidez y una propensión al enfrentamiento mucho mayores a los que mostró muy poco después de que ellos se separaran. Las nuevas astucias que sofrenaron las proclividades del yo del Lacan de 1929 se instalaron luego de estar con Victoria, no porque ella fuese especialmente conciliatoria, sino porque era un amo que les cortaba la cresta a los jovencitos prometedores y miraba fijo los dislates de los señorones y le encantaba hablar y escribir para poner el dedo sobre esa llaga. En julio del ’29 había escrito encantada: “Yo también, como Nietzsche, he salido siempre de casa de los sabios, de los filósofos, de los artistas y de los filántropos pegando un portazo. ¿A quién busco?”. 

Crece el número de pruebas de que Jacques Lacan llegó a convertirse pronto en psicoanalista por haber estado entre las sábanas de seda de Victoria Ocampo. Sin ser, desde luego, condición suficiente; sí resultó una condición necesaria.

Jacques y Victoria - Parte 2


Para saltar el abismo que separa el paradigma de 1929 del de 1932, le hacía falta no solamente observar detenidamente y devanarse los sesos, sino y sobre todo ser capaz de desdecirse, de deponer el orgullo y admitir la propia ridiculez, de soportar que se quiebre el cristal del espejo elogioso del yo. Para ese trámite ineludible, el surrealismo no tenía nada para enseñarle: en la riña de gallos de los caballeros surrealistas nadie bajaba el copete del yo. ¿Cómo fue, entonces, que Lacan...? Hay indicios de que ese aplacamiento de la pasión yoica ocurrió en la cama de la burguesa Victoria Ocampo, en febrero de 1930.

Desde 1997, contamos con pruebas documentadas acerca de la sagacidad de Victoria Ocampo para deshonrar esos envanecimientos yoicos y, con desiguales resultados, aplacarlos en un joven amante suyo: Roger Caillois. Por más que ella misma era una señora de convicciones firmes y de gestos impugnables, V. O. dio muestras de una exquisita sensibilidad para avizorar las tonterías de la infatuación masculina (y las tonterías del acatamiento femenino). Por eso se volvió una enemiga instantánea y pertinaz del sectarismo inflado de Caillois, a quien conoció en el Collège de Sociologie. 

Muy pronto se volvieron amantes y, desde la primera carta de un nutrido intercambio epistolar, Caillois debió defenderse de las ironías de Victoria acerca de la aspiración de fundar una secta iluminada con un puñado de elegidos. Pero lo más persuasivo de ese debate pasará por los cuerpos, no por los forcejeos epistolares. Por el cuerpo de Caillois, al parecer frágil de salud a sus veinticinco años, que teme perder la unidad ante los avances del de Victoria, de cuarenta y ocho.

En 1945, durante una conversación entre caballeros, Jacques Lacan confiesa a Roger Caillois que la relación con V. O. lo volvió consciente de su propia inflexibilidad. Caillois permanece exiliado en la Argentina durante toda la guerra y va cediendo el papel de guerrero del Collège de Sociologie al de funcionario de la Unesco. Lo consigue sin perder todas sus mañas, porque es más fácil realizar un giro ideológico que uno yoico. 


jueves, 13 de abril de 2017

Phil Collins Big Band - Pick up the Pieces





Tri­bute to Ahmet Ertegun at the Mon­treux Jazz Fes­tival 1998. 
The Phil Col­lins Big Band and so­loists: 
#1 - Ge­rald Al­bright: Alto Sax 
#2 - Klaus Dol­dinger: Tenor Sax 
#3 - Sadao Wa­ta­nabe: Alto Sax 
#4 - Ge­orge Duke: Piano
#5 - Pe­e Wee Ellis: Tenor Sax
#6 - James Carter: Tenor Sax

La Sangre De Los Templarios pelicula completa - Parte 1

jueves, 6 de abril de 2017

La Rana Zarevna -Parte 5


Iván Zarevich dio las gracias al anciano, tomó la pelota, la tiró y se fue siguiéndola.
Transcurrió mucho tiempo y al fin se acercó la pelota a una cabaña que estaba colocada sobre tres patas de gallina y giraba sobre ellas sin cesar. Iván Zarevich dijo:— ¡Cabaña, cabañita! ¡Ponte con la espalda hacia el bosque y con la puerta hacia mí!

La cabaña obedeció; el zarevich entró en ella y se encontró a la bruja Baba— Yaga, con sus piernas huesosas y su nariz que le colgaba hasta el pecho, ocupada en afilar sus dientes. Al oír entrar a Iván Zarevich gruñó y salió enfadada a su encuentro:— ¡Fiú, fiú! ¡Hasta ahora aquí ni se vio ni se olió a ningún hombre, y he aquí uno que se ha atrevido a presentarse delante de mí y a molestarme con su olor! ¡Ea, Iván Zarevich! ¿Por qué has venido?— ¡Oh tú, vieja bruja! En vez de gruñirme, harías mejor en darme de comer y de beber y ofrecerme un baño, y ya después de esto preguntarme por mis asuntos.

Baba— Yaga le dio de comer y de beber y le preparó el baño. Después de haberse bañado, el zarevich le contó que iba en busca de su mujer, Basilisa la Sabia.
— ¡Oh cuánto has tardado en venir! Los primeros años se acordaba mucho de ti, pero ahora ya no te nombra nunca. Ve a casa de mi segunda hermana, pues ella está más enterada que yo de tu mujer.

Iván Zarevich se puso de nuevo en camino detrás de la pelota; anduvo, anduvo hasta que encontró ante sí otra cabaña, también sobre patas de gallina.— ¡Cabaña, cabañita! ¡Ponte como estabas antes, con la espalda hacia el bosque y con la puerta hacia mí! — Dijo el zarevich.

La cabaña obedeció y se puso con la espalda hacia el bosque y con la puerta hacia Iván, quien penetró en ella y encontró a otra hermana Baba— Yaga sentada sobre sus piernas huesosas, la cual al verle exclamó:— ¡Fiú, fiú! ¡Hasta ahora por aquí nunca se vio ni se olió a ningún hombre, y he aquí uno que se ha atrevido a presentarse delante de mí y a molestarme con su olor! Qué, Iván Zarevich, ¿has venido a verme por tu voluntad o contra ella?
— Voy — dijo— en busca de mi mujer, Basilisa la Sabia.
— ¡Qué pena me das, Iván Zarevich! — Le dijo entonces Baba— Yaga—. ¿Por qué has tardado tanto en venir? Basilisa la Sabia te ha olvidado por completo y quiere casarse con otro. Ahora vive en casa de mi hermana mayor, donde tienes que ir muy deprisa si quieres llegar a tiempo. 



Andy Timmons - Resolution





Andy Timmons - Deliver Us - 2006

01. Deliver us 0:00
02. Hellipad 4:02
03. Ghost of you 8:48
04. Resollution 13:56
05. Redemption 19:35
06. Lydia 23:18
07. Gone 27:01
08. Move on 30:50
09. Beware dark days 33:49
10. The prayer/The answer 39:56
11. Headed for the ditch 44:50

La Rana Zarevna -Parte 4


Entretanto, Iván Zarevich, escogiendo un momento propicio, se fue corriendo a casa, buscó la piel de la Rana y, encontrándola, la quemó. Al volver Basilisa la Sabia buscó la piel, y al comprobar su desaparición quedó anonadada, se entristeció y dijo al zarevich:
— ¡Oh Iván Zarevich! ¿Qué has hecho, desgraciado? Si hubieses aguardado un poquitín más habría sido tuya para siempre; pero ahora, ¡adiós! Búscame a mil leguas de aquí; antes de encontrarme tendrás que gastar andando tres pares de botas de hierro y comerte tres panes de hierro. Si no, no me encontrarás.

Y diciendo esto se transformó en un cisne blanco y salió volando por la ventana.


Iván Zarevich rompió en un llanto desconsolador, rezó, se puso unas botas de hierro y se marchó en busca de su mujer. Anduvo largo tiempo y al fin encontró a un viejecito que le preguntó:
— ¡Valeroso joven! ¿Adónde vas y qué buscas?
El zarevich le contó su desdicha.
— ¡Oh Iván Zarevich! — Exclamó el viejo—. ¿Por qué quemaste la piel de la Rana? ¡Si no eras tú quien se la había puesto, no eras tú quien tenía que quitársela! El padre de Basilisa, al ver que ésta desde su nacimiento le excedía en astucia y sabiduría, se enfadó con ella y la condenó a vivir transformada en rana durante tres años. Aquí tienes una pelota — continuó—; tómala, tírala y síguela sin temor por donde vaya.



La Rana Zarevna -Parte 3


Estaba adornada con oro y plata y tenía dibujos admirables.
Al recibirla el zar se quedó asombrado y dio las gracias a Iván; pero no contento con esto ordenó a sus tres hijos que se presentasen con sus mujeres ante él.
Otra vez volvió triste a su palacio Iván Zarevich; se dejó caer en un sillón y apoyó en su mano su cabeza.
— ¡Kwa, kwa, zarevich Iván! ¿Por qué estás triste? ¿Acaso te ha dicho tu padre algo desagradable o se ha enfadado contigo?
— ¿Cómo quieres que no esté triste? Mi señor padre me ha ordenado que te lleve conmigo ante él. ¿Cómo podré presentarte a ti?
— No te apures, zarevich. Ve tú solo a visitar al zar, que yo iré más tarde; en cuanto oigas truenos y veas temblar la tierra, diles a todos: ‘Es mi Rana, que viene en su cajita.’
Iván se fue solo a palacio. Llegaron sus hermanos mayores con sus mujeres engalanadas, y al ver a Iván solo empezaron a burlarse de él, diciéndole:
— ¿Cómo es que has venido sin tu mujer? — ¿Por qué no la has traído envuelta en un pañuelo mojado?
— ¿Cómo hiciste para encontrar una novia tan hermosa?
— ¿Tuviste que rondar por muchos pantanos? De repente retumbó un trueno formidable, que hizo temblar todo el palacio; los convidados se asustaron y saltaron de sus asientos sin saber qué hacer; pero Iván les dijo:
— No tengáis miedo: es mi Rana, que viene en su cajita.
Llegó al palacio un carruaje dorado tirado por seis caballos, y de él se apeó la Sabia Basilisa, tan hermosísima, que sería imposible imaginar una belleza semejante. Acercóse al zarevich Iván, se cogió a su brazo y se dirigió con él hacia la mesa, que estaba dispuesta para la comida. Todos los demás convidados se sentaron también a la mesa; bebieron, comieron y se divirtieron mucho durante la comida.

Basilisa la Sabia bebió un poquito de su vaso y el resto se lo echó en la manga izquierda; comió un poquito de cisne y los huesos los escondió en la manga derecha. Las mujeres de los hermanos de Iván, que sorprendieron estos manejos, hicieron lo mismo.
Más tarde, cuando Basilisa la Sabia se puso a bailar con su marido, sacudió su mano izquierda y se formó un lago; sacudió la derecha y aparecieron nadando en el agua unos preciosísimos cisnes blancos; el zar y sus convidados quedaron asombrados al ver tal milagro. Cuando se pusieron a bailar las otras dos nueras del zar quisieron imitar a Basilisa: sacudieron la mano izquierda y salpicaron con agua a los convidados; sacudieron la derecha y con un hueso dieron al zar un golpe en un ojo. El zar se enfadó y las expulsó de palacio.

La Rana Zarevna -Parte 2


Por la mañana se es más sabio que por la noche — le dijo la Rana.
Acostóse el zarevich y se durmió profundamente; entonces la Rana se quitó la piel y se transformó en una hermosa joven llamada la Sabia Basilisa, salió al patio y exclamó en alta voz:
— ¡Criadas! ¡Preparadme un pan blanco y tierno como el que comía en casa de mi querido padre!

Por la mañana, cuando despertó el zarevich Iván, la Rana tenía ya el pan hecho, y era tan blanco y delicioso que no podía imaginarse nada igual. Por los lados estaba adornado con dibujos que representaban las poblaciones del reino, con sus palacios y sus iglesias.
El zarevich Iván presentó el pan al zar; éste quedó muy satisfecho y le dio las gracias; pero enseguida ordenó a sus tres hijos:
— Que vuestras mujeres me tejan en una sola noche una alfombra cada una.
Volvió el zarevich Iván muy triste a su palacio, y se dejó caer con gran desaliento en un sillón.
— ¡Kwa, kwa, zarevich Iván! ¿Por qué estás tan triste? — Le preguntó la Rana—. ¿Acaso te ha dicho tu padre algo desagradable o se ha enfadado contigo?
— ¿Cómo quieres que no esté triste cuando mi señor padre te ha ordenado que tejas en una sola noche una alfombra de seda?
— ¡No te apures, zarevich! Acuéstate y duerme tranquilo. Por la mañana se es más sabio que por la noche.
Acostóse el zarevich y se durmió profundamente; entonces la 
rana se quitó su piel y se transformó en la Sabia Basilisa; salió al patio y exclamó:
— ¡Viento impetuoso! ¡Tráeme aquí la misma alfombra sobre la cual solía sentarme en casa de mi querido padre!
Por la mañana, cuando despertó Iván, la Rana tenía ya la alfombra tejida, y era tan maravillosa que es imposible imaginar nada semejante. 


miércoles, 5 de abril de 2017

La Rana Zarevna -Parte 1




En un reino muy lejano reinaban un zar y una zarina que tenían tres hijos. Los tres eran solteros, jóvenes y tan valientes que su valor y audacia eran envidiados por todos los hombres del país. El menor se llamaba el zarevich Iván.

Un día les dijo el zar:
— Queridos hijos: Tomad cada uno una flecha, tended vuestros fuertes arcos y disparadla al acaso, y dondequiera que caiga, allí iréis a escoger novia para casaros.

Lanzó su flecha el hermano mayor y cayó en el patio de un boyardo, frente al torreón donde vivían las mujeres; disparó la suya el segundo hermano y fue a caer en el patio de un comerciante, clavándose en la puerta principal, donde a la sazón se hallaba la hija, que era una joven hermosa. Soltó la flecha el hermano menor y cayó en un pantano sucio al lado de una rana.

El atribulado zarevich Iván dijo entonces a su padre:
— ¿Cómo podré, padre mío, casarme con una rana? No creo que sea ésa la pareja que me esté destinada.
— ¡Cásate — le contestó el zar—, puesto que tal ha sido tu suerte!

Y al poco tiempo se casaron los tres hermanos: el mayor, con la hija del boyardo; el segundo, con la hija del comerciante, e Iván, con la rana.

Algún tiempo después el zar les ordenó:
— Que vuestras mujeres me hagan, para la comida, un pan blanco y tierno.

Volvió a su palacio el zarevich Iván muy disgustado y pensativo.
— ¡Kwa, kwa, Iván Zarevich! ¿Por qué estás tan triste? — Le preguntó la Rana—. ¿Acaso te ha dicho tu padre algo desagradable o se ha enfadado contigo?
— ¿Cómo quieres que no esté triste? Mi señor padre te ha mandado hacerle, para la comida, un pan blanco y tierno.
— ¡No te apures, zarevich! Vete, acuéstate y duerme tranquilo. 

jueves, 30 de marzo de 2017

lunes, 27 de marzo de 2017

TALA



Llévese estos ojos, piedritas de colores,
esta nariz de tótem, estos labios que saben
todas la tablas de multiplicar y las poesías más selectas.
Le doy la cara entera, con la lengua y el pelo,
me quito las uñas y dientes y le completo el peso.
No sirve
esa manera de sentir. Qué ojos ni qué dedos.
Ni esa comida recalentada, la memoria,
ni la atención, como una cotorrita perniciosa.
Tome las inducciones y las perchas
donde cuelgan las palabras lavadas y planchadas.
Arree con la casa, fuera de todo,
déjeme como un hueco, o una estaca.
Tal vez entonces, cuando no me valga
la generosidad de Dios, eso boy.scout,
y esté igual que la alfombra que ha aguantado
su lenta lluvia de zapatos ochenta años
y es urdimbre nomás, claro esqueleto donde
se borraron los ricos pavorreales de plata,
puede ser que sin vos diga tu nombre cierto
puede ocurrir que alcance sin manos tu cintura.

Julio Cortazar

http://www.los-poetas.com


viernes, 24 de marzo de 2017

El Campesino, el Oso y la Zorra - Parte 3


El campesino se puso a cortar leña y pronto llegó el Oso corriendo a todo correr.
— ¡Eh, viejo amigo! ¿Qué significan esos gritos? — Le preguntó el Oso.
— Son los cazadores que persiguen a los lobos y a los osos.
— ¡Oh, amigo! ¡No me denuncies a ellos! Protégeme y escóndeme debajo de tu carro — le suplicó el Oso, todo asustado.
Entretanto la Zorra, que gritaba escondiéndose detrás de los zarzales, preguntó:
— ¡Hola, campesino! ¿Has visto por aquí a algún oso?
— No he visto nada — dijo el campesino.
— ¿Qué es lo que tienes debajo del carro?
— Es un tronco de árbol.
— Si fuese un tronco no estaría debajo del carro, sino en él y atado con una cuerda.
Entonces el Oso dijo en voz baja al campesino:
— Ponme lo más pronto posible en el carro y átame con una cuerda.
El campesino no se lo hizo repetir. Puso al Oso en el carro, lo ató con una cuerda y empezó a darle golpes en la cabeza con el hacha hasta que lo mató.
Pronto acudió la Zorra y dijo al campesino:
— ¿Dónde está el Oso?
— Ya está muerto.
— Está bien. Ahora, amigo mío, tienes que cumplir lo que me prometiste.
— Con mucho gusto, amiguita; vamos a mi casa y allí te daré las gallinas.
El campesino se sentó en el carro y se dirigió a su casa, y la Zorra iba corriendo delante.
Al acercarse a su cabaña, el campesino silbó a sus perros azuzándolos para que cogiesen a la Zorra. Ésta echó a correr hacia el bosque, y una vez allí se escondió en su cueva. Después de tomar aliento empezó a preguntar:
— ¡Hola, mis ojos! ¿Qué habéis hecho mientras corría?
— ¡Hemos mirado el camino para que no dieses un tropezón!
— ¿Y vosotros, mis oídos?
— ¡Hemos escuchado si los perros se iban acercando!
— ¿Y vosotros, mis pies?
— ¡Hemos corrido a todo correr para que no te alcanzaran los perros!
— Y tú, rabo, ¿qué has hecho?
— Yo — dijo el rabo— me metía entre tus piernas para que tropezases conmigo, te cayeses y los perros te mordiesen con sus dientes.
— ¡Ah, canalla! — Gritó la Zorra—. ¡Pues recibirás lo que mereces! — Y sacando el rabo fuera de la cueva, exclamó—: ¡Comedlo, perros!
Éstos cogieron con sus dientes el rabo, tiraron, sacaron a la Zorra de su cueva y la hicieron pedazos.


El Campesino, el Oso y la Zorra - Parte 2


Llegó el tiempo de la recolección y tomó para sí las espigas, las desgranó, las molió y de la harina amasó y coció ricos panes, mientras que al Oso le dio las raíces del trigo.

Viendo el Oso que otra vez el campesino se había burlado de él, rugió:
— ¡Campesino! ¡Estoy muy enfadado contigo! ¡No te atrevas a ir al bosque por leña, porque te mataré en cuanto te vea!
El campesino volvió a su casa, y a pesar de que la leña le hacía mucha falta no se atrevió a ir al bosque por ella; consumió la madera de los bancos y de todos sus toneles; pero al fin no tuvo más remedio que ir al bosque.
Entró sigilosamente en él y salió a su encuentro una Zorra.
— ¿Qué te pasa? — Le preguntó ésta—. ¿Por qué andas tan despacito?
— Tengo miedo de encontrar al Oso, que se ha enfadado conmigo, amenazándome con matarme si me atrevo a entrar en el bosque.
— No te apures, yo te salvaré; pero dime lo que me darás en cambio. El campesino hizo una reverencia a la Zorra y le dijo:
— No seré avaro: si me ayudas, te daré una docena de gallinas.
— Conforme. No temas al Oso; corta la leña que quieras y entre tanto yo daré gritos fingiendo que han venido cazadores. Si el Oso te pregunta qué significa ese ruido dile que corren los cazadores por el bosque persiguiendo a los lobos y a los osos.

El Campesino, el Oso y la Zorra - Parte 1




Un día un campesino estaba labrando su campo, cuando se acercó a él un Oso y le gritó:
— ¡Campesino, te voy a matar!
— ¡No me mates! — Suplicó éste—. Yo sembraré los nabos y luego los repartiremos entre los dos; yo me quedaré con las raíces y te daré a ti las hojas.

Consintió el Oso y se marchó al bosque.

Llegó el tiempo de la recolección. El campesino empezó a escarbar la tierra y a sacar los nabos, y el Oso salió del bosque para recibir su parte.
— ¡Hola, campesino! Ha llegado el tiempo de recoger la cosecha y cumplir tu promesa — le dijo el Oso.
— Con mucho gusto, amigo. Si quieres, yo mismo te llevaré tu parte — le contestó el campesino.

Y después de haber recogido todo, le llevó al bosque un carro cargado de hojas de nabo. El Oso quedó muy satisfecho de lo que él creía un honrado reparto.

Un día el aldeano cargó su carro con los nabos y se dirigió a la ciudad para venderlos; pero en el camino tropezó con el Oso, que le dijo:
— ¡Hola, campesino! ¿Adónde vas?
— Pues, amigo — le contestó el aldeano—, voy a la ciudad a vender las raíces de los nabos.
— Muy bien, pero déjame probar qué tal saben.

No hubo más remedio que darle un nabo para que lo probase. 

Apenas el Oso acabó de comerlo, rugió furioso:
— ¡Ah, miserable! ¡Cómo me has engañado! ¡Las raíces saben mucho mejor que las hojas! Cuando siembres otra vez, me darás las raíces y tú te quedarás con las hojas.
— Bien — contestó el campesino, y en vez de sembrar nabos sembró trigo.


martes, 14 de marzo de 2017

El Zarevich Cabrito - Cuentos rusos - Parte 4

El zar volvió a darle permiso y el Cabrito corrió a todo correr hacia el mar, se paró en la orilla y exclamó:— ¡Alenuchka, hermanita mía, sal a la orilla! ¡Han encendido ya las hogueras, las calderas están llenas de agua hirviente, están afilando los cuchillos de acero para matarme! ¡Pobre de mí!Alenuchka le contestó:— ¡Ivanuchka, hermanito mío, la piedra que está atada a mi cuello pesa demasiado, las algas sedosas se enredaron a mis pies, la arena amarilla se amontonó sobre mi pecho, la feroz serpiente ha chupado toda la sangre de mi corazón!
El pobre Cabrito se echó a llorar y volvió otra vez a palacio. 
Entonces el zar pensó: ‘¿Por qué el Cabrito quiere ir siempre a la orilla del mar?’Y cuando vino por tercera vez a pedirle permiso diciéndole: ‘¡Señor! Déjeme ir a la orilla del mar para beber agua y lavar mis entrañas’, lo dejó ir y se fue tras él.Llegados a la orilla, oyó al Cabrito, que llamaba a su hermana.— ¡Alenuchka, hermanita mía, sal a la orilla! ¡Han encendido ya las hogueras, las calderas están llenas de agua hirviente, están afilando los cuchillos de acero para matarme! ¡Pobre de mí!Alenuchka le contestó:— ¡Ivanuchka, hermanito mío, la piedra que está atada a mi cuello pesa demasiado, las algas sedosas se enredaron a mis pies, la arena amarilla se amontonó sobre mi pecho, la feroz serpiente ha chupado toda la sangre de mi corazón!
Pero el Cabrito empezó a suplicar, llamándola con voz tiernísima, y entonces Alenuchka, haciendo un gran esfuerzo, subió de las profundidades del mar y apareció en la superficie. El zar la cogió, desató la piedra que tenía atada al cuello, la sacó a la orilla y le preguntó lleno de asombro:— ¿Cómo te ha sucedido tal desgracia?
Ella le contó todo, el zar se alegró muchísimo y el Cabrito también, manifestando su alegría con grandes saltos. Los árboles del jardín de palacio reverdecieron, las plantas florecieron y todo alrededor de palacio se llenó de risa y júbilo.En cuanto a la hechicera, el zar dio orden de ejecutarla. En el centro del patio encendieron una gran hoguera y en ella quemaron a la bruja.
Después de haber hecho justicia, el zar, su mujer y el Cabrito vivieron felices y en paz, aumentando sus bienes y sin separarse nunca.



http://www.librosmaravillosos.com/cuentospopularesrusos/index.html

El Zarevich Cabrito - Cuentos rusos - Parte 3


La zarina hizo caso del consejo, y al llegar el crepúsculo se dirigió a la orilla del mar, donde aguardaba ya la hechicera, la cual la cogió, le ató al cuello una piedra y la echó al mar; Alenuchka se sumergió en seguida. El Cabrito, presintiendo la desdicha, corrió hacia el mar, y al ver desaparecer a su hermana prorrumpió en un llanto muy amargo.
Entretanto, la hechicera se vistió como la zarina, se presentó en palacio y empezó a gobernar.Llegó el zar de caza y, sin notar el engaño, se alegró mucho al ver que la zarina había recobrado la salud. Sirvieron la cena y se pusieron a cenar.— ¿Dónde está el Cabrito? — Preguntó el zar.— Estamos mejor sin él — contestó la hechicera—; he ordenado que no lo dejen entrar, porque me molesta su olor a cabrío.
Al día siguiente, apenas el zar se fue de caza, la hechicera se puso a pegar al pobre Cabrito, y mientras lo apaleaba, le decía: — ¡Aguarda, que en cuanto vuelva el zar le pediré que te maten!Apenas el zar regresó, la hechicera empezó a convencerlo a fuerza de súplicas:— ¡Da orden de que maten al Cabrito! Me ha fastidiado de tal modo, que no quiero verlo más.
Al zar le dio lástima, pero no pudo defenderlo porque la zarina le suplicaba con tanta tenacidad que no tuvo más remedio que consentir que lo matasen.
Pocas horas después, el Cabrito, viendo que ya estaban afilando los cuchillos para cortarle la cabeza, corrió al zar y le rogó:— ¡Señor! Permíteme ir a la orilla del mar para beber allí agua y limpiar mis entrañas.
El zar le dio permiso y el Cabrito corrió a toda prisa hacia el mar. Se paró en la orilla y exclamó con voz lastimera:— ¡Alenuchka, hermanita mía, sal a la orilla! ¡Han encendido ya las hogueras, las calderas están llenas de agua hirviente, están afilando los cuchillos de acero para matarme! ¡Pobre de mí!Alenuchka le contestó:— ¡Ivanuchka, hermanito mío, la piedra que está atada a mi cuello pesa demasiado, las algas sedosas se enredaron a mis pies, la arena amarilla se amontonó sobre mi pecho, la feroz serpiente ha chupado toda la sangre de mi corazón!
El pobre Cabrito se echó a llorar y se volvió a palacio.A mediodía vino otra vez a pedir permiso al zar, diciéndole:— ¡Señor! Permíteme ir a la orilla del mar para beber agua y limpiar mis entrañas.

lunes, 13 de marzo de 2017

El Zarevich Cabrito - Cuentos rusos - Parte 2



Pero esta vez Ivanuchka no pudo soportar más la sed y, no haciendo caso del aviso de su hermana, bebió agua de la laguna, y en seguida se transformó en un Cabrito que daba saltos y brincos delante de su hermana y balaba:— ¡Beee! ¡Beee!, ¡Beee!La desconsolada Alenuchka le ató al cuello un cordón de seda y se lo llevó consigo llorando amargamente.Un día, el Cabrito, que iba suelto y corría y saltaba alrededor de su hermana, penetró en el jardín del palacio de un zar.
La servidumbre los vio y uno de los criados anunció al zar:— Majestad, en el jardín de tu palacio hay una joven que lleva un cabrito atado con un cordón de seda; es tan hermosa que no se puede describir su belleza.

El zar ordenó que se enterasen de quién era tal joven.
Los servidores le preguntaron quién era y de dónde venía, y ella les contó su historia, diciéndoles: — Mi hermano era zarevich y yo zarevna. Al morir nuestros padres y quedar huérfanos nos fuimos de casa para conocer el mundo, y el zarevich, no pudiendo soportar la sed que tenía, bebió agua de una laguna encantada y se transformó en un cabrito.
Los servidores refirieron al zar todo lo que habían oído y éste hizo llamar a Alenuchka, para enterarse detalladamente de su vida.
El zar quedó tan encantado de Alenuchka que quiso casarse con ella, y al poco tiempo celebraron la boda, y vivían felices y contentos. El Cabrito, que estaba siempre con ellos, paseaba durante el día por el jardín, por la noche dormía en una habitación de palacio y para comer se sentaba a la mesa con el zar y la zarina.
Llegó un día en que el zar se fue de caza, y mientras tanto, una hechicera, por medio de sus artes de magia, hizo enfermar a la zarina, y la pobre Alenuchka adelgazó y se puso pálida como la cera. En el palacio y en el jardín todo tomó un aspecto triste; las flores se marchitaron, las hojas de los árboles se secaron y las hierbas se agostaron.
El zar, al volver de caza y ver a su mujer tan cambiada, le preguntó:— ¿Qué te pasa? ¿Estás enferma?— Sí; no estoy bien — contestó ella.Al día siguiente el zar se fue otra vez de caza mientras que Alenuchka guardaba cama. Vino a verla la hechicera y le dijo: — ¿Quieres curarte? Pues ve a la orilla del mar y bebe su agua al amanecer y al anochecer durante siete días.

El Zarevich Cabrito - Cuentos rusos - Parte 1





Eran un zar y una zarina que tenían un hijo y una hija. El hijo se llamaba Ivanuchka y la hija Alenuchka.
Cuando el zar y la zarina murieron, los hijos, como no tenían ningún pariente, se quedaron solos y decidieron irse a recorrer el mundo.
Se pusieron en camino y anduvieron hasta que el sol subió en el cielo a su mayor altura y sus rayos les quemaban implacablemente, haciéndoles ahogarse de calor sin ver a su alrededor vivienda alguna que les sirviera de refugio, ni árbol a la sombra del cual pudieran acogerse.
En la extensa llanura percibieron un estanque, al lado del cual pastaba un rebaño de vacas.
— Tengo sed — dijo Ivanuchka.
— No bebas, hermanito, porque si bebes te transformarás en un ternero — le advirtió Alenuchka.
Ivanuchka obedeció y ambos siguieron su camino.
Anduvieron un buen rato y llegaron a un río, a la orilla del cual pacía una manada de caballos.
— ¡Oh, hermanita! ¡Si supieras qué sed tengo! — dijo otra vez Ivanuchka.
— No bebas, hermanito, porque te transformarás en un potro.
Ivanuchka obedeció y continuaron andando; después de andar mucho tiempo vieron un lago, al lado del cual pacía un rebaño de ovejas.
— ¡Oh, hermanita! ¡Quiero beber!
— No bebas, Ivanuchka, que te transformarás en un corderito.
Obedeció el niño otra vez; siguieron adelante y llegaron a un arroyo, junto al cual los pastores vigilaban a una piara de cerdos.
— ¡Oh, hermanita! ¡Ya no puedo más, tengo una sed abrasadora! — Exclamó Ivanuchka.
— No bebas, hermanito, porque te transformarás en un lechoncito.
Otra vez obedeció Ivanuchka, y ambos siguieron adelante. Anduvieron, anduvieron; el sol estaba todavía alto en el cielo y quemaba como antes; el sudor les corría por todo el cuerpo y todavía no habían podido encontrar ninguna vivienda. Al fin vieron un rebaño de cabras que pacía cerca de una laguna.
— ¡Oh, hermanita! ¡Ahora sí que beberé!
— ¡Por Dios, hermanito, no bebas, porque te transformarás en un cabrito!

domingo, 12 de marzo de 2017

Aleksandr Nikolayevich Afanasiev


Aleksandr Nikolayevich Afanasiev nació en  Boguchar, Vorónezh el 29 de junio (juliano)/ 11 de julio de 1826 (gregoriano) y murió en Moscú, 11 de octubre (juliano)/ 23 de octubre de 1871 (gregoriano); fue el mayor de los folcloristas rusos de la época, y el primero en editar volúmenes de cuentos de tradición eslava que se habían perdido a lo largo de los siglos.

Afanasiev tuvo que realizar un duro trabajo de recopilación, ya que los cuentos eslavos, al igual que los celtas irlandeses, no se dejaron por escrito, eran exclusivamente de tradición oral. Hecho agravado por las reformas del zar Pedro I el Grande, que dejó de lado la Rusia tradicional ortodoxo-eslava para introducir en las frías estepas el código de vida europeo. Los boyardos fueron sustituidos por los duques y marqueses y el lenguaje ruso se vio reducido a las clases media-baja de la sociedad rusa, pasando la nobleza a hablar en francés.

Fue educado en Vorónezh y cursó estudios de derecho en la universidad de Moscú, donde descubrió a los escritores Konstantín Kavélin y Timoféi Granovski. Su primer trabajo fue el de profesor de historia antigua, pero fue despedido por una falsa acusación de Serguei Uvárov, otro escritor de la época.

Fue entonces cuando dedicó su vida al periodismo, escribiendo sus artículos sobre los principales escritores rusos del siglo pasado, algunos nombres tan célebres como Nikolai Novikov, Denis Fonvizin y Antioj Kantemir.

Fue en 1850 cuando Afanasiev se dedicó enteramente a su pasión de folclorista de la llamada Vieja Rusia, recorrió provincias enteras obteniendo relatos de todas partes de Moscovia. Sus primeros artículos causaron gran impresión en la escuela mitológica rusa de aquella época. Sus principales fuentes fueron los cuentos de la Academia de Geografía rusa y algunas contribuciones de Vladimir Dal.

Afanasiev murió pobre, desahuciado en Rusia. Sus obras no fueron publicadas allí debido a su amistad con Herzen. Murió de tuberculosis, obligado a vender su librería personal a la edad de 45 años.
La obra de Afanasiev consta de un total de 680 cuentos tradicionales rusos recogidos en ocho volúmenes que realizó de 1855 a 1863, algunos tan conocidos como Basilisa la Hermosa, La leyenda de Marya Morevna o El soldado y la muerte.
Sus principales artículos periodísticos mitológicos fueron "Los brujos y las brujas", "Exorcismo eslavo" (Sortilegio eslavo) y "Leyendas paganas acerca de la isla Buyán".

Realizó importantes estudios como historiador e investigador literario como el Domovói (1850), Concepciones poéticas de los eslavos sobre la naturaleza, su trabajo fundamental en 3 volúmenes que realizó de 1865 a 1869, e Historia de los cosacos (1871).

Fue miembro de la Academia de Geografía rusa desde 1852. Esta organización fue la impulsora de la publicación de sus volúmenes de cuentos.